LA CHISPA DIVINA Y LOS MISERABLES, por Jesús Nava
-Comentario-
Qué alegría más grande cuando he leído, en Alma Nativa, la filosofía profunda de nuestros antepasados hermanos nativos americanos.
Me pregunto en qué parte del camino perdió occidente ese sentido profundo de la existencia. Aunque eso ya no tiene importancia. Lo que importa es que cada día es un nuevo comienzo.
Es posible que volvamos a retomar la filosofía profunda de la vida, y es posible aún volver a empezar con amor y respeto a la Vida. No todo está perdido.
Un abrazo y gracias de nuevo.
-Respuesta-
Gracias por tus aportaciones a la comprensión de la cultura de los “hombres rojos”, una cultura milenaria digna de tanto respeto como la que más. Que haya sido aplastada con arrogancia por el analfabetismo religioso y la incultura de Occidente -que explota sin descanso ni respeto a todas las criaturas de esta Tierra en cuyo seno fueron engendradas-, no merma un ápice de gloria a su superioridad moral sobre el pragmatismo materialista y capitalista de los seudocristianos europeos y americanos.
No seré yo quien preconice la regresión a un pasado idílico que, en general, nunca existió, como no haya sido en la mente calenturienta de los poetas. Pero tampoco ocultaré que gran parte de lo que rutinariamente se llama entre nosotros Indudable Progreso, lo tengo yo, más bien, por Franco Retroceso.
Espiritual y moralmente, vamos por la historia de culo, pero no lo sabemos. Y cuanto más regresiva es la vida que llevamos, bajo montañas de confort que sofocan nuestros mejores sueños, y cuanto más nos alejamos de nuestra comunión con la naturaleza, más creemos progresar.
¡Qué tristeza! Los padres comimos las uvas agrias y nuestros hijos padecen la dentera. Nuestra civilización ha enloquecido de codicia, y nuestros hijos, hambrientos de espiritualidad, acaban alimentándose con los puñados de mentiras que la hipócrita y huera cultura “oficial”, política y religiosa, les suministra con cínica solemnidad.
Aquellos tiempos de sobriedad material -pero sin pobres-, y de religiosidad elemental -pero donde toda la naturaleza era divina- de civilizaciones extinguidas, como la de los indios norteamericanos, no volverán, amiga mía. Su modo de vida es hoy imposible. Es inútil lamentarnos. Y seguramente seríamos ingratos si lo hiciéramos, pues el hombre civilizado no deja de ser un salvaje ilustrado por siglos de experiencia humana; y la civilización, con sus claroscuros, supone un avance innegable en la condición del hombre, aunque, como diría Thoreau, sólo los más sabios y sensatos aprovechan sus ventajas.
Por otra parte, mucho me temo que, al menos en Europa, hemos olvidado el camino de vuelta -si es que alguna vez conocimos el camino de ida-, a una forma de vida verdaderamente humana. Así pues, deberemos intentar que los principios espirituales y éticos perennes nos ayuden a encontrar, en el complejo y caótico mundo de hoy, la senda que conduzca a los individuos y a los pueblos a una nueva forma de felicidad natural.
Si recobráremos la cordura intuitiva que algunos pueblos considerados salvajes nos han transmitido -haciendo caso omiso de sus inevitables supersticiones-, y aprovecháremos el enorme caudal de conocimientos y experiencia del mundo moderno -sin renunciar a una crítica radical de la ideología racionalista, nihilista y materialista que lo sustenta-, tal vez el mundo podría ser un paraíso de libertad, justicia y concordia, mientras que ahora se parece más a un infierno o un purgatorio.
Pero, como tú bien dices, no todo está perdido: “Lo que importa es que cada día es un nuevo comienzo. Es posible que volvamos a retomar la filosofía profunda de la vida, y es posible aún volver a empezar con amor y respeto a la Vida.” Por eso, quiero compartir contigo, por si aún no lo has leído, este extracto sobre Antón Chejov que, hace dos años, titulé EL HOMBRE QUE DIVISÓ LA LIBERTAD, y que describía ya así a sus conciudadanos:
“No hacen más que comer, beber, dormir; después…, nacen otros que también comen, beben, duermen y, para no embotarse de tedio, dan variedad a su vida con bajas calumnias, con vodka, con naipes, con pleitos. Y las mujeres engañan a sus maridos, y los maridos mienten, fingen no ver, no oír nada, y una influencia irresistiblemente vulgar pesa sobre los niños, y la chispa divina se apaga en ellos y se convierten en miserables, parecidos entre sí, como los cadáveres, igual que sus padres y sus madres…”
Luchemos, pues, sin descanso para que esa “chispa divina”, que alumbra en cada uno de los niños que viene a este mundo, no se apague definitivamente bajo el peso de la vulgaridad reinante, y nuestros hijos no se conviertan, como nosotros, en miserables.
