EL PORVENIR DE LA INCREDULIDAD, por Roger Martin du Gard
“En todas partes las iglesias han debido renunciar al poder civil que ejercieron durante muchos siglos y que reforzaba hábilmente su poderío. Se han visto retirar uno a uno sus privilegios, y excluir sin piedad del dominio temporal. De hecho, puede decirse que ya no hay religiones nacionales: por doquier el Estado es laico, y afirma su neutralidad entre las creencias cuyos cultos tolera. La Iglesia católica, que pretende estar por encima de toda ley humana, no se ha dejado someter al derecho común sin viva resistencia. Sin embargo, ha debido capitular y volcar al dominio espiritual toda la influencia que aún conserva: última trinchera, cuyos cimientos, a pesar de todas las apariencias momentáneas, corroe activamente la marea que sube… Sólo ha podido durar tantos siglos adormeciendo, con sus mentiras, el alma asustada de los hombres, atenuando con promesas su temor a la muerte, y embotando su instinto de investigación con afirmaciones gratuitas e inverificables.”
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Todos los pueblos civilizados sufren actualmente la misma crisis religiosa: en todos los rincones del mundo donde la cultura, donde el pensamiento, tienen alguna autoridad, un mismo movimiento subleva la conciencia humana, una misma corriente de reflexión y de incredulidad rechaza las fábulas de las iglesias, un mismo ademán de manumisión repele la tutela dogmática de todos los dioses.
YA NO HAY RELIGIONES NACIONALES: POR DOQUIER EL ESTADO ES LAICO Y NEUTRAL FRENTE A LAS CREENCIAS CUYOS CULTOS TOLERA
Francia, que, por su equilibrio intelectual, su apetito de libertad, su necesidad de verificación positiva, es, desde hace doscientos años, el verdadero foco del pensamiento libre en el mundo, Francia parece haber dado la señal de ese movimiento. Italia, España, América del Sur, todos los países latinos donde dominaba el catolicismo, han seguido su ejemplo.
Una transformación paralela manifiestan los países protestantes: Inglaterra, Norteamérica, Sudáfrica. Y ese movimiento es tan general, que hoy alcanza los centros instruidos del Islam y del budismo, las partes civilizadas de África, de la India, y todo el Japón.
En todas partes las iglesias han debido renunciar al poder civil que ejercieron durante muchos siglos y que reforzaba hábilmente su poderío. Se han visto retirar uno a uno sus privilegios, y excluir sin piedad del dominio temporal.
De hecho, puede decirse que ya no hay religiones nacionales: por doquier el Estado es laico, y afirma su neutralidad entre las creencias cuyos cultos tolera.
Ese inmenso salto del pensamiento contra el bloque de las religiones es demasiado complejo para que se le estudie en detalle: pero he querido recordar que es universal, para que no caigáis en la tentación de considerar la evolución irreligiosa de nuestro país como un acontecimiento local y sin repercusión; se halla estrechamente vinculado al estremecimiento paralelo de todos los pueblos. […]
LA IGLESIA CATÓLICA, QUE SE CREE POR ENCIMA DE TODA LEY HUMANA, NO SE HA DEJADO SOMETER AL DERECHO SIN VIVA RESISTENCIA
La Iglesia católica, que pretende estar por encima de toda ley humana, no se ha dejado someter al derecho común sin viva resistencia. Sin embargo, ha debido capitular y volcar al dominio espiritual toda la influencia que aún conserva: última trinchera, cuyos cimientos, a pesar de todas las apariencias momentáneas, corroe activamente la marea que sube…
Pues la insuficiencia de la teodicea para satisfacer los espíritus actuales aumenta, en proporciones colosales, a medida que se suceden las generaciones: cada descubrimiento nuevo agrega invariablemente una objeción más a las afirmaciones dogmáticas de la religión, que, por el contrario, ya no recibe, desde hace tiempo, el menor refuerzo de los estudios contemporáneos.
