LA CONFUSIÓN POR LO ETERNO, por Jesús Nava
“Aturdido se aleja lleno de confusión por lo eterno. La senda no tiene fin -exclama. Acaso a las estrellas se llegue por aquí. Pero mi gran torpeza me impedirá llegar. No hay que pensar en ellas.” F. GARCÍA LORCA
* * * * * *
En el poema titulado Los encuentros de un caracol aventurero, Federico García Lorca vertió su exquisita sensibilidad juvenil mediante una fábula que, en mi opinión, deja entrever ya su temprana preferencia por los etéreos sueños de la imaginación frente a la suprema realidad de lo eterno.
Cosa natural en un poeta, ya que la religión de los artistas es la belleza, a la que adoran con deleite no exento del sufrimiento de toda idolatría, muy lejos de esa mentalidad genuinamente filosófica para la que sólo la verdad, siempre gozosa, puede ser divina.
EL ESPÍRITU BURGUÉS, ATURDIDO, SE ALEJA LLENO DE CONFUSIÓN POR LO ETERNO
El poeta se exalta ante la emoción desbordante que inunda su fantasía sensorial y cree tener más claro aquello que imagina o siente más fácilmente. Meditar, siquiera sea un solo instante, en todo cuanto trasciende lo inmediatamente percibido a través de los sentidos, le fatiga y, “aturdido, se aleja lleno de confusión por lo eterno”.
De ahí que los artistas no estén más cerca de sentir la verdadera bondad de la vida, indisociable de la percepción de su eternidad inmanente, que los espíritus más adocenados, los cuales, con una afectada confesión de “gran torpeza”, disimulan malamente su pereza intelectual ante el misterio que evocan, de algún modo, las estrellas. La conclusión a que llega una mente conformista, sea vulgar, sea poética, es: “No hay que pensar en ellas”.
Lástima, porque, ciertamente, la verdad no se oculta en insondables abismos ni reside en inaccesibles regiones celestes, de modo que tengamos necesidad de suplicar ¿quién nos la traerá?, ya que muy cerca de nosotros, en nuestro mismo corazón, está esa enseñanza sin palabras, que podemos sentir vivamente y no necesita de intérpretes que nos la descifren.
Pero debemos aprender a leer en nosotros mismos, atentamente, para no confundirnos. Pues, como decía Spinoza, con su pulido lenguaje filosófico, “si nos fijamos en la común opinión de los hombres, veremos que tienen consciencia, ciertamente, de la eternidad de su alma, pero la confunden con la duración, y atribuyen eternidad a la imaginación o la memoria, por creer que éstas subsisten después de la muerte” (Spinoza, Ética V, escolio de la proposición 35).
La eternidad de la esencia no debe ser confundida, de ningún modo, con la duración de la existencia; pues ésta, aunque dure temporalmente, acaba, y puede ser medida por el tiempo; pero en la eternidad, sin principio ni fin, ni hay antes ni ahora ni después. Es más, añade el filósofo holandés: “Nada de lo que el alma (mente) entiende desde la perspectiva de la eternidad, lo entiende en virtud de que conciba la presente y actual existencia del cuerpo, sino en virtud de que concibe la esencia del cuerpo desde la perspectiva de la eternidad”.
O lo que es lo mismo: mientras no captemos intuitivamente, con el entendimiento puro, nuestra propia eternidad esencial, todas las cosas -y nosotros con ellas- nos parecerán sometidas al inexorable flujo del tiempo. Tratar de eternizarlas, sabiendo que son perecederas, es una locura propia de poetas y místicos, pues del mismo modo que no nos acordamos de haber existido antes de nacer, nada recordaremos después de morir. La imaginación y la memoria acaban con el cerebro, su sede material. Pero hay algo eterno en nosotros que, por no haber nacido nunca, jamás perecerá.
EL FIN DE LA SENDA ES ENCONTRAR EL CAMINO DE VUELTA
Debemos huir de la falsa realidad de los sueños y fantasías, por muy agradables que éstos sean, y emprender el camino interior que lleva a la Vida. La verdadera realidad está ahí, más allá -o más adentro- de la imaginación, pues la parte eterna del alma es una porción finita, pero inseparable, del entendimiento infinito y eterno de Dios, es decir, de la Naturaleza creadora. Lámpara de Dios es el espíritu del hombre que, si no está cegado por la ignorancia y los prejuicios, le alumbrará el camino que conduce a la cumbre.
