LA DEMOCRACIA EN LOS TIEMPOS MODERNOS, por Jesús Nava
-Comentario-
Vamos por partes: yo lucho también por la igualdad de mil maneras; nuestro movimiento habla de la igualdad en el punto uno de su declaración de principios y valores: “I. Porque los seres humanos no nacen iguales en capacidad física y mental, ni en condición social, la Sociedad y el Estado deben garantizar la igualdad de derechos y de oportunidades.”
Pero, repito, hoy en día no hay ningún pensamiento, corriente, ideología, filosofía o teoría que me garantice que todos los hombres vamos a ser iguales. Los hombres, como dice nuestro primer principio, somos todos distintos desde que nacemos, y no voy a estar yo nunca en contra de que se luche por la igualdad desde la perspectiva que quieras. Pero eso es muy distinto a que alguien presente una Teoría que haga eso posible. Los intentos anteriores por conseguir esa igualdad (comunismo, totalitarismos…), como sabes, la historia demuestra que han fracasado, y de manera estrepitosa.
Te lo vuelvo a repetir, ¿conoces tú la manera de conseguir esa igualdad, fundamentándola en una Teoría?… nosotros no. Lo que si tenemos es la Teoría para conseguir la libertad de todos, y por eso no podemos incluir en nuestra Teoría de la democracia la lucha por la igualdad, PORQUE HOY EN DÍA NO HAY NADIE EN EL PLANETA CAPAZ DE CONSEGUIR AUNAR EN UNA TEORÍA LIBERTAD E IGUALDAD.
Porque dices que la igualdad se puede garantizar por ley, ¿qué ley?, ¿cual es su enunciado? La ley actual dice que todos los españoles somos iguales (hace gracia, pero lo dice); la que ustedes proponen ¿es distinta? Piensas que todos seremos iguales porque lo ponga en un papel. En este punto es donde quiero que me especifiques cual es vuestra postura, y te vuelvo a repetir: me encantaría que me dijeses qué ley es esa que defiendes y cuales son los mecanismos para garantizar la igualdad… soy todo oídos.
-Respuesta-
Verás, el principio que citas es de una contradicción absoluta. Si los seres humanos no son sustancialmente iguales, por naturaleza, ni nacen con los mismos derechos inherentes e inalienables, entre los que se cuenta el derecho natural a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad, ¿por qué la Sociedad y el Estado deberían garantizar la igualdad de derechos y de oportunidades? ¿No estarían obrando contra natura? “Ya que quien pretende establecer una igualdad entre cosas desiguales, se empeña en algo absurdo” (Spinoza, Tratado Político).
La contradicción radica en que el autor pretende extraer, para la Sociedad y el Estado, un imperativo categórico (la sociedad debe igualar a los hombres en derechos) a partir de un principio metafísico falso (que no son iguales). Pero, en una buena ontología, la Naturaleza inmanente es la misma en todos y no admite jerarquías, aunque cada existencia concreta esté dotada de distinta potencia para expresar, de un modo finito, una forma determinada del Ser infinito. Sí, aunque te extrañe, la política y la ética se apoyan en una metafísica. Y cuando se oculta es casi siempre por motivos inconfesables:
“Una política sin ontología es digna de toda sospecha, porque se reduce a técnica de poder y se convierte en mero brazo ejecutor de quién sabe qué principios metafísicos ocultos. Hay una relación fundamental entre la filosofía primera y la política, y es importante mostrar que dependiendo de cómo se piense aquella se seguirán modos muy distintos de pensar y de hacer política. La propuesta inmanentista de Spinoza plantea un abordaje de lo político donde lo primordial es cómo ser libre y cómo efectuar la potencia de los hombres en las mejores condiciones. Todos los hombres valen lo mismo desde el punto de vista del Ser, no hay jerarquía posible en esta ontología que, aplicada al dominio de lo político, hace tambalear las clásicas legitimaciones de la servidumbre y produce un cambio en las prioridades. La subversión de la metafísica es subversión de la política, subversión constructiva y principio del fin de la servidumbre“ (Enrique Álvarez Asiaín).
