ESCLARECER HOMBRES LIBRES, por M. Robespierre
“Esclarecer hombres libres es despertar su coraje, es impedir que este coraje se convierta en escollo para su libertad. Y aunque yo no hubiera hecho otra cosa que desvelar las trampas, que refutar tantas falsas ideas y tan malos principios, que detener los arrebatos de un entusiasmo peligroso, yo habría hecho avanzar el espíritu público y servido a la patria. El verdadero medio de dar testimonio de respeto por el pueblo no es adormecerlo, alabando su fuerza y su libertad, sino defenderlo, inmunizarlo contra sus propios defectos. Porque incluso el pueblo tiene defectos. Nadie nos ha dado una más justa idea del pueblo que Rousseau, porque nadie lo ha amado tanto. “El pueblo quiere siempre el bien, pero no siempre lo ve”. El pueblo quiere el bien porque el bien público es su interés, porque las buenas leyes son su salvaguardia: sus mandatarios no lo quieren siempre, porque ellos quieren volver la autoridad que él les ha dado en provecho de su orgullo.”
* * * * * *
Decís que yo desanimo a la nación. Por el contrario, yo la esclarezco. Esclarecer hombres libres es despertar su coraje, es impedir que este coraje se convierta en escollo para su libertad. Y aunque yo no hubiera hecho otra cosa que desvelar las trampas, que refutar tantas falsas ideas y tan malos principios, que detener los arrebatos de un entusiasmo peligroso, yo habría hecho avanzar el espíritu público y servido a la patria.
NUESTRA PASIÓN DOMINANTE: HE AHÍ EL SECRETO DEL CORAZÓN HUMANO
También habéis dicho que yo había ultrajado a los franceses dudando de su coraje y de su amor a la libertad. No, no es del valor de los franceses de lo que desconfío. Lo que temo es la perfidia. Si la tiranía los ataca abiertamente, ellos son invencibles. Pero el coraje es inútil contra la intriga.
Habéis dicho que os ha sorprendido oír a un defensor del pueblo calumniar y despreciar al pueblo. Ciertamente no me esperaba semejante reproche. En primer lugar sabed que no soy un defensor del pueblo; jamás he pretendido ese título fastuoso. Soy del pueblo, nunca he sido otra cosa y no quiero ser otra cosa. Desprecio a cualquiera que pretenda ser algo más.
Si hay que decir más, confesaré que no he comprendido jamás por qué se dan nombres pomposos a la fidelidad constante de aquellos que no han traicionado su causa. ¿Es un medio de proporcionar una excusa a aquellos que la abandonan, presentando la conducta contraria como un esfuerzo de heroísmo y de virtud? No, no es nada de eso; no es más que el resultado natural del carácter de todo hombre que no se haya degradado.
El amor a la justicia, a la humanidad, a la libertad es una pasión como otra. Cuando domina, se le sacrifica todo; cuando se ha abierto el alma a pasiones de otra especie, como la de sed de honores o de oro, se le inmola todo, la gloria, la humanidad, el pueblo y la patria. Ahí está el secreto del corazón humano. Ahí está la diferencia entre el crimen y la probidad, entre los tiranos y los benefactores del país.
¿Qué debo, pues, responder al reproche de haber envilecido y calumniado al pueblo? No, no se envilece a lo que se ama, uno no se calumnia a sí mismo.
¡He envilecido al pueblo! Es cierto que yo no sé alabarle para perderle; que ignoro el arte de conducirle al precipicio por rutas sembradas de flores. En cambio yo soy el que ha sabido desagradar a todos los que no son pueblo, defendiendo casi sólo los derechos de los ciudadanos más pobres y desgraciados contra la mayoría de los legisladores. Yo soy quien oponía constantemente la Declaración de los derechos a todas esas distinciones calculadas sobre la cuota del impuesto, que creaban una distancia entre ciudadanos.
Soy yo quien defendía no solamente los derechos del pueblo, sino su carácter y sus virtudes. Quien sostuvo contra el orgullo y los prejuicios que los vicios enemigos de la humanidad y del orden social iban siempre decreciendo, igual que las falsas necesidades y el egoísmo, desde el trono hasta la choza. Soy yo el que ha consentido parecer exagerado, obstinado, incluso orgulloso, para ser justo.