Un cordial saludo.
FD, 28/07/2008
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July 27th, 2008 @ 9:54 am
“Debemos trabajar, debemos procurar ir abandonando estas costumbres y estas ideas que nos destruyen, que manchan nuestra dignidad de seres humanos; estamos en la obligación de tener esperanza, de creer que la felicidad -no la utópica Felicidad, con mayúscula, que algunos confunden con el limbo- es posible en este mundo; debemos tenerla y propagarla. Sobre todo, debemos trabajar, porque, sea como sea la vida futura, si es mejor, tendrá que estar basada sobre el trabajo, sobre el respeto al trabajo.” Antón Chejov
Mi problema, como imagino el de otros, es que no sé qué hacer, no digo ya a nivel social (cosa quimérica) sino a nivel individual, para aportar “un granito de arena” válido en el retorno a la auténtica Vida.
¿Cómo ser un ejemplo y una esperanza si no sé el camino para ello? Sí lo sé a nivel teórico, filosófico, meras ideas que chocan inevitablemente con la realidad cuando salgo a la calle y me enfrento a nuestra creada, errónea (desde mi punto de vista) y monstruosa realidad.
Yo no soy nada, y el poder, no solo político sino también social, está en manos de los que Chejov muy bien describe como: “esos que, bajo el disfraz de un profesor, de un mago sabio, ocultan su falta de talento, su torpeza, su tremenda falta de corazón”.
¿Cómo dar el primer paso que nos reconduzca? ¿Cuál es ese paso más allá de la mera denuncia? ¿Qué hacer? ¿Cuál es ese trabajo del que habla Chejov cuando sabiamente dice: “Debemos trabajar, debemos procurar ir abandonando estas costumbres y estas ideas que nos destruyen, que manchan nuestra dignidad de seres humanos”.
Ojala antes de mi partida pueda decir con orgullo y alegría íntima: “Fui muy humana, me equivoqué, caí, me levante, vi la Luz de la Verdad y luché para que brillara.” Y sueño inocentemente (como soñamos “los nadie” de esta sociedad), tal y como lo hizo Chejov cuando escribió:
“Dentro de doscientos, trescientos años, la vida en la tierra será increíblemente hermosa, asombrosa. El hombre necesita una vida así, y si por ahora no existe, su deber es presentirla, esperar, soñar, prepararse para ella; para eso tiene que ver y saber más de lo que vieron o supieron su padre y su abuelo” (”Tres hermanas”, acto I).
Un cordial saludo y gracias por su inestimable ayuda.
July 27th, 2008 @ 10:16 pm
Estimada Mª Dolores:
Debemos diferenciar entre lo necesario para ser individualmente libres y felices, y lo que se debe hacer para lograr una sociedad donde la libertad y la felicidad sean generales.
Respecto a lo primero, ya sabes que la auténtica felicidad es un estado espiritual o mental en el que reina la libertad suprema y la dicha más serena que le es dado al hombre alcanzar. El camino que conduce a ella es la sabiduría o el conocimiento de la verdad, que empieza, como bien rezaba el oráculo de Delfos, por el conocimiento de uno mismo.
Respecto a la libertad o felicidad de los pueblos -en cuanto que versión más superficial, pero más extendida de la verdadera libertad o felicidad humana- sólo es posible, para sociedades tan complejas y superpobladas como la nuestra, mediante un gobierno de los asuntos públicos que se dirija y aplique diligentemente a dicho fin.
Cuando filosofamos, estamos en el camino de la felicidad espiritual, que es una meta común a todos los seres humanos, aunque alcanzarla sea fruto de la virtud privada. Cuando hacemos política, en cualquiera de sus formas, estamos contribuyendo a hacer un mundo más justo y fraternal también para todos, aunque para lograrlo dependemos de la virtud pública, es decir, del amor a la libertad y a la igualdad colectivas de todos los ciudadanos, o al menos de una mayoría patriótica.