No hace falta, pues, ser tan rebuscado ni inconsistente. La Declaración de Independencia de Jefferson me parece mucho mejor fundada: “Tenemos las siguientes verdades por evidentes en sí mismas: todos los hombres son creados iguales; que su creador les ha otorgado derechos inherentes e inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; que para garantizar estos derechos se instituyen entre los hombres gobiernos cuyos poderes legítimos emanan del consentimiento de los gobernados; que cuando una forma cualquiera de gobierno pone en peligro esos fines, el pueblo tiene derecho a alterarla o abolirla y a instituir nuevo gobierno, fundamentándolo en los principios, y organizando sus poderes en la forma que, a su juicio, le ofrezcan más posibilidades de alcanzar su seguridad y felicidad”.
Ahí tienes, expresadas en pocas palabras, las respuestas a tus preguntas. El derecho positivo es la garantía del derecho natural, y la garantía para los derechos iguales de todos, incluyendo, por supuesto, el de la libertad, descansa en un gobierno cuya legitimidad emana de la voluntad y consentimiento de los gobernados, principio establecido, por derecho y de hecho, únicamente en una república democrática donde el pueblo es soberano, y los pobres legislan y juzgan. Y donde, además, el ejecutivo, aunque separado, esté subordinado al legislativo.
No hace falta ninguna teoría científica (¡qué horror!) para conseguir que la humanidad pueda alcanzar toda la felicidad de que sea capaz. Ya tenemos experiencia histórica suficiente, tanto sobre caminos sin salida como de puertas abiertas al éxito. Basta con una democracia participativa y deliberativa en la base, en la que se pueda injertar, siguiendo el mismo principio -tanto en el nivel nacional, como el continental o el mundial-, un sistema representativo controlado de cerca por los ciudadanos. A fuerza de deliberar, acabaremos dando con salidas a nuestros problemas locales y mundiales en las que nadie había pensado antes y, guiados por la razón común, encontraremos juntos el modo de hacer libremente lo mejor.
Ni yo me he apoderado, como dices, del significado de la palabra democracia, sino tu mentor político, que se atreve a sentenciar, dogmáticamente, que su “república constitucional” es la democracia. Yo sigo usando el término en el mismo sentido que Montesquieu, Tocqueville o Jefferson, ¿qué digo?, en el sentido mismo que le dio Aristóteles, poco sospechoso de demócrata: “A saber: un régimen político de clase, como todos en última instancia, en el que los muchos pobres libres gobernaban, es decir, controlaban los enormes recursos del Estado para defender políticamente sus intereses sociales y económicos.” (Andrés de Francisco).
Dices que mi idea de democracia es ideológica, y tienes razón, si por ideología se entiende una visión justa, humana y razonable, aunque falible y perfectible, del hombre en sociedad. Pero la teoría política de tu maestro es ideológica en el peor sentido del término; pues, al divorciar la igualdad de condiciones sociales y económicas de la igualdad de derechos y oportunidades, apuesta por una democracia formal o burguesa, donde los muchos pobres y asalariados, sin libertad real, seguirán exprimidos por las oligarquías empresariales, financieras y políticas. Eso sí con “libertad para elegir y deponer a sus gobernantes” (sic). ¡Menuda liberación!
Conozco a un aristócrata en cuanto se atreve a hablar de la gente sencilla. Y cuando afirma que el pueblo no ha sido ni será jamás soberano, sé que ese es su deseo íntimo; y cuando dice que el autogobierno del pueblo es demagógico, es porque lo teme. Pero, dejemos que el pueblo ejerza su soberanía y veremos si no lo hace mejor que esa pretendida élite republicana de tu gurú, pues, como puntualiza A. de Francisco, “la democracia les dio a los pobres más cosas aparte de la palabra. Les abrió asimismo el acceso a las magistraturas y así, ejerciendo el poder ejecutivo, tuvieron la oportunidad de acumular experiencia política, de ensayar y errar, de aprender, de ganar en prudencia. Les dio la posibilidad de gobernar y ser gobernados por turno, como hombres libres. Pero no les hizo propietarios.”
La democracia que yo defiendo, en cambio, les haría igualmente copropietarios o usufructuarios de los medios de subsistencia básicos (suelo, vivienda, etc.), coadministradores de todos los bienes de propiedad pública o común, y copartícipes en la gestión de las grandes empresas. Las máquinas y los robots, en justicia, no deben servir para enriquecer a unos pocos, sino para reducir progresivamente la jornada laboral, y descargar a todos los trabajadores de tareas penosas, ingratas, insalubres y humillantes.