En su lucha contra esa irresistible corriente, sólo habría para la Iglesia una probabilidad de salvación: evolucionar, para que sus fórmulas fueran aceptables a las conciencias modernas. Para ella es cuestión de vida o muerte. Si no se transforma, provocará infaliblemente, en pocas generaciones, una deserción general y definitiva.
Ahora bien: quisiera demostraros que es literalmente imposible que sus dogmas se modifiquen, por poco que sea. Quisiera mostraros que la Iglesia católica está condenada. Haga lo que haga, está fatalmente entregada a una disolución total, que desde ahora debemos considerar como inevitable, cuyo vencimiento casi podría fijarse.
Una doctrina filosófica puede evolucionar; está compuesta de pensamientos humanos, agrupados en un orden arbitrario y, por naturaleza, provisional.
EL CATOLICISMO ES PRISIONERO DE SUS DOGMAS, PUES NO PODRÍA EVOLUCIONAR SIN DESTRUIRSE A SÍ MISMO
Pero una religión revelada –cuyo punto de partida no está sujeto a corrección, sino que es perfecto desde su origen, inmutable por definición, como lo absoluto-, semejante religión no puede variar sin destruir a sí misma. Pues, para ella, enmendarse es reconocer que su fuente no está en Dios, que no hay revelación en su origen.
Tan evidente es esto, que la Iglesia no ha dejado de afirmar su inmutabilidad como prueba de su procedencia divina, y que, aun recientemente, el concilio de 1870 no ha vacilado en declarar: “La doctrina de la ley que Dios ha revelado no ha sido entregada como una invención filosófica a los perfeccionamientos humanos, sino que ha sido transmitida como un depósito divino” (Concilio del Vaticano, capítulo IV).
El catolicismo es, pues, prisionero de su principio esencial.
Pero vayamos más allá. Aun si le fuera posible hacer sin contradecirse alguna reforma en su doctrina, con eso sólo se aseguraría un sobreseimiento pasajero. He aquí por qué:
El más elemental resumen histórico sobre el desarrollo de las religiones nos muestra que todas ellas nacieron de la curiosidad del hombre en presencia del universo; el núcleo inicial es siempre el mismo: está constituido por las primeras e ingenuas explicaciones que el hombre pudo encontrar a los fenómenos naturales.
LA RELIGIÓN ES LA CIENCIA DE ANTAÑO, DESECADA, CONVERTIDA EN DOGMA
A tal punto, que podría simplificarse hasta decir: no ha habido, propiamente hablando religión primitiva; desde la humanidad balbuciente hasta nosotros, no hay más que una sola trama de pensamiento: la trama científica; rudimentaria al principio, se enriquece poco a poco.
Y lo que designamos con el vocablo religión, es una de las etapas de la investigación humana, la etapa de la afirmación deísta; es un simple minuto del esfuerzo científico, estúpidamente detenido y prolongado hasta nosotros por el temor a los sobrenatural; en una palabra: el hombre se ha mantenido en el engaño de las hipótesis místicas que él había esbozado para explicarse el mundo.
Esa cristalización accidental amortiguó durante varios siglos la marcha de la ciencia; y, por consiguiente, el movimiento científico fue netamente distinto del movimiento religioso.
Vuelvo a lo que os quería decir. La religión es la ciencia de antaño, desecada, convertida en dogma: sólo es la envoltura de una explicación científica superada desde hace tiempo. Al quedarse cuajada perdió su principio de vida; murió. Si, lo que no es muy probable, intentara hoy transformarse, alcanzar el progreso científico –que representa lo que ella debiera ser normalmente-, pues bien: no podría hacerlo.
Sólo ha podido durar tantos siglos adormeciendo, con sus mentiras, el alma asustada de los hombres, atenuando con promesas su temor a la muerte, y embotando su instinto de investigación con afirmaciones gratuitas e inverificables.
