LA ALEGRÍA DE VIVIR EN LA CERTEZA, por André Comte-Sponville
“El verdadero sabio no tiene nada que realizar: su vida no le importa ni más ni menos que la de otro. Se contenta con vivirla, y encuentra en ello verdadero contento, que es la única sabiduría verdadera. La sabiduría, la verdadera sabiduría, no es un seguro a todo riesgo, ni una panacea, ni una obra de arte. Es el reposo, pero alegre y libre, en la verdad. ¿Es un saber? Desde luego. Pero un saber vivir. Se puede reconocer en una cierta serenidad, pero todavía más en una cierta alegría, una cierta libertad, una cierta eternidad y un cierto amor… Sabio es quien no tiene necesidad, para ser feliz, de mentirse, ni de contarse cuentos, ni siquiera de tener suerte. Se diría que se basta a sí mismo, y por eso es libre. Pero la verdad es que se basta con todo, o que todo le basta. Eso le distingue del ignorante, para quien todo no es nunca suficiente. Porque el ignorante quiere tomar, poseer y conservar, mientras que el sabio se contenta con conocer, gustar y alegrarse.”
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Sabiduría es el ideal de una vida lograda: no porque uno hubiera triunfado en la vida, lo que sería arribismo, sino porque habría realizado su propia vida. Es, desde los griegos, la finalidad de la filosofía. Sin embargo, sólo es un ideal, del que también importa liberarse.
El verdadero sabio no tiene nada que realizar: su vida no le importa ni más ni menos que la de otro. Se contenta con vivirla, y encuentra en ello verdadero contento, que es la única sabiduría verdadera. “Por mí, amo la vida”, decía Montaigne. Por eso era sabio: porque no esperaba a que la vida fuera amable (fácil, agradable, lograda…) para amarla.
¿Cuestión de temperamento? ¿Cuestión de doctrina? Sin duda, un poco de los dos. Uno está más o menos dotado para la vida, uno es más o menos sabio; los que están menos dotados tienen más necesidad de filosofar (de eso sé algo). Pero nadie es absolutamente sabio, ni enteramente: todos tienen necesidad de filosofar, aunque no fuera más que para desprenderse de la propia filosofía.
¿Y de la sabiduría? Por supuesto: sólo se alcanza a condición de dejar de creer en ella. Un coágulo o un virus son suficientes para volver demente al hombre más sabio del mundo. O una pena más fuerte que las otras y que su sabiduría. Lo sabe, y de antemano lo acepta. Sus fracasos no son menos ciertos que sus éxitos. ¿Por qué habrían de ser menos sabios?
La sabiduría, la verdadera sabiduría, no es un seguro a todo riesgo, ni una panacea, ni una obra de arte. Es el reposo, pero alegre y libre, en la verdad. ¿Es un saber? Éste es, en efecto, el sentido de la palabra, tanto entre los griegos (sophia) como entre los latinos (sapientia). Pero es un saber muy particular. “La sabiduría no puede ser ni una ciencia ni una técnica”, decía Aristóteles: se fundamenta menos en lo que es verdadero o eficaz que en lo que es bueno, para sí y para los demás. ¿Un saber? Desde luego. Pero un saber vivir.
Los griegos distinguían la sabiduría teórica o contemplativa (sophia) de la sabiduría práctica (phrónesis). Pero ambas son inseparables o, mejor dicho, la verdadera sabiduría sería su conjunción. Se puede reconocer en una cierta serenidad, pero todavía más en una cierta alegría, una cierta libertad, una cierta eternidad (el sabio vive en el presente: siente y experimenta, como decía Spinoza, que es eterno) y un cierto amor… “De todos los bienes que la sabiduría nos procura para la felicidad de la vida entera -subrayaba Epicuro-, la amistad es con mucho el mayor” (Máximas capitales, XXII).