INCLUSO EL PUEBLO TIENE DEFECTOS, PERO QUIERE SIEMPRE EL BIEN, AUNQUE NO SIEMPRE LO VE
El verdadero medio de dar testimonio de respeto por el pueblo no es adormecerlo, alabando su fuerza y su libertad, sino defenderlo, inmunizarlo contra sus propios defectos. Porque incluso el pueblo tiene defectos. “El pueblo es así”, es en este sentido una palabra muy peligrosa. Nadie nos ha dado una más justa idea del pueblo que Rousseau, porque nadie lo ha amado tanto. “El pueblo quiere siempre el bien, pero no siempre lo ve”.
Para completar la teoría de los principios de los gobiernos, sería suficiente añadir: los mandatarios del pueblo muchas veces ven el bien; pero ellos no lo quieren siempre. El pueblo quiere el bien porque el bien público es su interés, porque las buenas leyes son su salvaguardia: sus mandatarios no lo quieren siempre, porque ellos quieren volver la autoridad que él les ha dado en provecho de su orgullo.
Leed lo que Rousseau ha escrito sobre el gobierno representativo, y juzgaréis si el pueblo puede dormir impunemente. Sin embargo, el pueblo siente más vivamente y ve mejor todo lo que se refiere a los primeros principios de la justicia y de la humanidad que la mayoría de los que se separan de él. Y su buen sentido, a este respecto, habitualmente es superior al espíritu de las gentes astutas. Pero no tiene la misma aptitud para desembrollar los rodeos de la política artificiosa que ellos emplean para engañarlo y dominarlo, y su bondad natural le dispone para ser víctima de los charlatanes políticos. Ellos lo saben bien y se aprovechan.
Cuando se despierta y despliega su fuerza y su majestad, cosa que pasa una vez en los siglos, todo se pliega ante él. El despotismo se prosterna, se finge muerto, como un animal cobarde y feroz con aspecto de león. Pero enseguida se levanta y se acerca al pueblo con una aire acariciador. Sustituye la fuerza por la astucia. Parece haberse convertido: se oye salir de su boca la palabra libertad. El pueblo se abandona a la alegría, al entusiasmo. Se acumulan entre las manos del despotismo inmensos tesoros. Se le entrega el tesoro público. Se le da un poder colosal. Puede ofrecer a sus partidarios atractivos irresistibles a su ambición y a su codicia, mientras que el pueblo no puede pagar a sus servidores más que con su estima.
Pronto cualquiera que tenga talento con los vicios acaba teniéndolo en sus manos. Él sigue constantemente un plan de intriga y seducción. Se dedica sobre todo a corromper la opinión pública. Levanta antiguos prejuicios, los hábitos antiguos que no han sido borrados todavía. Mantiene la depravación de las costumbres que aún no han sido regeneradas. Asfixia el germen de virtudes nuevas, la horda innumerable de sus ambiciosos esclavos extiende por todas partes máximas falsas.
No se predica a los ciudadanos otra cosa que el reposo y la confianza. La palabra libertad pasa a ser casi un grito de sedición. Se persigue, se calumnia a sus más celosos defensores. Se trata de extraviar, de seducir, o dirigir las delegaciones del pueblo. Unos hombres usurpan su confianza para vender sus derechos y gozan en paz el fruto de sus crímenes. Ellos tendrán imitadores que no, combatiéndolos, no aspiran a otra cosa que a reemplazarlos. Los intrigantes y los partidos se apresuran como las olas del mar.
CUANDO EL PUEBLO NO PUEDE EJERCER SU SOBERANÍA NI REUNIRSE PARA DELIBERAR, NO HAY LIBERTAD
El pueblo reconoce a los traidores cuando han hecho bastante mal como para desafiarlo impunemente. A cada atentado contra su libertad, se le deslumbra con pretextos especiosos, se le seduce con actos de patriotismo ilusorios, se engaña su celo y se extravía su opinión por el juego de todos los resortes de la intriga y del gobierno, se le tranquiliza recordándole su fuerza y su poder.
Llega el momento en que la división reina en todas partes, en que todas las trampas de los tiranos son desplegadas, en que la liga de todos los enemigos de la igualdad está formada totalmente, en que los depositarios de la opinión pública son sus jefes, en que la porción de los ciudadanos que tiene mayor influencia por su ilustración y por su fortuna está preparada para alinearse en su partido.
Ahí está la nación, situada entre la servidumbre y la guerra civil. Se había mostrado al pueblo la insurrección como un remedio, ¿pero es posible este remedio extremo? Es imposible que todas las partes de un imperio, así dividido, se levanten al mismo tiempo. Y toda insurrección parcial es mirada como un acto de revuelta. La ley la castiga y la ley estaría en manos de los conspiradores.