Entregarse a ambas tareas requiere, aunque en distintos niveles y con el grado de pasión que merece cada fin, perseverancia, coraje e inteligencia o sentido común. Y debemos evitar con esmero tres errores muy humanos: la impaciencia, el desánimo y la indiferencia.
Por otro lado, para que todo ello no quede en sueño vano, deberemos proponernos una meta determinada, fijarnos un modo de vida compatible con ella, y escoger o crear los medios que nos conduzcan más fácilmente al fin propuesto. Algo así como los preparativos precisos para emprender un largo y duro viaje en el que hemos puesto el corazón y todas nuestras esperanzas.
Sé que lo que digo parecerá abstracto, pero, en realidad, si lo consideras con calma, verás que es lo más concreto que cada uno de nosotros tiene más a mano, pues todo ello está en nuestro poder y no depende en absoluto de las circunstancias o el azar.
Por supuesto, soy consciente de que, aunque atisbemos con claridad ese estado de felicidad individual o colectiva, el modo de conducir o guiar a las multitudes a esas metas no es nada fácil verlo, pues su carácter peculiar, sus prejuicios arraigados y las circunstancias cambiantes que lo agitan suponen una enorme dificultad. Pero no hay tarea más noble en esta vida que ayudar a nuestros semejantes a alcanzar la máxima dicha de que son capaces y, aunque fracasemos, siempre habrá sido muy hermoso el intentarlo. ¿No te parece?
Un cordial saludo.
July 28th, 2008 @ 10:18 am
Si emprender el viaje de conocerse a si mismo es tarea titánica y misteriosa, no te digo ya el viaje de la ¡política! Me dan escalofríos solo con nombrar esa palabra y no digamos ya a los políticos y su corte faraónica. Es terror lo que me dan.
El primer viaje: “Conocerse a sí mismo” es la más noble, inteligente y práctica de las tareas que puede emprender cualquier ser humano, pero no acaba nunca, porque el ser humano no es estático, puede que acabes de conocerte hoy, pero mañana te sorprenderás a ti mismo haciendo algo que te resulta desconocido, ¿quién es esa nueva persona que piensa, dice o actúa distinta a la de ayer, a la de hace una hora? Los humanos somos tan complejos, tan maravillosamente complejos, que si nos proponemos comprendernos, jamás nos aburriremos. Pero merece la pena, quizá sea lo único que merezca la pena en esta vida. Este viaje tiene premio: la paz interior.
El segundo viaje es social, y la herramienta hoy por hoy es la política. La política nos ha defraudado. Los política y los políticos han demostrado con creces que no han sido válidos para construir sociedades armónicas. Al final del camino político estamos descubriendo que humanos miserables utilizan el poder político para su propio beneficio, no para el de la sociedad. Y me refiero tanto al gobierno central, como al autonómico, como al municipal. En estas instituciones, desde la más grande a la más pequeña, no veo a seres sabios, evolucionados espiritualmente y con vocación de servir. Más bien, veo a seres ambiciosos y avariciosos, no solo de poder y dinero, sino de llegar a puestos laborales altos y utilizan la política como catapulta. Por no hablar de esa aduladora corte faraónica, que si no estuviera pegada a ellos no tendría ni siquiera una profesión, porque sencillamente son vagos que viven de la charlatanería y la adulación.
Aunque quizá lo más peligroso, desde mi punto de vista, es que los políticos y sus partidos han creado una nueva forma de dictadura, que por lo sutil pasa desapercibida por el pueblo. Donde los partidos políticos hacen y deshacen a espaldas del pueblo. En esta partitocracia, en base a sutiles mentiras, manipulando educación y medios de comunicación, están creando la más grande dictadura posible: La de la mansedumbre y servidumbre voluntaria del pueblo, que es engañado y ninguneado de todas las formas posibles y ni siquiera es consciente de ello.
En fin, que creo que deberíamos plantearnos la vida de otra forma, desde su misma raíz. Sin políticos. Sin inútil burocracia. Me pregunto si podríamos los muchos “nadie”, organizarnos sin necesidad de líderes.
