LOS LIBERALES RENEGADOS, por George Orwell
“Cuando en estos momentos se pide libertad de expresión, de hecho no se pide auténtica libertad. Estoy de acuerdo en que siempre habrá o deberá haber un cierto grado de censura mientras perduren las sociedades organizadas. Pero ‘libertad’, como dice Rosa Luxemburg, es ‘libertad para los demás’. Idéntico principio contienen las palabras de Voltaire: ‘Detesto lo que dices, pero defendería hasta la muerte tu derecho a decirlo’. Conozco muy bien las razones por la que los intelectuales de nuestro país demuestran su pusilanimidad y su deshonestidad; conozco por experiencia los argumentos con los que pretenden justificarse a sí mismos. Pero, por eso mismo, sería mejor que cesaran en sus desatinos intentando defender la libertad contra el fascismo. Si la libertad significa algo, es el derecho a decirles a los demás lo que no quieren oír. En la actualidad, los liberales le tienen miedo a la libertad y los intelectuales no vacilan en mancillar la inteligencia.”
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Estoy seguro de que la reacción que provocará mi libro en la mayoría de los intelectuales ingleses será muy simple: “No debió ser publicado”. Naturalmente, estos críticos, muy expertos en el arte de difamar, no lo atacarán en el terreno político, sino en el intelectual. Dirán que es un libro estúpido y tonto y que su edición no ha sido más que un despilfarro de papel. Y yo digo que esto puede ser verdad, pero no “toda la verdad” del asunto. No se puede afirmar que un libro no debe ser editado tan sólo porque sea malo. Después de todo, cada día se imprimen cientos de páginas de basura y nadie le da importancia.
EN ESTOS MOMENTOS NO SE PIDE AUTÉNTICA LIBERTAD, PUES ÉSTA ES, ANTE TODO, LIBERTAD PARA LOS DEMÁS.
La intelligentsia británica, al menos en su mayor parte, criticará este libro porque en él se calumnia a su líder y con ello se perjudica la causa del progreso. Si se tratara del caso inverso, nada tendrían que decir aunque sus defectos literarios fueran diez veces más patentes. Por ejemplo, el éxito de las ediciones del Left Book Club durante cinco años demuestra cuán tolerante se puede llegar a ser en cuanto a la chabacanería y a la mala literatura que se edita, siempre y cuando diga lo que ellos quieren oír.
El tema que se debate aquí es muy sencillo: ¿Merece ser escuchado todo tipo de opinión, por impopular que sea? Plantead esta pregunta en estos términos y casi todos los ingleses sentirán que su deber es responder: “Sí”. Pero dadle una forma concreta y preguntad: ¿Qué os parece si atacamos a Stalin? ¿Tenemos derecho a ser oídos? Y la respuesta más natural será: “No”. En este caso, la pregunta representa un desafío a la opinión ortodoxa reinante y, en consecuencia, el principio de libertad de expresión entra en crisis.
De todo ello resulta que, cuando en estos momentos se pide libertad de expresión, de hecho no se pide auténtica libertad. Estoy de acuerdo en que siempre habrá o deberá haber un cierto grado de censura mientras perduren las sociedades organizadas. Pero “libertad”, como dice Rosa Luxemburg, es “libertad para los demás”. Idéntico principio contienen las palabras de Voltaire: “Detesto lo que dices, pero defendería hasta la muerte tu derecho a decirlo”.
Si la libertad intelectual ha sido sin duda alguna uno de los principios básicos de la civilización occidental, o no significa nada o significa que cada uno debe tener pleno derecho a decir y a imprimir lo que él cree que es la verdad, siempre que ello no impida que el resto de la comunidad tenga la posibilidad de expresarse por los mismos inequívocos caminos.
