Filosofía Digital

"Me he esmerado en no ridiculizar ni lamentar ni detestar las acciones humanas, sino en entenderlas." Baruch de Spinoza

PSICOLOGÍA SIN ALMA, por Carl G. Jung

Archivado en: -PSICOLOGÍA CON ALMA — July 2, 2009 @ 5:59 pm

“En la segunda mitad del siglo XIX se asiste al nacimiento de una psicología “sin alma”. No se puede jugar con el espíritu de la época, pues constituye una religión, más aún, una confesión o un credo, cuya irracionalidad no deja nada que desear; tiene, además, la molesta cualidad de querer pasar por el criterio supremo de toda verdad y la pretensión de detentar el privilegio del sentido común. El espíritu de la época escapa a las categorías de la razón humana. Es una inclinación sentimental que, por motivos inconscientes, actúa con una soberana fuerza de sugestión sobre todos los espíritus débiles y los arrastra. Pensar así es popular; y, por tanto, decente, razonable, científico y normal”.

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Mientras que la Edad Media, la Antigüedad e incluso la humanidad entera desde sus primeros balbuceos vivieron en la convicción de un alma sustancial, en la segunda mitad del siglo XIX se asiste al nacimiento de una psicología “sin alma”.

CON EL AUGE DEL MATERIALISMO, LA CONCIENCIA SE ENSANCHÓ, PERO DEJÓ DE CRECER EN ALTURA

Bajo la influencia del materialismo científico, todo lo que no puede verse con los ojos ni aprehenderse con las manos se pone en duda y, hasta sospechoso de metafísico, se vuelve comprometedor. Desde ese momento sólo es “científico” y, por consiguiente, admisible, lo que es manifiestamente material o lo que puede ser deducido de causas accesibles para los sentidos. Tal trastocamiento se había iniciado mucho antes, en una lenta gestación, muy anterior al materialismo.

Cuando la era gótica, que se había alzado con un impulso unánime hacia el cielo, aunque apoyándose en una base geográfica y en una concepción del mundo estrechamente circunscritas, se derrumbó, quebrantada por la catástrofe espiritual de la Reforma, la ascensión vertical del espíritu europeo se vio frenada por la expansión horizontal de la conciencia moderna. La conciencia no se desarrolló ya en altura, sino que ganó en extensión geográfica e intelectualmente. Fue la época de los grandes descubrimientos y del ensanchamiento empírico de nuestras nociones del mundo.

La creencia en la sustancialidad del espíritu cedió, poco a poco, ante una afirmación cada vez más intransigente de la sustancialidad del mundo físico, hasta que, al fin -tras una agonía de casi cuatro siglos-, los representantes más avanzados de la conciencia europea, los pensadores y los sabios, consideraron el espíritu como totalmente dependiente de la materia y de las causas materiales.

Sería un error, sin duda, imputar a la filosofía y a las ciencias naturales una inversión tan total. Siempre hubo numerosos filósofos y hombres de ciencia inteligentes que no dejaron de protestar, gracias a una suprema intuición y con toda la profundidad de su pensamiento, contra esta inversión irracional de las concepciones; pero les era difícil imponerse, perdían popularidad y su resistencia resultaba impotente para vencer la preferencia sentimental y universal que -como una marea de fondo- llevó al orden físico hasta el pináculo.

No se crea que transformaciones tan considerables en el seno de la concepción de las cosas pueden ser el fruto de reflexiones racionales; pues ¿existen acaso especulaciones racionales capaces de probar o de negar alternativamente el espíritu o la materia? Estos dos conceptos (cuyo conocimiento cabe esperar de todo contemporáneo culto) no son sino símbolos notables de factores desconocidos, cuya existencia es proclamada o abolida según los humores, los temperamentos individuales y los altibajos del espíritu de la época.

Nada impide a la especulación intelectual ver en la psique un fenómeno bioquímico complejo, reduciéndola así, en último término, a un juego de electrones, o, por el contrario, decretar que es vida espiritual la aparente ausencia de toda norma que reina en el centro del átomo.