No es fácil percibirlo, desde luego, en este mundo tan aburguesado y tan carente de espiritualidad. Lo fácil para la mayoría es rendirse, escépticamente, ante la posibilidad de comprender el sentido de la vida; o lanzarse, osadamente, a darle uno a capricho, adoptando alguna fe que nos consuele. Como decía Anton Chéjov, “cuando se carece de verdadera vida, se vive de espejismos”. No nos dejemos confundir, pues, por quienes no habiendo visto jamás las estrellas, niegan su existencia; ni por cuantos nos exigen aceptar una vida eterna de la que, en el fondo, ellos mismos dudan o reniegan.
El camino hacia la eternidad está libre y despejado para todos: consiste en pensar para saber, o lo que es lo mismo, en lograr sentir las cosas como son en realidad. No es con la imaginación o los sentimientos, ni siquiera con la razón o los razonamientos, que podemos llegar a ver la suprema realidad, sino con la intuición o conocimiento inmediato, que nos descubre nuestra unión esencial con el Todo, ya que en Él vivimos y nos movemos y somos.
“Además -añade Spinoza- puesto que del tercer género de conocimiento [ciencia intuitiva] surge el mayor contento que darse puede, de ello se sigue que el alma humana puede revestir una naturaleza tal, que lo que de ella perece con el cuerpo, carezca de importancia por respecto a lo que de ella permanece”. Alcanzar tal naturaleza no sólo nos permitirá ahuyentar cualquier tormento que nos inflija la vida o nos sugiera la muerte, sino que producirá en nosotros, además de una alegría continua y suprema, un excelente y eterno sentimiento de gloria.
Ese es el fin de la senda, encontrar una claridad a la que no nos conducen las estrellas del poeta, simples hierbas en el camino hacia sus sueños. Y descubrir que siempre estuvimos, sin saberlo, a un paso de la vida; pero de espaldas a ella, porque habíamos olvidado que por el corazón pasa el camino de vuelta.
[FD, 27/12/2007]
“Mi propósito es encontrar la verdad, no refutar a otro como si se tratara de un adversario.” CICERÓN
8 comentarios »
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December 30th, 2007 @ 3:08 am
Hola, saludos. “Algo eterno en nosotros que, por no haber nacido nunca, jamás perecerá”. ¿Cuál es el camino?, ¿puede ser “la atención sin elección” de la que habla Krishnamurti (entre otros): atender ecuánimemente a todos los contenidos de la conciencia? A esto es a lo más que llego. Si tú, con tu experiencia, puedes concretar un poco más, te lo agradecería.
December 31st, 2007 @ 12:59 pm
Hola, Jorge:
En efecto, la atención sin elección, es decir, sin deseos determinados que desvíen esa lectura atenta que debemos hacer, no tanto del contenido como del funcionamiento de nuestra conciencia, es el primer paso para adentrarnos, más allá de nuestra mente ordinaria, que es imaginación y memoria, hacia algo eterno que está en nosotros y que, como la misma naturaleza eterna de la que forma parte, ni nace ni muere.
Ese es el camino: prestar una atención constante y rigurosa, muy difícil de conseguir, para acostumbrarse a reflexionar y meditar desde el punto de vista de esa “perspectiva de eternidad” esencial que nos constituye. La meditación nos permitirá así ver el mundo y a nosotros mismos con el entendimiento infinito y eterno de Dios, que es la verdad misma, o sea, verdadera inteligencia y supremo amor.
En llegar a percibir nuestra íntima unión con el Eterno y sentirnos “atados por las amables cadenas de su amor” consiste la verdadera libertad, la auténtica felicidad y nuestra salvación verdadera. Todo lo demás, incluyendo la ciencia, la cultura y la política, sirven para hacer más habitable y más amable este mundo en que vivimos, cuando aprendemos a hacer de ellas un uso razonable.
El camino, de este modo, se convierte en método: comprender el poder y las propiedades del entendimiento, para ir captando las ideas verdaderas de todo cuanto nos afecta de veras. Esto hay que hacerlo paso a paso, con paciencia y perseverancia. Esperamos poder mostrarlo en este modesto blog, en un lenguaje accesible a todo el mundo, en cuanto acabemos de perfilar nuestro proyecto político democrático.