En una verdadera democracia todos seremos servidores y todos seremos señores. O para que se me entienda mejor: seremos iguales. Igualmente libres, igualmente felices e igualmente… diferentes. Diferentes en raza, sexo y talento, pero iguales en derechos políticos y sociales. Porque la verdadera democracia, la democracia completa o total, no consiste en un igualitarismo castrador -donde todos son nivelados por un mismo rasero de mínimos-, ni en un colectivismo gregario -donde el hombre indiferenciado se convierta en masa-, sino en un individualismo bien entendido, en que el libre desarrollo de cada uno sea la condición del libre desarrollo de todos.
La soberanía del pueblo y la democracia social fueron un hecho en la América de los pioneros (Tocqueville y Santayana). Para que pueblos como el nuestro pudieran alcanzarlos bastaría con que lo desearan. Pero “los hombres marchan por dos caminos distintos hacia la servidumbre: El amor al bienestar los induce a desentenderse del gobierno y los somete a una dependencia cada vez mayor de los gobernantes” (Tocqueville).
He ahí el verdadero desafío para los demócratas: cómo sacar a nuestro pueblo de la servidumbre. Porque, en última instancia, la libertad y la igualdad sólo pueden sustentarse en la voluntad de un pueblo dispuesto a autogobernarse. Reducir la libertad política a elegir y deponer a nuestros gobernantes, en un pueblo acostumbrado a la esclavitud, es una broma de mal gusto. Insisto.
Elaborar teorías sólo sirve para justificar la propia inacción e indecisión. Las teorías puras no son más que puras teorías y, en algunos intelectuales, una simple manía.
Un cordial saludo.
Blog de la ALCD, 24/02/2008.
Comentario y respuesta en LIBERTAD ¿PARA QUIÉN?
2 comentarios »
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May 15th, 2009 @ 8:10 am
“Porque, en última instancia, la libertad y la igualdad sólo pueden sustentarse en la voluntad de un pueblo dispuesto a autogobernarse.” Jesús Nava
Las personas con un mínimo entendimiento se dan cuenta de que los políticos lo único que han hecho es labrarse una carrera personal llena de corrupciones y privilegios personales, pero muy lejos de servir a la sociedad que les mantiene. Por lo tanto, se preguntan: ¿cómo se gestiona una sociedad sin políticos ni dictadores? ¿Dónde y cómo aprendemos a autogobernarnos sin líderes de ningún tipo? ¿Es necesario ser muy inteligente o tener una formación superior para ello, o basta con tener la voluntad colectiva de hacerlo?
May 15th, 2009 @ 5:47 pm
Es para mí un placer intentar responder a tus preguntas, Mª Dolores, porque son siempre inteligentes y benevolentes, y porque, además, si no tengo las respuestas, me obligas a buscarlas.
En este caso, creo sinceramente que la respuesta a las tres cuestiones que planteas es DEMOCRACIA. ¿Cómo se gestiona una sociedad sin políticos ni dictadores? Mediante la democracia. ¿Dónde y cómo aprendemos a autogobernarnos sin líderes de ningún tipo? Ejerciendo los derechos y deberes democráticos. ¿Es necesario ser muy inteligente o tener una formación superior para ello, o basta con tener la voluntad colectiva de hacerlo? La sabiduría democrática o entendimiento común, y la voluntad colectiva o deseos comunes, son una base suficientemente firme para edificar una sociedad en libertad y concordia.
Pero si me preguntas cómo se puede conseguir despertar a una nación dormida y motivarla para que desee la libertad y el autogobierno, te diré, como Spinoza, que “no es fácil verlo”, hasta el punto de que muchos han desistido incluso de intentarlo.
Voy a iniciar una nueva sección, que tal vez titule LA ULTIMA PALABRA, inspirada en un aforismo de Tagore, donde quiero ir recopilando las preguntas eternas en que he estado trabajando desde mi juventud y las conclusiones provisionales a que he ido llegando desde que inicié FD, hace poco más de tres años.
Porque, sin juramento se me podrá creer que, más que un “encontrador”, me considero ante todo un “buscador” de respuestas. Y seguro que sabes tan bien como yo cuán arduo trabajo es ese de pensar para saber. Pues, a la dificultad de los asuntos se une el hecho fatal de que el entendimiento no tiene memoria, por lo que, por muy hábiles cazadores que seamos, más de un pájaro se nos escapa volando.
Un cordial saludo.