Pero comprendo que si pienso así es porque solo seré una ignorante y no entiendo nada.
Un cordial saludo.
August 1st, 2008 @ 12:33 pm
“Si recobráremos la cordura intuitiva que algunos pueblos considerados salvajes nos han transmitido -haciendo caso omiso de sus inevitables supersticiones-, y aprovecháremos el enorme caudal de conocimientos y experiencia del mundo moderno -sin renunciar a una crítica radical de la ideología racionalista, nihilista y materialista que lo sustenta-, tal vez el mundo podría ser un paraíso de libertad, justicia y concordia, mientras que ahora se parece más a un infierno o un purgatorio.” Jesús Nava.
¡Ha dado usted en el clavo! Creo que es lo que nos está intentando trasmitir desde algún lugar remoto del pasado la sabia inteligencia aún no perdida, de nuestros antepasados.
Podríamos empezar retomando la observación de la Naturaleza, auténtica madre-maestra-educadora de toda la vida en la Tierra. Observando al resto de las especies, animales y vegetales, observando los ríos, los mares, los bosques, los ciclos naturales, las estaciones, el cielo y la tierra, que actúan según las leyes naturales. Sería profundizar en la observación directa de la Naturaleza en todas sus manifestaciones, para aprender de Ella lo que aún no hemos aprendido.
El error del humano librepensante es que no entendimos la lección y nos creímos fuera de las leyes naturales, por encima y dueños de toda la creación. Creímos que la lección por aprender era someter, vencer y exterminar al resto de la creación. Hemos aprendido por dolor , lo que no entendimos por sabiduría, observación y amor hacia la Naturaleza: “Que al destruir nuestro entorno nos quedábamos sin referencias, nos quedábamos huérfanos y sin rumbo, es decir nos autodestruíamos.”
Si fuésemos verdaderamente inteligentes retomaríamos el camino, por un lado observando al resto de las especies y cuidando nuestro hábitat natural, por otro aprovechando nuestra particular inteligencia para seguir avanzando tecnológica y científicamente, pero siempre respetando la Tierra que nos acoge.
Desde mi punto de vista, hacer viable un mundo donde la ciencia, la tecnología y el respeto por la naturaleza y todas las especies que en ella habitan sea posible, sería lo más parecido una verdadera civilización.
Por supuesto que esto chocaría con la avaricia humana, inculcada en nuestras neuronas desde la más tierna infancia, dónde en vez educar para ser hombres y mujeres con razón y corazón, se educa para envilecer las mentes y los corazones. Haciendo creer, desde la más tierna infancia, que cuanto más se posee más feliz se es. Cuando sabemos “a ciencia cierta”, que la felicidad es un estado de paz interior, fruto del amor compartido y el respeto mutuo por todos y todo lo que existe. Y esto “ni se compra , ni se vende…”
Con esto no quiero decir que tengamos que volver a las cavernas , ni mucho menos. Es solo que creo que muchas cosas por las que las personas hipotecan su vida, no las hacen felices sino esclavos. Que podríamos prescindir de muchas cosas innecesarias para una tener una buena vida. Y que estamos damos dando la espalda a lo que realmente somos y cuyo descubrimiento nos humanizaría y nos haría retomar el rumbo de una existencia con sentido, no solo para nosotros, sino también para nuestros hijos.
Meditemos cual el sentido de la Vida, de nuestra existencia, procuremos que nuestros hijos y los hijos de éstos mediten acerca de ello… sería un inicio…
Me sumo a usted cuando dice: “Luchemos, pues, sin descanso para que esa “chispa divina”, que alumbra en cada uno de los niños que viene a este mundo, no se apague definitivamente bajo el peso de la vulgaridad reinante, y nuestros hijos no se conviertan, como nosotros, en miserables.”
Muchas gracias y un cordial saludo.
August 2nd, 2008 @ 12:58 pm
Estimada Mª Dolores:
Cuando respondía a tu pregunta sobre qué se podía hacer, aparte de criticar el sistema sociopolítico y cultural, para intentar cambiar las cosas, te decía que “entregarse a ambas tareas -la filosófica y la política- requiere, aunque en distintos niveles y con el grado de pasión que merece cada fin, perseverancia, coraje e inteligencia o sentido común. Y debemos evitar con esmero tres errores muy humanos: la impaciencia, el desánimo y la indiferencia.”