LA METAFÍSICA DEL ESPÍRITU CEDIÓ EL PUESTO A LA METAFÍSICA DE LA MATERIA

La metafísica del espíritu, a lo largo del siglo XIX, tuvo que ceder el puesto a una metafísica de la materia; intelectualmente hablando, esto no es más que un giro caprichoso, pero desde el punto de vista psicológico significa una revolución inaudita en la visión del mundo: el más allá toma asiento en este mundo; el fundamento de las cosas, la asignación de los fines, las significaciones últimas, no deben salir de las fronteras empíricas; si damos crédito a la razón ingenua, parece que toda la interioridad oscura se convierte en exterioridad visible, y el valor no obedece ya sino al criterio del supuesto acontecimiento.

Tratar de abordar este trastocamiento irracional por la vía de la filosofía es ir a un fracaso seguro. Es preferible abstenerse, pues si en nuestros días a alguien se le ocurre deducir la fenomenología intelectual o espiritual de la actividad glandular, puede estar seguro a priori de la estima y de la receptividad del público; si, por el contrario, alguien quisiera ver en la descomposición atómica de la materia estelar una emanación del espíritu creador del mundo, ese mismo público no haría sino deplorar la anomalía mental del autor. Y, sin embargo, estas dos explicaciones son igualmente lógicas, igualmente metafísicas, igualmente arbitrarias e igualmente simbólicas.

Desde el punto de vista de la teoría del conocimiento, tan lícito es hacer descender al hombre de la línea animal como a la línea animal del hombre. Pero, como es sabido, este pecado contra el espíritu de la época tuvo para Dacqué penosas consecuencias académicas. No se puede jugar con el espíritu de la época, pues constituye una religión, más aún, una confesión o un credo, cuya irracionalidad no deja nada que desear; tiene, además, la molesta cualidad de querer pasar por el criterio supremo de toda verdad y la pretensión de detentar el privilegio del sentido común.

El dogma materialista dice que la conciencia es un epifenómeno del cerebro. Pensar así es popular; y, por tanto, decente, razonable, científico y normal.

El espíritu de la época escapa a las categorías de la razón humana. Es una penchant, o sea, una inclinación sentimental que, por motivos inconscientes, actúa con una soberana fuerza de sugestión sobre todos los espíritus débiles y los arrastra. Pensar de una manera diferente a como se piensa hoy en general tiene siempre un aire de ilegitimidad intempestiva, de aguafiestas; es, incluso, algo casi incorrecto, enfermizo y blasfematorio, que no deja de implicar graves peligros sociales para quien nada de forma tan absurda contra corriente.

En el pasado era un presupuesto evidente que todo lo que existía debía la vida a la voluntad creadora de un Dios espiritual; el siglo XIX, por su parte, ha dado a luz la verdad, no menos evidente, de la universalidad de las causas materiales. Hoy, no es la fuerza del alma la que se edifica un cuerpo, sino que, al contrario, es la materia la que, por su quimismo, engendra un alma.

Este cambio radical haría sonreír si no fuera una de las verdades cardinales del espíritu de la época. Pensar así es popular; y, por tanto, decente, razonable, científico y normal. El espíritu debe ser concebido como un epifenómeno de la materia. Todo contribuye a esta concepción, incluso cuando en lugar de hablar de “espíritu” se dice “psique”, y en vez de materia “el cerebro”, “las hormonas”, “los instintos”, “las pulsiones”. El espíritu de la época se niega a conceder una sustancialidad propia al alma, ya que, a sus ojos, ello sería una herejía.

LA CONCIENCIA CONTEMPORÁNEA AÚN NO HA DESCUBIERTO QUE EL MATERIALISMO ES TAN PRESUNTUOSO COMO EL ESPIRITUALISMO

Hemos descubierto hoy que nuestros antepasados se abandonaban a una presunción intelectual arbitraria: suponían que el hombre posee un alma sustancial, de naturaleza divina y, por consiguiente, inmortal; que una fuerza propia del alma edifica el cuerpo, mantiene su vida, cura sus males, haciendo el alma capaz de una existencia extracorporal; que existen espíritus incorpóreos, con los que el alma tiene relaciones, y un mundo espiritual más allá de nuestro mundo empírico, que confiere al alma una ciencia de las cosas espirituales, cuyos orígenes no se podría encontrar en el mundo visible.