YA NO HAY LUGAR PARA LOS NUEVOS ÍDOLOS, Y LA CIENCIA NO PUEDE SER UNO DE ELLOS
El día en que renunciara a ese aparato que la hace semejante a una imaginería popular, no quedaría nada más del armazón que todavía le da, para algunos, cierta apariencia de vida. Pues el sentimiento religioso, sobre cuya existencia especuló desde su origen, no tiene equivalencia en los cerebros verdaderamente modernos; y sería gran error tomar por residuos de las creencias místicas de nuestros antepasados, la necesidad innata de comprender y de explicar, que es muy anterior a todo sentimentalismo religioso, y que hoy encuentra su amplia y completa satisfacción en el desarrollo científico de nuestro tiempo.
No parece, pues, dudoso que una religión dogmática como el catolicismo esté condenada sin remisión. La rigidez de sus fórmulas la hace cada vez más sospechosa a los espíritus que demasiado a menudo han experimentado la relatividad de sus conocimientos, para aceptar una doctrina que se proclama infalible e inmutable.
Por lo demás, el mal que la consume no viene sólo de fuera: una parálisis progresiva la invade y la hace inhábil para vivir entre nosotros.
No; la corriente actual está indiscutiblemente orientada hacia una sociedad sin Dios, hacia una concepción puramente científica del universo. […]
¿Qué será esa irreligión del porvenir? ¡Ay! ¿Quién pudiera entreverla y describirla?
Lo que puede afirmarse es que no será, en ningún grado, una religión científica. Se repite demasiado a menudo que los sabios son sacerdotes de un nuevo culto, que reemplaza una fe por otra… Puede que, en la desorientación actual, algunos de nosotros lleven, a la ciencia a la cual sirven, un residuo de religiosidad heredada y que no se emplea. No le demos importancia. De hecho ya no hay lugar para nuevos ídolos, y la ciencia no puede ser uno; pues la inteligencia es negativa, y ésta es una comprobación a la que habrán de resignarse las más exaltadas imaginaciones.
LOS ESPÍRITUS Y LOS CORAZONES SE UNIRÁN SOBRE EL TERRENO DE LA SOLIDARIDAD SOCIAL Y EL CONOCIMIENTO CIENTÍFICO
Creo que la unión de los espíritus y de los corazones, aún extraviados, no ha de tardar; y que se hará, por un lado, sobre el terreno de la solidaridad social, y por el otro, sobre el terreno del conocimiento científico. Entreveo la posibilidad de leyes morales, basadas en el análisis del individuo y de las relaciones con lo que lo rodea.
El corazón saldrá beneficiado, porque semejante orientación deja la instinto altruista su pleno desarrollo: frente a una naturaleza indiferente y que lo supera, el hombre parece tener la necesidad de asociarse; y de esa necesidad nacen obligaciones morales. Imagino fácilmente que esos deberes, reglados por la atracción de unos sobre otros, puedan establecer, por un tiempo, un buen equilibrio social.
Pronósticos vagos, simples juegos del espíritu… ¡Ya lo sé! Pero los tiempos nuevos no tienen profetas…
Lo que es indudable es que el terreno de reunión ya no será metafísico. En todo necesitamos ahora una base experimental. A las religiones que afirmaban conocer el sentido del universo, sucederá sin duda una filosofía positiva y neutral, alimentada sin cesar por los descubrimientos científicos, esencialmente móvil, transitoria, modelada sobre los movimientos de la reflexión humana. Puede preverse, en consecuencia, que no dejará de ensanchar su horizonte, y mucho más allá de las concepciones restringidas a las cuales debemos actualmente limitar nuestra vista.
¡Fijaos cuán mezquino e incompleto nos parece ya el materialismo sentimental de hace cincuenta años! El nuestro, más científico, tiende ya a elevarse por encima de las visiones que satisfacían a nuestros padres; el siguiente se alejará todavía más. El pensamiento lleva su investigación de lleno a lo desconocido; creo que ya poseemos algunos buenos métodos de investigación…
Pero, ¡qué lejos estamos de poder adivinar hasta qué nuevos aspectos de la realidad nos lleva nuestro impulso!