Tanto la democracia capitalista como las versiones occidentales del socialismo han garantizado hasta hace poco aquellos principios. Nuestro gobierno hace grandes demostraciones de ello. La gente de la calle -en parte quizá porque no está suficientemente imbuida de estas ideas hasta el punto de hacerse intolerante en su defensa- sigue pensando vagamente aquello de: “Supongo que cada cual tiene derecho a exponer su propia opinión”. Por ello incumbe principalmente a la intelectualidad científica y literaria el papel de guardián de esa libertad que está empezando a ser menospreciada en la teoría y en la práctica.
Uno de los fenómenos más peculiares de nuestro tiempo es el que ofrece el liberal renegado. Los marxistas claman a los cuatro vientos que la “libertad burguesa” es una ilusión, mientras una creencia muy extendida actualmente argumenta diciendo que la única manera de defender la libertad es por medio de métodos totalitarios. Si uno ama la democracia, prosigue esta argumentación, hay que aplastar a los enemigos sin que importen los medios utilizados.
¿Y quiénes son estos enemigos? Parece que no sólo son quienes la atacan abierta y concienzudamente, sino también aquellos que “objetivamente” la perjudican propalando doctrinas erróneas. En otras palabras: defendiendo la democracia acarrean la destrucción de todo pensamiento independiente. Éste fue el caso de los que pretendieron justificar las purgas rusas. Hasta el más ardiente rusófilo tuvo dificultades para creer que todas las víctimas fueran culpables de los cargos que se les imputaban. Pero el hecho de haber sostenido opiniones heterodoxas representaba un perjuicio para el régimen y, por consiguiente, la masacre fue un hecho tan normal como las falsas acusaciones de que fueron víctimas.
TODOS LOS QUE APOYAN LOS MÉTODOS TOTALITARIOS NO SE DAN CUENTA DE QUE ALGÚN DÍA ESOS MÉTODOS SERÁN USADOS CONTRA ELLOS
Estos mismos argumentos se esgrimieron para justificar las falsedades lanzadas por la prensa de izquierdas acerca de los trotskistas y otros grupos republicanos durante la Guerra Civil española. Y la misma historia se repitió para criticar abiertamente al habeas corpus concedido a Mosley cuando fue puesto en libertad en 1943. Todos los que sostienen esta postura no se dan cuenta de que, al apoyar los métodos totalitarios, llegará un momento en que estos métodos serán usados “contra” ellos y no “por” ellos. Haced una costumbre del encarcelamiento de fascistas sin juicio previo y tal vez este proceso no se limite sólo a los fascistas.
Poco después de que la Daily Worker le fuera levantada la suspensión, hablé en un College del sur de Londres. El auditorio estaba formado por trabajadores y profesionales de la baja clase media, poco más o menos el mismo tipo de público que frecuentaba las reuniones del Left Book Club.
Mi conferencia trataba de la libertad de prensa y, al término de la misma y ante mi asombro, se levantaron varios espectadores para preguntarme “si en mi opinión había sido un error levantar la prohibición que impedía la publicación del Daily Worker“. Hube de preguntarles el porqué y todos dijeron que “era un periódico de dudosa lealtad y por tanto no debía tolerarse su publicación en tiempo de guerra”. El caso es que me encontré defendiendo al periódico que más de una vez se había salido de sus casillas para atacarme. ¿Dónde habían aprendido aquellas gentes puntos de vista tan totalitarios? Con toda seguridad debieron aprenderlos de los mismos comunistas.
La tolerancia y la honradez intelectual están muy arraigadas en Inglaterra, pero no son indestructibles y si siguen manteniéndose es, en buena parte, con gran esfuerzo. El resultado de predicar doctrinas totalitarias es que lleva a los pueblos libres a confundir lo que es peligroso y lo que no lo es.
El caso de Mosley es, a este efecto, muy ilustrativo. En 1940 era totalmente lógico internarlo, tanto si era culpable como si no lo era. Estábamos entonces luchando por nuestra propia existencia y no podíamos tolerar que un posible colaboracionista anduviera suelto. En cambio, mantenerlo encarcelado en 1943, sin que mediara proceso alguno, era un verdadero ultraje.