Pero nuestra conciencia contemporánea no ha descubierto todavía que es igualmente presuntuoso y fantástico admitir que la materia es, de modo natural, generadora del alma; que los hombres descienden del mono; que la Crítica de la razón pura de Kant ha surgido de una mezcla armoniosa de hambre, amor y voluntad de poder; que las células cerebrales engendran los pensamientos; admitir, en fin, que todo esto obedece a la necesidad de las cosas últimas, y que no podría ser de otro modo.

Pues, ¿qué es en el fondo esta materia todopoderosa? Es, todavía, un Dios creador, pero despojado de su antropomorfismo y vertido, a cambio, en el molde de un concepto universal cuya significación cada cual cree penetrar. Cierto es que la conciencia general ha adquirido una extensión inmensa, pero por desgracia sólo desde el punto de vista del espacio y no del de la duración; si no fuera así, nuestro sentimiento histórico sería mucho más vivaz.

Si nuestra conciencia general no fuera puramente efímera, y tuviese al menos un poco de sentido histórico, sabríamos que en la época de la filosofía griega hubo transformaciones análogas de la divinidad, transformaciones que podrían suscitar algunas críticas a propósito de nuestra filosofía contemporánea. Pero el espíritu de la época se opone con violencia a estas reflexiones. La historia, para él, no es más que un arsenal de argumentos utilizables que permiten, por ejemplo, decir: ya el viejo Aristóteles sabía que…, etcétera.

Semejante situación obliga a que nos preguntemos sinceramente de dónde proviene la inquietante potencia del espíritu de la época. Sin duda alguna, constituye un fenómeno psíquico de importancia primordial, un prejuicio; por tanto, un prejuicio tan esencial en todos los casos, que no podremos llegar al problema del alma sin haber pasado por sus horcas caudinas.

* * *

CARL GUSTAV JUNG (1875-1961), Facetas del alma contemporánea (1ª parte). Conferencia pronunciada en Viena, en 1931. Alianza Editorial, Los complejos y el inconsciente, 2005. Traductor: Jesús López Pacheco. [FD, 15/07/2007]

9 comentarios »

  1. Jesús Díaz Formoso:

    Vencer el Miedo, no caer en el Temor, no esperar lo que no has de lograr por ti mismo, no caer en la tentación de la comodidad, sobreponerse a toda sombra de cobardía, …

    Aún partiendo del reconocimiento de su extrema dificultad, sin embargo, no puedo entender la expresión “no podremos llegar al problema del alma sin haber pasado por sus horcas caudinas”, pues he aceptado que existe en cada uno de nosotros ese Hombre Total, y en su búsqueda, no has de temer ser Subyugado, pues ese temor es, justamente, la causa de la derrota.

    Sí, querido tocayo, en la búsqueda interior de la Bondad y la Luz, en uno u otro momento, te encontrarás de bruces con la realidad del MAL.

    Es entonces cuando has de responder a la pregunta: ¿Esa existencia maléfica es solamente Externa, o es también Trascendente?

    Saludos.

  2. Jesús Nava:

    Estimado Jesús Díaz:

    Totalmente de acuerdo contigo en que, probablemente, el miedo sea la pasión humana que nos hace más miserables. Spinoza decía que la superstición no se originaba en la ignorancia de las cosas eternas, sino en la fantasía de las almas tristes y temerosas. La superstición, sea religiosa, científica o ideológica, es la hija primogénita del miedo.

    Por eso, me sigue pareciendo hermoso aquel versículo de la Biblia, donde se dice que Jesucristo murió para “librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre” (Hebreos 2:15). Porque mucho se habla de la servidumbre política y económica, pero eso no es nada comparado con la esclavitud de las almas en vilo, oprimidas por el puño del miedo, que mucho abarca y mucho aprieta.

    De ahí que, en la filosofía de Spinoza, el primer objetivo de todo el que aspira a la libertad deber ser “librarse del miedo”. Y el segundo, “no depender de la esperanza”; pero de esa señora, consorte del miedo, nos ocuparemos otro día.