Un cordial saludo.
January 1st, 2008 @ 7:12 pm
[...] Comentario y respuesta en LA CONFUSIÓN POR LO ETERNO [...]
April 8th, 2008 @ 7:34 pm
No hallo reposo.
Tengo sed de infinito.
Mi alma languideciente aspira a las misteriosas lejanías.
Gran Más Allá, ¡qué profunda es la llamada de tu flauta!
Olvido siempre, siempre, que no tengo alas para volar, que estoy eternamente atado a la tierra.
Mi alma es ardiente y huye el sueño; soy un extraño en un país extraño.
Tú murmuras a mi oído una esperanza imposible.
Mi corazón conoce tu voz como si fuera suya.
Gran Desconocido, ¡qué profunda es la llamada de tu flauta!
Olvido siempre, siempre, que ignoro el camino, que no poseo un caballo alado.
No puedo hallar descanso; soy un extraño para mi propio corazón.
En la soleada niebla de las horas lánguidas, ¡qué grandiosa visión de Ti aparece en el azul del cielo!
Gran Arcano, ¡qué profunda es la llamada de tu flauta!
Olvido siempre, siempre, que están cerradas todas las puertas de esta casa en la que vivo solo.
Rabindranath Tagore. “El Jardinero”
January 1st, 2010 @ 1:14 am
Estimados contertulios,
Ni el derecho, ni las Constituciones, poseen otro significado que el de definir un marco de convivencia social. Y no podemos pretender que esa convivencia social permanezca estática. Es siempre DINÁMICA; se construye cada día, se innova y adapta en cada momento a la realidad social.
De la misma manera, el contenido de los Derechos Fundamentales tampoco es estático, sino que se encuentra siempre en movimiento; movimiento generado por la tensión entre fuerzas contrapuestas.
Cuando esas fuerzas apuntan, cada una, en su propia dirección, el Derecho impide -o eso intenta- que la sociedad se hunda en el caos. Y, en cada momento, predominará la fuerza dotada de mayor organización. Es la realidad.
En un mundo de ficción, regido por el “deber ser”, parecería sencillo (o al menos factible) alcanzar una convivencia social “estática”, regida por principios inmutables de orden constitucional. Sin embargo, en el mundo real, el “deber ser” no puede resultar ajeno a las tensiones creadoras de ese dinamismo constructor de la realidad inmediata.
El Derecho es acción. Es la acción del aplicador del derecho. Es la acción del ciudadano, sujeto/objeto de Derecho. Es una obra inmensa, siempre en construcción.
Por ello, el estudio del Derecho vigente, requiere el análisis de la realidad del momento histórico vivido. Será esa realidad la que, en cada instante, determine el estado de la convivencia social, y consecuentemente, el campo de actuación del Derecho y su dinámica.
A muchos no nos complace la realidad que nos ha tocado vivir. Por eso hemos de actuar para cambiarla, para mejorarla. Pero para ello, no podemos colocarnos en un plano ideal, abstracto, intangible. Al contrario, hay que situarse dentro de la realidad. Hay que enfrentarse a ella. Por duro que sea.
Y la realidad, muestra la decadencia de los Derechos Humanos. Muestra la vigencia/emergencia de nuevos valores. Valores individuales, insolidarios y egoístas. Nuevos valores sobre los que esta siendo construida la realidad. Y, consecuentemente, el Derecho, organizador de la convivencia social.
Son esos nuevos valores individuales, egoístas e insolidarios, los que están siendo incorporados a nuestra esfera jurídica. Y el Derecho los reconoce y hace suyos, “estatalizándolos”. Por medio de la acción legislativa, ejecutiva y judicial.
Percibo que, en nuestra lucha por los Derechos Fundamentales, nos centramos en lo “individual”, en un egoísta “que hay de lo mío”. Esa dispersión genera la desactivación de la fuerza que es propia de todo grupo cohesionado. La dispersa y debilita.
No construiremos un mundo mejor centrándonos en nuestros propios intereses. Al contrario, profundizaremos en la consolidación del egoísmo individualista como director de la organización de la convivencia, siempre “en movimiento”, siempre dinámica.
No se trata de defender nuestros derechos fundamentales, sino de defender Los Derechos Fundamentales. Con abstracción de nuestros propios problemas. Con solidaridad, que siempre es para con los demás. De otra forma, confundiremos solidaridad con egoísmo.