La aquiescencia general al aceptar este hecho fue un mal síntoma, aunque es cierto que la agitación contra la liberación de Mosley fue en gran parte ficticia y, en menor parte, manifestación de otros motivos de descontento. ¡Sin embargo, cuán evidente resulta, en el actual deslizamiento hacia los sistemas fascistas, la huella de los antifascismos de los últimos diez años y la falta de escrúpulos por ellos acuñada!
Es importante constatar que la corriente rusófila es sólo un síntoma del debilitamiento general de la tradición liberal. Si el Ministerio de Información hubiera vetado definitivamente la publicación de este libro, la mayoría de los intelectuales no hubiera visto nada inquietante en todo ello. La lealtad exenta de toda crítica hacia la URSS pasa a convertirse en ortodoxia, y, donde quiera que estén en juego los intereses soviéticos, están no sólo dispuestos a tolerar la censura sino a falsificar deliberadamente la Historia.
LOS LIBERALES LE TIENEN MIEDO A LA LIBERTAD Y LOS INTELECTUALES MANCILLAN LA INTELIGENCIA
Por citar sólo un caso. A la muerte de John Reed, el autor de Diez días que conmovieron al mundo -un relato de primera mano de las jornadas claves de la Revolución rusa-, los derechos del libro pasaron a poder del Partido Comunista británico, a quien el autor, según creo, los había legado. Algunos años más tarde, los comunistas ingleses destruyeron en gran parte la edición original, lanzando después una versión amañada en la que omitieron las menciones a Trotsky así como la introducción escrita por el propio Lenin.
Si hubiera existido una auténtica intelectualidad liberal en Gran Bretaña, este acto de piratería hubiera sido expuesto y denunciado en todos los periódicos del país. La realidad es que las protestas fueron escasas o nulas. A muchos, aquello les pareció la cosa más natural. Esta tolerancia que llega a lo indecoroso es más significativa aún que la corriente de admiración hacia Rusia que se ha impuesto en estos días. Pero probablemente esta moda no durará.
Preveo que, cuando este libro se publique, mi visión del régimen soviético será la más comúnmente aceptada. ¿Qué puede esto significar? Cambiar una ortodoxia por otra no supone necesariamente un progreso, porque el verdadero enemigo está en la creación de una mentalidad “gramofónica” repetitiva, tanto si se está como si no de acuerdo con el disco que suena en aquel momento.
Conozco todos los argumentos que se esgrimen contra la libertad de expresión y de pensamiento, argumentos que sostienen que no “debe” o que no “puede” existir. Yo, sencillamente, respondo a todos ellos diciéndoles que no me convencen y que nuestra civilización está basada en la coexistencia de criterios opuestos desde hace 400 años. Durante una década he creído que el régimen existente en Rusia era una cosa perversa y he reivindicado mi derecho a decirlo, a pesar de que seamos aliados de los rusos en una guerra que deseo ver ganada. Si yo tuviera que escoger un texto para justificarme a mí mismo escogería una frase de Milton que dice así: “Por las conocidas normas de la vieja libertad”.
La palabra vieja subraya el hecho de que la libertad intelectual es una tradición profundamente arraigada sin la cual nuestra cultura occidental dudosamente podría existir. Muchos intelectuales han dado la espalda a esta tradición, aceptando el principio de que una obra deberá ser publicada o prohibida, loada o condenada, no por sus méritos sino según su oportunidad ideológica o política. Y otros, que no comparten este punto de vista, lo aceptan, sin embargo, por cobardía.