    Pero no comparto tu idea sobre la realidad del Mal, pues no sólo no es un Ente, dotado de existencia propia, sino que al ser una simple carencia de bondad o virtud, ni siquiera tiene entidad alguna: no es nada. “Un bien que impide que disfrutemos de un bien mayor es, en realidad, un mal; en efecto, mal y bien se predican de las cosas en cuanto que las comparamos entre sí, y un mal menor es, en realidad, un bien” (Spinoza, Ética 4, LXV).

    Existen, sin duda, los malos, individuos cuyos actos está corrompidos por sus malas intenciones, así como también existen los buenos, individuos cuyo deseo dominante es obrar bien. Y también existe “lo malo”, todo aquello que nos impide alcanzar algo que consideramos bueno. Por lo tanto, podemos hablar de lo malo y de lo bueno, pero, como diría Nietzsche, “más allá del bien y del mal”.

    Spinoza decía que “el conocimiento del mal es un conocimiento inadecuado”, pues “el conocimiento del mal es la tristeza misma, en cuanto que somos conscientes de ella; por ende, es una pasión, la cual depende de ideas inadecuadas.” De hecho, afirma que “si los hombres nacieran libres, no formarían, en tanto que siguieran siendo libres, concepto alguno del bien y del mal.” (Ética 4, LXVIII).

    Por último, supongo que Jung se refiere, al mencionar las horcas caudinas, a que los individuos que quieran solucionar sus problemas anímicos o espirituales, tendrán que “pasar por el aro”, mal que les pese, es decir, aunque no quieran. Ya sabes, para entrar en el Reino de los Cielos hay que volverse como un niño; es decir, desnudarse de prejuicios, agachar las orejas del orgullo y doblar la cerviz de la obstinación, como tuvieron que hacer los romanos en aquella ocasión histórica; lo cual no deja de ser humillante para los engreídos y pagados de sí mismos, que piensan encontrar el remedio a sus males donde a ellos se les antoje, sin tener en cuenta nunca la Verdad.

    Un cordial saludo.

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  4. Jesús Díaz Formoso:

    Estimado Jesús, en relación a las Profecías Bíblicas, he encontrado abundante documentación en este Link

    http://www.youtube.com/profile?user=confertres&view=playlists

    Yo no comparto sus tesis, pero me parece que ofrece un tratamiento de la información no exento de interés (al margen de las convicciones personales de su autor).

    Por otra parte, suscribo plenamente sus reflexiones sobre la inexistente “realidad del mal”.

    A lo que yo me refería es a la necesidad de responder a la pregunta acerca de su verdadera existencia y trascendencia. Veo que -estaba seguro de ello-, ya ha dado respuesta (satisfactoria) a esa pregunta.

  5. Jesús Díaz Formoso:

    Querido Jesús Nava,

    comparto plenamente su opinión acerca de la “irrealidad de la existencia del mal” (únicamente me refería a la necesidad de responder a esa cuestión).

    Pese a que su respuesta es coincidente con la que yo me he dado, sabía que su aportación enriquecería mis reflexiones: La Belleza de la cita de Spinoza que me aporta es prueba de mi acierto: “el conocimiento del mal es la tristeza misma”.

    Por lo demás, sigo sin “encajar” la tesis de la necesaria Subyugación. No quisiera parecer pedante, ni pecar de soberbio, pero creo que nunca me he subyugado (sí he errado en incontables ocasiones).

    Por otra parte, en el siguiente enlace he encontrado abundante información relativa a las “Profecías Bíblicas” que, aún inserta en una tesis que no comparto (aunque tampoco niego), estimo que posee cierto interés (especialmente en el tratamiento que el autor da a la información).

    http://www.youtube.com/profile?user=confertres&view=playlists

    Un abrazo.

  6. Jesús Díaz Formoso:

    Pido disculpas por mi error informático (creí que había “perdido” las notas que estaba escribiendo, y me he encontrado con ellas aquí). Me hubiese gustado poder revisarlas antes de enviarlas. Espero que se haya entendido lo que quería decir.