Y eso lo ha percibido magníficamente la Opinión Pública. Aunque a muchos nos duela reconocerlo. Por eso, la respuesta de los ciudadanos ante las agresiones de que son objeto los Derechos de “otros”, es de inhibición (“no es mi problema”).
La jurisprudencia de nuestros Tribunales de Justicia, como no podía ser de otra manera, ha venido haciendo suyos los postulados de esta nueva organización social, basada, insisto, en el egoísmo individualista, en la insolidaridad; en la feroz competencia entre individuos, que buscan, cada uno, la satisfacción de sus propios intereses.
Y es esta situación la que impide la unión, de la que habría de surgir la fuerza, la potencia constructora de una realidad “justa”.
En efecto, tal unión, basada en la individualidad de sus miembros, no puede tener como resultado una mayor potencia del grupo. Para ello es necesario que esa unión sea coincidente en su dirección, pues solo así las fuerzas individuales se suman para alcanzar una superior potencia.
Cuando, como es el caso, las fuerzas individuales tienen distintas direcciones, en lugar de sumarse unas a otras, se anulan entre sí; se disminuyen mutuamente.
¿Cual es la acción que puede dar coherencia, unidad y potencia a nuestros intereses individuales? Evidentemente, solo puede serlo la acción Solidaria.
Pero, ¿somos capaces de emprender esa acción solidaria? ¿Somos capaces de sacrificar a ella nuestros intereses individuales? Si no lo somos, nuestros esfuerzos, por grandes que puedan llegar a ser, están destinados al fracaso. Y ese fracaso, nos lleva a la decepción. Y nos hace impotentes. Infelices.
¿Queremos construir ese mundo basado en valores solidarios? Y, si es así, ¿que estamos dispuestos a sacrificar a tan noble causa? ¿Tenemos la humildad que la consecución de tan elevados fines exige? ¿O, en realidad nuestros deseos de una sociedad más justa solo son fruto de la vanidad?
¿Estamos dispuestos a poner nuestra potencia al servicio de todos, renunciando a dar satisfacción a nuestros deseos individuales? Si no es así, todos los esfuerzos serán inútiles. El Derecho seguirá construyéndose sobre la insolidaridad y el egoísmo.
Podemos culpar a otros de ello, pero ¿que de bueno lograremos así? Solo más infelicidad, solo mayores sentimientos de impotencia y frustración. No somos mejores que aquéllos a quienes criticamos. La única diferencia es que esos otros han tenido más éxito al imponer su individualidad.
Entramos en un nuevo año. Os deseo éxito al responderos a estas preguntas. Y, una vez respondidas, deseo que podáis ser coherentes con vuestras respuestas. O lo que es lo mismo, recibid mis mejores deseos de felicidad.
Jesús Díaz Formoso
January 1st, 2010 @ 1:41 am
Filosofía con Humor (¿buen humor?)
http://www.youtube.com:80/watch?v=3FazEJxiDfc
Gracias Xulia.
January 2nd, 2010 @ 10:09 pm
Estimado Jesús Díaz:
He editado tu comentario núm. 5, bajo este post, en Mundo Libre Digital, en la sección DERECHO Y JUSTICIA.
Gracias por tu aportación. Estoy totalmente de acuerdo con su contenido.
De todas maneras, me he permitido, apostillar tu magnífico artículo con una referencia a uno de los fragmentos de Tocqueville donde, además de señalar la enfermedad del individualismo insolidario, que tú mismo denuncias, y que ya empezó a infiltrar los tuétanos de Europa en el siglo XIX, receta también el remedio.
Un abrazo.
January 3rd, 2010 @ 12:49 am
Querido Jesús N., no dudaba de que coincidiríamos, aunque no creo haber innovado nada. Como señalas, hace más de un siglo que se viene hablando de ello.
En cualquier caso, la situación actual de la corrupción en nuestro país (mejor, en nuestro “entorno” global), es de una salud inmejorable.
No es que la corrupción sea meramente tolerada; es que ahora -y esa es, en mi opinión, la “novedad”- SE PERSIGUE A QUIEN LA DENUNCIA.
En fin, que mi felicitación para el año nuevo puede resultar amarga, pero creo que ello no obsta a su utilidad.
Recibe un fuerte y sentido abrazo.