Si el pueblo es soberano, no puede ejercer su soberanía, no puede reunirse al completo, y la ley declara incluso que ninguna sección del pueblo puede deliberar. ¿Qué digo? Entonces, la opinión, el pensamiento no sería libre. Los escritores estarían vendidos al gobierno; los defensores de la libertad que aún osarían levantar la voz, serían mirados como sediciosos; puesto que la sedición es cualquier signo de existencia que no complazca al más fuerte. Ellos beberían la cicuta, como Sócrates, o morirían bajo la espada de la tiranía, como Sidney (*), o se desgarrarían las entrañas como Catón.
¿Puede aplicarse exactamente a nuestra situación este cuadro horroroso? No. No hemos llegado aún a este último término del oprobio y de la desgracia a que conducen la credulidad de los pueblos y la perfidia de los tiranos. Se nos quiere llevar ahí. Quizás hemos dado grandes pasos hacia este fin. Pero aún estamos a gran distancia.
La libertad triunfará, espero, y además no lo dudo: pero es a condición de que nosotros adoptemos tarde o temprano, lo más pronto posible, los principios y el carácter de los hombres libres, que cerremos los oídos a los cantos de sirena que nos atraen hacia los escollos del despotismo, que no continuemos corriendo como un rebaño estúpido por la vía por la que se intenta conducirnos a la esclavitud o a la muerte.
He indicado nuestros verdaderos peligros y la verdadera causa de nuestros males. Es en la naturaleza de la causa donde hay que encontrar el remedio; es ella la que debe determinar la conducta de los representantes del pueblo.
* * *
(*) Algernon Sidney (1622-1683), tomó partido por el Parlamento contra Carlos I, durante la primera revolución inglesa. Exiliado bajo la Restauración, volvió en 1677 y fue uno de los dirigentes del partido whig. Acusado, sin pruebas, en el complot de Rye House contra Carlos II, fue víctima de un “asesinato judicial” y decapitado. Una comisión de investigación desmontó ulteriormente la maniobra.
MAXIMILIEN ROBESPIERRE, Discursos. Sobre la guerra, 2 de enero de 1792, en la Sociedad de los Amigos de la Constitución. El Viejo Topo.
1 comentario »
RSS feed for comments on this post. TrackBack URI
Deje su comentario.
Line and paragraph breaks automatic, e-mail address never displayed, HTML allowed: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>


July 19th, 2007 @ 4:40 pm
“Ahí está la nación, situada entre la servidumbre y la guerra civil. Se había mostrado al pueblo la insurrección como un remedio, ¿pero es posible este remedio extremo? Es imposible que todas las partes de un imperio, así dividido, se levanten al mismo tiempo. Y toda insurrección parcial es mirada como un acto de revuelta. La ley la castiga y la ley estaría en manos de los conspiradores.
Si el pueblo es soberano, no puede ejercer su soberanía, no puede reunirse al completo, y la ley declara incluso que ninguna sección del pueblo puede deliberar. ¿Qué digo? Entonces, la opinión, el pensamiento no sería libre. Los escritores estarían vendidos al gobierno; los defensores de la libertad que aún osarían levantar la voz, serían mirados como sediciosos; puesto que la sedición es cualquier signo de existencia que no complazca al más fuerte. Ellos beberían la cicuta, como Sócrates, o morirían bajo la espada de la tiranía, como Sidney (*), o se desgarrarían las entrañas como Catón.
¿Puede aplicarse exactamente a nuestra situación este cuadro horroroso? No. No hemos llegado aún a este último término del oprobio y de la desgracia a que conducen la credulidad de los pueblos y la perfidia de los tiranos. Se nos quiere llevar ahí. Quizás hemos dado grandes pasos hacia este fin. Pero aún estamos a gran distancia.
La libertad triunfará, espero, y además no lo dudo: pero es a condición de que nosotros adoptemos tarde o temprano, lo más pronto posible, los principios y el carácter de los hombres libres, que cerremos los oídos a los cantos de sirena que nos atraen hacia los escollos del despotismo, que no continuemos corriendo como un rebaño estúpido por la vía por la que se intenta conducirnos a la esclavitud o a la muerte.
He indicado nuestros verdaderos peligros y la verdadera causa de nuestros males. Es en la naturaleza de la causa donde hay que encontrar el remedio; es ella la que debe determinar la conducta de los representantes del pueblo.”