UNA ECUACIÓN PARA LA ETERNIDAD, por Jesús Nava
“¡Salud al hombre que atraviesa la vida pronto a socorrer, ignorando el miedo, libre de toda agresividad y de todo resentimiento! De tal madera están hechos los creadores de ideales, los que consuelan a la humanidad en las desgracias que ella misma se forja”.
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Einstein siempre se consideró un filósofo que trabajaba en la Física. Por eso, por su amor a la sabiduría, ocupa en el panteón histórico de los físicos más eminentes, un lugar privilegiado. Siempre consideró que, aunque el universo pudiera llegar a describirse mediante fórmulas matemáticas, tal punto de vista de la naturaleza carecería de sentido.
Los que pasan por sabios hoy, el cielo nos asista, son científicos asalariados del Estado o de las grandes empresas, que trabajan por un sueldo, por el poder que consiguen o por la gloria que aspiran a alcanzar.
No otorgo a estos individuos más mérito, sino menos, que al equilibrista de un circo, cuyas habilidades naturales o adquiridas se exhiben en público para regocijo de los que admiran las cabriolas que ellos son incapaces de realizar.
Einstein fue un filósofo profundamente religioso y un eminente científico, que cultivó una vida sencilla y modesta, y que siempre pensó que quienes le pedían autógrafos y tenían fotos suyas en su casa estaban como chotas. Nunca comprendió por qué tenía tanta fama. Ni creo que la gente supiera qué había de admirable en él.
Yo nunca he leído su teoría de la relatividad; doy por sentado que no la comprendería cabalmente. Pero le admiro profundamente porque fue siempre consecuente con su amor por el saber. Cuando le ofrecieron la presidencia del Estado de Israel, él la rechazó amablemente con estas palabras: “La política es por un tiempo, pero una ecuación es para la eternidad”.
También afirmó lo siguiente: “La verdadera religiosidad es saber de esa Existencia impenetrable para nosotros, saber que hay manifestaciones de la Razón más profunda y de la belleza más resplandeciente sólo asequibles en su forma más elemental para el intelecto. En ese sentido, y sólo en éste, pertenezco a los hombres profundamente religiosos”.
Por eso, por dedicarse a lo eterno, fue un auténtico filósofo; más aún: un sabio.
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