* * *
ROGER MARTIN DU GARD, Premio Nobel 1937. Jean Barois, Alianza Editorial, 1973. [FD, 03/02/2008]
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February 3rd, 2010 @ 7:02 pm
Valiente texto el seleccionado por usted en esta ocasión, Sr Nava.
La manumisión del ciudadano respecto de la superstición, que nubla la inteligencia y la razón, ya fue demanda de Spinoza para fundar un verdadero estado democrático. Pero, efectivamente, no toda la religión es superstición, sino solo aquella parte que esclaviza a la razón. La otra parte, la que no subyuga, abre al ser humano a otra dimensión que lo enriquece y lo trasciende. Nadie debe tener autoridad sobre esa parte, sino la propia conciencia del individuo y por ello no se puede sustentar sobre la misma ninguna institución ni ninguna iglesia.
Si la fe retrocede al contacto con la razón y aquella no es solar adecuado para cimentar ninguna iglesia, las bases del catolicismo pierden solidez.
Para mí fue muy significativo descubrir, después de una educación “tradicional” y “católica”, como los orígenes del catolicismo fueron vulgarmente políticos: Constantino, el concilio de Nicea etc. Que los textos sagrados son una selección interesada y contingente, y que era muy difícil encontrar nadie que entendiera el símbolo de la fe que todos los domingos recitábamos en la iglesia. Aún sentía como más difícil de aceptar, la cantidad de dolor causado históricamente de modo tan irracional por una institución pretendidamente santa: Galileo, Bruno, Servet, cataros, judíos, inquisición, congregación para la doctrina y la fe, Küng, etc.
Sostengo la convicción personal, que pese a las buenas obras realizadas por los católicos y las que hoy en día aun hacen, el balance es claramente negativo y albergo la duda que si el cristianismo no se hubiera institucionalizado y politizado Europa sería una mejor realidad que la que es en la actualidad. Quizás lo más estremecedor es adivinar como las personas que dentro del catolicismo han profundizado por la senda de la fe hacia una entrega total e incluso el misticismo, tarde o temprano se ha dado de bruces con la inconsecuencia, padeciendo profundas dudas y depresiones: Teresa de Calcuta, Teresa de Jesus, y mil santos más.
Ciertamente el catolicismo está fuertemente enraizado en nuestra sociedad. Es difícil sustraerse a todo bautismo, comunión, misa, boda o devoción, pero no menos cierto es que estas prácticas pierden por momentos su sentido. La inmensa mayoría de las personas no saben dar cuenta ortodoxa de estos sacramentos y si lo supieran quizás no se atreverían a recibirlos so pena de falsearlos. Así pues el catolicismo se ha convertido en un enorme cascaron huero.
Hans Kolvenbach, anterior papa negro, general de los jesuitas, tiene dicho: “Pero ser don implica también —como lo demuestran ampliamente la vida y la muerte de tantas familias religiosas— que en un momento determinado la Iglesia necesite otros dones. La desaparición de esta o de aquella familia religiosa seguirá siendo siempre para nosotros un hecho doloroso y misterioso que sólo cobra sentido en el misterio pascual, que siempre alumbrará a los hombres y mujeres que siguen al Señor más de cerca”. Solo hay que extrapolar esta idea y buscarla el sentido profundo, para concluir con Martin du Gard, que el “dogma” desaparecerá.
Pero no veo en ello preocupación. Lo importante no son los dogmas sino las actitudes y estas se manifestaran más libremente sin aquellos. Por ello, tras las premoniciones de du Gard, renacerá una espiritualidad más vital y sincera. Al menos eso creo.
Apostemos por ese ignoto impulso nuestro a que se refiere el autor y que no es sino el CONATUS de Spinoza.
Teilhard
February 4th, 2010 @ 4:08 am
[...] sino las actitudes, y estas se manifestaran más libremente sin aquellos. Por ello, tras las premoniciones de du Gard, renacerá una espiritualidad más vital y sincera. Al menos eso [...]