Un buen ejemplo de esto lo constituye el fracaso de muchos pacifistas incapaces de elevar sus voces contra el militarismo ruso. De acuerdo con estos pacifistas, toda violencia debe ser condenada, y ellos mismos no han vacilado en pedir una paz negociada en los más duros momentos de la guerra. Pero, ¿cuándo han declarado que la guerra también es censurable aunque la haga el Ejército Rojo? Aparentemente, los rusos tienen todo su derecho a defenderse, mientras nosotros, si lo hacemos, caemos en pecado mortal Esta contradicción sólo puede explicarse por la cobardía de una gran parte de los intelectuales ingleses cuyo patriotismo, al parecer, está más orientado hacia la URSS que hacia la Gran Bretaña.
Conozco muy bien las razones por la que los intelectuales de nuestro país demuestran su pusilanimidad y su deshonestidad; conozco por experiencia los argumentos con los que pretenden justificarse a sí mismos. Pero, por eso mismo, sería mejor que cesaran en sus desatinos intentando defender la libertad contra el fascismo. Si la libertad significa algo, es el derecho a decirles a los demás lo que no quieren oír. La gente sigue vagamente adscrita a esta doctrina y actúa según ella le dicta.
En la actualidad, en nuestro país -y no ha sido así en otros, como en la republicana Francia o en los Estados Unidos de hoy- los liberales le tienen miedo a la libertad y los intelectuales no vacilan en mancillar la inteligencia: es para llamar la atención sobre estos hechos por lo que he escrito este prólogo.
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GEORGE ORWELL, La libertad de prensa. Rebelión en la granja, Ediciones Destino, 2007. Traducción de Rafael Abella. [FD, 12/05/2008]
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May 14th, 2008 @ 5:52 pm
Comentario por Pochi [Visitante]- FD en Periodista Digital
¿A usted quién le escribe los comentarios? ¿su abuela? ¿en serio cree que a los “intelectuales británicos” les importan algo sus libros, qué digo, sus obras completas en guaflex con sobrecubierta? Aunque bien mirado, mañana podía escribir un post titulado:”Mi influencia en los siglos venideros”. Eso sí que estaría bien. ¿O es que como el presidente del Gobierno está usted vacunado contra la soberbia?
Qué raza la española.
May 14th, 2008 @ 5:55 pm
Usted es de los que no se enteran de nada, pero lo critican todo a tontas y a locas. ¿A que no se ha molestado en leer el texto completo y comprobar quién es su autor? En el hipotético caso de que usted tenga opiniones propias, ¿por qué no se limita a opinar sobre el tema del post? Nada ni nadie le obliga a hacerlo, excepto la honradez intelectual y la simple cortesía.
Los españoles pertenecen a la única raza que existe: la humana. Y aunque creemos que su alma ha sido reiteradamente herida y alienada por la clerigalla católica y los renegados de la libertad que militan en todos los partidos, algunos ingenuos aún creemos que puede ser curada.
Pero es obvio que, en esta tarea sagrada, no podemos contar con gente como usted.
May 15th, 2008 @ 8:11 pm
Comentario por Pochi 14.05.08 @ 23:53, en FD-Periodista Digital
Que sólo hay una raza lo dirá usted, porque la evidencia científica es otra.
En su enumeración de los males del alma española le ha faltado Franco. Ha mencionado a los curas, pero no a Franco. Y los malos son siempre Franco y los curas. Repase ese punto del manual y la próxima vez intente no equivocarse. Que nos va el Progreso en ello.
May 15th, 2008 @ 9:55 pm
Otro día, si quiere, trataremos sobre la “evidencia científica” que usted posee -y que yo desconozco- sobre la existencia de razas entre los humanos. Aunque me temo que usted, como otros muchos, confunde los distintos “colores” de la especie humana con razas diversas, ignorando que la naturaleza humana, con sus incontables variantes, es la misma en todos los casos.
De cualquier modo, yo empleé el término “raza” con el significado de “género”, y no tengo noticia de que la naturaleza haya creado distintos géneros de hombres. (Aprovecho para reiterar una aclaración. Siempre que empleo la palabra HOMBRE en mis escritos, salvo que el contexto indique otra cosa, la uso con su significado genérico, no sexual, que incluye precisamente los dos sexos de que consta: varón y hembra).