Porque el amor propio ha dejado de ser un obstáculo. Porque la mentira ha dejado de ser un obstáculo. Ya sólo queda la alegría de conocer. Ya sólo queda el amor y la verdad. Por eso todos tenemos nuestros momentos de sabiduría, cuando el amor y la verdad nos bastan. Y de locura, cuando nos desgarran y nos faltan.
La verdadera sabiduría no es un ideal, sino un estado, siempre aproximado, siempre inestable (sólo es eterno, como el amor, mientras dura), una experiencia y un acto. No es un absoluto, a pesar de los estoicos (se es más o menos sabio), sino un máximo (y, en cuanto tal, relativo): es el máximo de felicidad, es el máximo de lucidez. Depende de la situación de tal o cual, de las capacidades de tal o cual (la sabiduría no es la misma en Auschwitz o en París, para Etty Hillesum o para Cavaillès), en suma, del estado del mundo.
No es un absoluto, sino la manera, siempre relativa, de habitar lo real, que es el único absoluto verdadero. Esta sabiduría vale más que todos los libros que se han escrito sobre ella, y que amenazan con alejarnos de ella. A cada cual le corresponde inventar la suya. “Aunque podamos ser eruditos con el saber ajeno -decía Montaigne-, sólo podemos ser sabios con nuestra propia sabiduría” (Ensayos, I, 25).
Sabio es quien no tiene necesidad, para ser feliz, de mentirse, ni de contarse cuentos, ni siquiera de tener suerte. Se diría que se basta a sí mismo, y por eso es libre. Pero la verdad es que se basta con todo, o que todo le basta. Eso le distingue del ignorante, para quien todo no es nunca suficiente.
Porque el ignorante quiere tomar, poseer y conservar, mientras que el sabio se contenta con conocer, gustar (sapere, de donde procede sapiens, es tener gusto) y alegrarse. Es menos un científico que un conocedor. Menos un experto que un amateur (en el doble sentido del término: el que ama y el que no es profesional). Menos un propietario que un hombre libre (el jivan mukta de los orientales: el liberado viviente).
El sabio no tiene amo, pero tampoco dominio, salvo sobre sí mismo; no tiene Iglesia, ni pertenencia, ni apegos, ni adhesiones (no posee lo que ama, ni es poseído por ello). Ni siquiera su felicidad le pertenece: es sólo un poco de alegría en la tempestad del mundo. Se ha desprendido de sí mismo y de todo.
Por eso es quizá feliz: porque no tiene necesidad de serlo. Y sabio: porque no cree ya en la sabiduría.
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ANDRÉ COMTE-SPONVILLE, Diccionario Filosófico. Definiciones de sabiduría y sabio. Editorial Paidós Ibérica, 2003. [FD, 08/04/2008]
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April 10th, 2008 @ 4:14 pm
¡Me ha gustado este texto! ¡Acertadas definiciones! Me confirma ciertas ideas que han ido ocupando asiento en mi últimamente. Pero hay algo en lo que no estoy de acuerdo, y es en eso de que los que están menos dotados para la vida tienen más necesidad de filosofar. No, no, no lo creo. En realidad creo que los que tienen más necesidad de filosofar, saben saborear mejor la vida en todas sus dimensiones, en lo bueno y en lo malo. No creo para nada, como esa frase parece reflejar, que alguien a quien le gusta filosofar sea un personaje incapaz o adinámico con la vida. ¡Muy al contrario!. Y podría poner unos cuantos ejemplos de ello.
July 19th, 2008 @ 10:24 pm
Sabiduría es, sin duda, el inicio y el término del amor; es decir, un sinfín, círculo infinito, procesos en los cuales absorbemos conocimiento de mi ser, de otros seres de todo lo perceptible y lo no perceptible, aspectos cognitivos, espirituales, éticos, etc., del cual nos desprendemos, para hacernos libres, sin matices; sin embargo, si no vivimos un todo, no somos nada.