LA HIDRA DE LA SUPERSTICIÓN, por Voltaire
“Si Horacio hubiese tenido que combatir la hidra de la superstición, habría escrito para todo el mundo, como yo. Cuando libero al género humano de una bestia feroz que le devora, ¿puede preguntárseme qué pondré en su lugar? Amo al género humano, quisiera verle como yo, libre y feliz, y la superstición es incompatible con la libertad. ¿Dónde encontraríais que la servidumbre pueda hacer la felicidad del pueblo? Me enoja ver que tenéis tan mal concepto de vuestros semejantes. Pues bien, que en todas partes sea el pueblo el que haga sus leyes”.
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Hubiésemos terminado bien si ahí nos hubiésemos detenido, pero al citar un verso de Horacio para elogiar una de sus obras, me dijo que Horacio había sido un gran maestro en cuanto a teatro, que había dado unos preceptos que no envejecerían jamás. A esto le respondí que él [Voltaire] sólo violaba uno, pero como un gran hombre.
-¿Cuál es?
-No escribís contentus paucis lectoribus [”contentándose con pocos lectores”].
-Si Horacio hubiese tenido que combatir la hidra de la superstición, habría escrito para todo el mundo, como yo.
-Me parece que podríais ahorraros combatir lo que nunca podréis destruir.
-Lo que yo no podré terminar otros lo continuarán, y yo tendré siempre la gloria de ser el que empezó.
-Está muy bien; pero supongamos que lográis destruir la superstición, ¿con qué la sustituiríais?
-¡Ésta es buena! Cuando libero al género humano de una bestia feroz que le devora, ¿puede preguntárseme qué pondré en su lugar?
-Es que no le devora; por el contrario, es necesaria para su existencia.
-¡Necesaria para su existencia! Horrible blasfemia a la que el porvenir hará justicia. Amo al género humano, quisiera verle como yo, libre y feliz, y la superstición es incompatible con la libertad. ¿Dónde encontraríais que la servidumbre pueda hacer la felicidad del pueblo?
-¿Entonces vos quisierais la soberanía del pueblo?
-¡Dios me libre! Es necesario un soberano para gobernar las masas.
-En este caso la superstición es necesaria, pues sin ella el pueblo no obedecerá jamás a un hombre revestido con el nombre de monarca.
-Nada de monarca, puesto que esta palabra significa despotismo, al que odio tanto como a la servidumbre.
-Entonces, ¿qué queréis? Si queréis que el gobierno sea uno solo, he de considerarlo como un monarca.
-Quiero que el soberano mande a un pueblo libre, que sea jefe por medio de un pacto que les ligue mutuamente y que le impida cometer ninguna arbitrariedad.
-Addison os dice que ese soberano, ese jefe, no es posible que exista. Soy de la opinión de Hobbes. Entre dos males hay que elegir el menor. Un pueblo sin supersticiones sería un pueblo filósofo. Y los filósofos no quieren obedecer. Un pueblo no puede ser feliz si no está aplastado, pisado y sujeto a una cadena.
-Es horrible, ¡y vos sois pueblo! Si me habéis leído habréis visto cómo he demostrado que la superstición es el enemigo de los reyes.
-¿Si os he leído? Leído y releído, y en especial cuando no soy de vuestra opinión. Vuestra pasión dominante es el amor a la humanidad. Est Ubi peccas. Este amor os ciega. Amad a la humanidad, pero amadla tal cual es. No es susceptible de los beneficios que le queréis prodigar y que la harían más desgraciada y más perversa. Dejadle la bestia que la devora: ama esta bestia. Jamás he reído tanto como viendo a don Quijote defendiéndose de los galeotes a los que, por grandeza de alma, acababa de poner en libertad.
-Me enoja ver que tenéis tan mal concepto de vuestros semejantes. Pero a propósito, ¿os sentís muy libres en Venecia?
-Tanto como lo pueda ser bajo un gobierno aristócrata. La libertad que gozamos puede que no sea tan grande como la que se disfruta en Inglaterra, pero estamos satisfechos.
-¿Incluso bajo los Plomos?
-Mi detención fue un gran acto de despotismo, pero persuadido de que yo había abusado conscientemente de la libertad, encontré a veces que el gobierno había tenido razón al hacerme encerrar sin las formalidades ordinarias.
-No obstante, os habéis escapado.
-Usé de mi derecho, como ellos habían usado del suyo.
-¡Admirable! Pero de ese modo nadie en Venecia puede llamarse libre.
-Esto es posible; pero convenid que, para ser libre, basta con creerse tal.
-Esto es algo con lo que no estaré fácilmente de acuerdo. Vos y yo vemos la libertad desde un punto de vista muy diferente. Los aristócratas, los mismos miembros del gobierno, no son libres entre vosotros; así, por ejemplo, ni siquiera pueden viajar sin permiso.
-Es verdad, pero ésta es una ley que ellos mismos se han impuesto voluntariamente para conservar su soberanía. ¿Diréis acaso que un habitante de Berna no es libre porque está sujeto a unas leyes suntuarias de las que él mismo ha sido el legislador?
-Pues bien, que en todas partes sea el pueblo el que haga sus leyes.
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GIACOMO CASANOVA, Mi vida y mis amores. Editorial Planeta, 1984.