  7. Jesús Díaz Formoso:

    “Los cuatro libros sobre los principios fueron escritos por ORÍGENES en torno al año 220. Aunque no constituyeron un tratado sistemático de teología como lo entienden los modernos, la obra trata de los principales temas, objeto de estudio en la Escuela de Alejandría: Dios, Cristo, el Espíritu Santo, el mundo, el fin, la Sagrada Escritura, el libre arbitrio: Orígenes es consciente de que sobre muchos puntos la tradición de la Iglesia todavía estaba muda o insegura y que, por eso mismo, la solución que él propone puede suscitar perplejidad: pero él la propondrá sobre todo como una invitación a la discusión y a la profundización. Muchas veces sobre una misma cuestión él mismo sugiere dos soluciones alternativas. En esta obra es donde Orígenes ha expuesto, para discutir más que para definir, las doctrinas que sucesivamente seguirían siendo objeto de tantas criticas hasta desembocar en la condena. En la base de ellas está la convicción, contra el dualismo gnóstico, de que todo lo que Dios ha creado está destinado, tarde o temprano, a ser recuperado para el bien, cualquiera que sea su actual decadencia en el mal: en este sentido esboza un proceso de todos los seres racionales que, creados todos iguales por Dios, en virtud del comportamiento determinado por el libre arbitrio, se han diferenciado en las categorías de ángeles, hombres, demonios, para retornar todos, en el momento final, a la condición originaria. Como hemos dicho, varios puntos de «sobre los Principios» fueron criticados y condenados; pero muchos fijaron de manera casi definitiva la tradición cristiana por materias: baste con aludir además a varios puntos sobre teología trinitaria, a los tratados sobre la incorporeidad de Dios y su libre albedrío, al tiempo que el tratado sobre la Sagrada Escritura (L. IV) fijaba la metodología y los caracteres de la exégesis escriturística de tipo alejandrino. Pero más allá de la validez de las soluciones propuestas, esta obra origeniana es apreciada sobre todo como tentativa de organizar en una síntesis armónica y profunda los puntos fundamentales y de comprensión más dificultosa de la doctrina cristiana. En este sentido, superaba con mucho a todo cuanto se había hecho hasta entonces en los distintos puntos y proponía a toda persona culta una visión global del cristianismo que nada tenía que envidiar a las más audaces especulaciones de la filosofía griega. Había mucho riesgo en esta tentativa: pero, históricamente, su importancia fue muy grande”.

    http://www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/cxf.htm#e

  8. Jesús Díaz Formoso:

    Por si no había logrado llamar su atención sobre los Textos de ORÍGENES en Clerus.org, añado un poco más:

    Orígenes nace alrededor del año 185 en Alejandría de Egipto. El padre, Leónidas, que era cristiano, cuidó de su educación, iniciando tempranamente al joven en el estudio de la Sagrada Escritura.

    En su interpretación del texto sagrado, Orígenes tuvo presentes las diversas exigencias de la polémica antignóstica y de la presentación del mensaje cristiano, fundado precisamente en la Sagrada Escritura, a los paganos cultos. Por eso, sobre la firme base filológica de las «Hexapla» elaboró una serie de criterios que hiciesen más profunda y homogénea la interpretación escriturística: de ellos, habla, sobre todo, en el L. IV «De principiis», apoyado en un método de pensar de evidente derivación platónica. La distinción de Pablo y Juan entre la Jerusalén terrestre y la Jerusalén celeste, entre el mundo de aquí abajo y el mundo de allá arriba, viene ampliada por Orígenes precisamente, en sentido platónico, en la contraposición entre un mundo terreno, sensible, fenoménico y un mundo celeste, ideal, inteligible. Ambos son reales, pero, a muy distintos niveles: el mundo sensible, más allá de su real, pero modesto grado de autenticidad, es imagen desvalorizada, y por eso símbolo, del mundo inteligible, superior. En cada ámbito de su actividad, el esfuerzo constante de Orígenes fue el de pasar de la apariencia terrena a la autenticidad celeste, del símbolo a la verdadera realidad inteligible y espiritual; y, sobre esta base, planteó la distinción entre cristianos sencillos y cristianos perfectos o que de cualquier modo intentan progresar en la posesión de la verdad y del bien: los primeros se contentan con la realidad sensible, terrena, inferior; los otros buscan trascenderla para llegar a la realidad espiritual y superior.

    Un abrazo.

  9. Filosofía Digital » LAS HORCAS CAUDINAS DEL ALMA, por Jesús Nava:

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