EL POETA, ENTUSIASTA SOÑADOR, por Alfred de Vigny
“¡Ah! ¿Cómo resistir el ver hermanos y hermanas, hijos de Dios, errantes en las sombras, dudosos de todo, ignorantes de tantas cosas, ajenos a tantos divinos pensamientos, ahogados en sensaciones groseras, privados de adoraciones universales, que deberían unirles en una bienaventurada familia, sin sentir un deseo casi invencible de hablarles y enseñarles? ¿Por qué no dejar toda mi alma impregnarse y llenarse de este inmenso amor hacia mis hermanos? ¿Por qué no evocar mis fuerzas y ponerme a buscar con ellos? Que los dichosos, los triunfadores y los dominadores abandonen y odien al poeta. ¡En buena hora! Pero ¿es ésta una razón para que él abandone a los desgraciados y deje en la noche ojos que pudiera abrir?”
* * * * * *
-Hablemos de otra cosa y vamos a dar la sagrada batalla. Para nosotros la batalla es la discusión filosófica.
-Conforme. La noche ha vuelto; comienza su reino tenebroso. En ella renazco; en ella se ilumina mi frente cual una estrella e irradia su luz a todas las cosas. ¿Qué buscáis en esa multitud y qué motivos tenéis para mirarla con suspicacia? Por mi parte, cuanto más la miro, más piedad siento hacia ella. ¿No os parece estar viendo la marcha fúnebre de los cuerpos que han de despertar en Josafat y que han de ir, sin saber adónde, con ojos ciegos y entreabiertos? ¡Oh! ¡Qué fiestas sin alegría! ¡Qué miradas sin esperanza! ¡Qué movimientos sin sentido! ¡Qué digno es todo esto de conmiseración!
LA VIDA SERÍA AÚN DEMASIADO BELLA SI LOS POLÍTICOS FUESEN LOS ÚNICOS ENEMIGOS DEL ENTUSIASMO
-Lo que decís no prueba nada, o a lo sumo, que el entusiasmo sólo sirve para ser guardado en lo más profundo del alma, como un mal pensamiento, en este siglo frío en que vivimos.
-¡Ah! ¿Cómo resistir el ver hermanos y hermanas, hijos de Dios, errantes en las sombras, dudosos de todo, ignorantes de tantas cosas, ajenos a tantos divinos pensamientos, ahogados en sensaciones groseras, privados de adoraciones universales, que deberían unirles en una bienaventurada familia, sin sentir un deseo casi invencible de hablarles y enseñarles?
-¡Enseñar! ¡Ah! ¡Qué admirable palabra y qué vacía de sentido! Nadie enseña nada, puesto que nadie sabe nada. ¡Entusiasta soñador! Y al menos, como poeta, vuestro entusiasmo es inactivo y por suerte inaplicable.
-Ya que la piedad divina está en mí; ya que el deseo de la felicidad ajena es mil veces más intenso que el instinto de la mía propia; ya que basta con el presagio del menor infortunio para conmover mi corazón como no se conmueven los de los mismos amenazados; ya que la más ligera apariencia de grandeza y de gloriosa ilustración basta para que el entusiasmo humedezca mis ojos en llantos divinos, que brillan como estrellas y no semejan a los causados por mortales aflicciones; ya que esta multitud melancólica, que se cree alegre y apenas sabe si es dichosa, me interesa por un momento; y ya que siento en mí agitarse, temblar, gemir, sollozar a la vez sus mil dolores y mil oleadas de sangre correr por mil heridas y mil voces exclamar: “¿Dónde está el Desconocido? ¿Dónde el Maestro? ¿Dónde el Legislador, el Semidiós, el Profeta?”, ¿por qué no dejar toda mi alma impregnarse y llenarse de este inmenso amor hacia mis hermanos? ¿Por qué no evocar mis fuerzas y ponerme a buscar con ellos? Que los dichosos, los triunfadores y los dominadores abandonen y odien al poeta. ¡En buena hora! Pero ¿es ésta una razón para que él abandone a los desgraciados y deje en la noche ojos que pudiera abrir?
-La vida sería aún demasiado bella si los hombres políticos fuesen los únicos enemigos del entusiasmo y de los divinos efluvios del alma. Pero ¿habéis podido creerlo? ¿Habéis pensado que hicieran falta tantas cosas a la multitud innominada de la cual hablábamos mientras pasaba? ¿Habéis creído que su ostracismo perpetuo no habría de escribir en sus conchas más que los nombres de los poetas, de los grandes escritores y de los artistas inmortales?
¿POR QUÉ EL POETA Y EL FILÓSOFO HAN DE ESTAR CONDENADOS A PENSAR SIEMPRE Y A NO HACER NUNCA?
-¡No, no es tanto lo que necesita!
-Ved cómo esos ciegos poseen sin duda vago instinto de su camino; pero aplastan sin piedad al hombre que los precede y al hombre que remonta su corriente.
-¿Y qué importa que se sea o no arrollado si el bien se cumple?
-Venid, porque juzgo tan mal este destino, que una de vuestras ideas llevada a la acción no conseguiría empeorarlo. [...] Sólo vos podréis soportar sin ofensa los golpes que doy involuntariamente y, como decíais, el yunque sólido rechaza violentamente al martillo que dejo caer sobre vos sin descanso y lo lanza a veces hasta el cielo. Venid y salid de vos mismo. Olvidad al poeta, o más bien sedlo verdaderamente por el corazón, viniendo a consolar a vuestro amigo y a salvarle, si podemos, de todos aquellos combates interiores que le devoran. Si le encuentro, le maltrataré lo menos posible, y si no le curo os habré mostrado, al menos prácticamente y en su momentánea aplicación, una de esas vastas ideas que tan bien sabéis tender, como tela de araña y sobre las cuales sólo podrían sostenerse seres tan diáfanos, tan etéreos, tan flexibles y tan poderosos como los sueños de vuestras noches, es decir, semidioses.
-¡Quién pudiera decirme por qué el poeta y el filósofo han de estar condenados a pensar siempre y a no hacer nunca, y por qué de tiempo en tiempo se ha de ver la inspiración y la teoría pasar como dos nubes sobre el mundo y girar sin descanso en torno del globo, arrojados por todos los vientos, de tierra en tierra, dejando caer solamente un rocío bien pronto secado o una lluvia poco fecunda, sin ver jamás sus cosechas! ¡Oscuras nubes donde brillan algunos destellos magníficos, pero sin calor; nubes tempestuosas y amenazadoras, siempre admiradas, pero demasiado temidas de la tierra, desterradas por ella y relegadas a la cima de sus montañas en torno a la frente de los profetas y a los pies de Dios!
-No se trata ya de soñar, sino de mirar y escuchar conmigo. La raza errante e incierta que juzgáis doliente, a la que todo el mundo quiere conducir y sobre la que todos quieren obrar, ¡hela aquí pasando ante nuestra puerta! ¡Descendamos!
* * *
ALFRED DE VIGNY, Dafnis, 1835. Espasa-Calpe, 1969. Traducción del francés por A. Centeno Rilova.
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