Y si usé ese término fue porque usted exclamaba con aparente pesar lo de “qué raza la española”. Pero si quiso referirse al talante o conducta peculiar de los españoles, entonces le diré que la naturaleza no produce razas, ni sociedades, ni pueblos, sino individuos, que se agrupan en naciones según la diversidad de lenguas, leyes y costumbres; y que, por último, sólo “de las leyes y las costumbres puede derivarse que cada nación tenga un talante especial, una situación particular y, en fin, unos prejuicios propios” (Spinoza).
O sea, que si tiene usted alguna queja contra la “raza española”, póngala en la cuenta de la casta de políticos corruptos que se ha venido reproduciendo en España durante los dos últimos siglos (por no remontarnos hasta los Reyes Católicos, pero incluyendo, desde luego, al “generalísimo” y su dictadura) y que ha estado parasitando el alma española en estrecho maridaje con la clerigalla católica.
¿Acaso es usted tan joven o tan ignorante como para desconocer los cuarenta años de nacionalcatolicismo? O si no ¿en manos de quiénes cree usted que estuvieron las almas de generaciones enteras de españoles? ¿Sabía usted que tras la victoria de los “cruzados” sobre las “hordas rojas”, en cualquier provincia de nuestro país, mandaba más un obispo que el gobernador civil? ¿Quién legisló en España y marcó las costumbres populares durante todo este tiempo? La Iglesia Católica y la Derecha retrógrada tienen la raza de españoles que ellos cultivaron, dictatorial y despóticamente, con su insidia miserable.
¿Cree que me olvido de alguien que haya contribuido a la enfermedad del alma española? Quia. Franco bajo palio, todo un símbolo de la derecha católica y reaccionaria. Felipe González navegando en el yate Azor del Caudillo, el símbolo de la España seudodemocrática y seudoprogresista que llegó, heredó y acaparó, sin los complejos ni la mala conciencia de las derechas, los tres poderes del Estado franquista.
Por lo que respecta a los curas, en breve publicaré “La hidra de la superstición”, una jugosa discusión mantenida por Casanova y Voltaire, en cuya ocasión, entre otras cosas, sostuvo el genial autor francés que “la superstición es incompatible con la libertad”. Ate usted cabos.
Pero si traje a colación el texto de Orwell no fue pensando en las derechas, sino en los que él describió como “liberales renegados de la libertad”. Y que, aunque se refería de este modo a la izquierda británica, simpatizante con la dictadura de Lenin y Stalin, en nuestro país el epíteto se podría aplicar con mayor razón a la derecha liberal. Recuerde que la Constitución Liberal de Cádiz, de 1812, la célebre Pepa, contenía, entre otras perlas, la siguiente:
“CAPÍTULO II: De la religión. Art. 12. La religión de la Nación española es y será perpetuamente la católica, apostólica, romana, única verdadera. La Nación la protege por leyes sabias y justas y prohibe el ejercicio de cualquiera otra.”
Pero ¿qué se podía esperar de unas Cortes constituyentes donde intervinieron noventa curas? España fue durante siglos un curato. Y los liberales, entre los cuales, que yo sepa, no hubo un solo demócrata, jamás tuvieron suficiente coraje o generosidad para luchar por la auténtica libertad política: la de los sometidos y dominados, ya sea por una clase, un grupo, un partido, una iglesia o el capital.
Esta especie de liberales de pacotilla, aliada casi siempre con los conservadores, es la única que hemos sido capaces de producir en España; los reaccionarios y dictadores, en cambio, siempre fueron de verdad. Y, entre tanto, de los demócratas, esos que entienden por democracia lo mismo que Aristóteles entendía ya, el gobierno de los pobres, es decir: los trabajadores de todas las clases, no hay ni siquiera noticias. Así nos va.