Insisto. Verás. Para construir una sociedad más libre, justa y armónica debemos antes concebir su “idea” en nuestra mente y comprobar, en la práctica, su viabilidad en las condiciones concretas del país que queremos mejorar o cambiar, contando, por lo tanto, con la voluntad de una mayoría de nuestros conciudadanos. Para esto hace falta la inteligencia o un sentido común mínimamente ilustrado.
Creo que muchos españoles entienden -o al menos imaginan- que la libertad democrática es la idea justa de libertad, sí, pero reculan a la vista de los medios necesarios para conquistarla: la asociación política de los ciudadanos. Les falta, pues, coraje. Y, si no fuere ese el caso, al menos lo parece cuando claudican por falta de perseverancia en los fines propuestos.
En España, entre los muchos daños ocasionados en el carácter nacional, y en la conciencia popular, por regímenes seculares de monarquías absolutas o limitadas, dictaduras militares y oligarquías de partidos, se debe contar la aversión o indiferencia generalizada entre los ciudadanos hacia los asuntos públicos. A base de insistir, explícita o implícitamente, en que los españoles no sabremos ser libres a menos que los partidos políticos, los militares o los curas tutelen nuestra conciencia y gobiernan nuestros actos, hemos caído en la misocracia (aversión a la política o al gobierno) y el misoneísmo (aversión a lo nuevo).
Platón pone en boca de Sócrates la explicación de cómo se llega a la misología (odio a la razón) y a la misantropía (odio al género humano). Como nos precipitamos habitualmente a confiar en quienes todavía no han demostrado fehacientemente merecer nuestra amistad, las consecutivas frustraciones y desilusiones que sufrimos acaban por volvernos huraños y desconfiados hacia la humanidad entera, pues concluimos injustamente que todos los hombres son desleales. Y si aceptamos, a la primera de cambio, como verdades absolutas lo que no son más que opiniones provisionales, y nos aferramos con tenacidad de asnos a ellas, el desengaño aquí desemboca en odio a los razonamientos, es decir, en el escepticismo, cuya necia sentencia reza que nada se puede saber con certeza.
Los curas, en España, han lavado el cerebro durante siglos a sus feligreses -y a la nación entera cuando se han conchabado con el poder político- con la cantinela de “doctores tiene la Iglesia que te lo sabrán explicar”, que soltaban -y sueltan- al católico que los consulta cada vez que le asalta una duda. El libre examen de las Escrituras y la libertad de interpretación, preconizadas por Lutero y demás reformadores protestantes, provocaron -tal vez a su pesar- una ola de libertad que inundó Europa, tanto en la religión, como en la política y en la cultura. Los hombres de negro, durante siglos, mantuvieron a España, con la ayuda inestimable de los jesuitas y la Inquisición, inmune a la perversa herejía protestante de la libertad de conciencia. Y así nos va desde entonces.
En la política, cuarenta años de gobierno dictatorial, insistiendo en que la política era cosa de los políticos, y treinta de gobierno de partidos, donde los poderes legislativo, ejecutivo y judicial están acaparados por el partido ganador en las votaciones -que no elecciones- fraudulentas y antidemocráticas, han adocenado a la nación, adormeciéndola en la pasividad pública y relegando su independencia a la vida privada, y hasta han conseguido que los amantes de la libertad renuncien a asociarse para conquistarla, bajo la peregrina excusa de que hacer política es inmoral.
En Estados Unidos, según Tocqueville, en el corazón de los primeros puritanos que llegaron a Nueva Inglaterra se unieron el genio religioso y el genio de la libertad para asentar la única democracia social y política que se ha dado hasta hoy en el mundo. En España, por el contrario, los genios malévolos de la religión y la política que nos ha tocado sufrir, siempre se han asociado para conspirar contra la libertad, y nunca han permitido que el pueblo pudiera levantar cabeza.
Quienes han experimentado los rigores de la monarquía absoluta y la gerontocracia del catolicismo, donde todos los fieles son iguales en la servidumbre, pero nunca han conocido el gobierno congregacionalista de los protestantes más evangélicos, donde reina la más perfecta igualdad en la libertad, jamás podrán comprender la relación íntima que se produjo entre protestantismo y democracia en América, ni la que existe entre catolicismo y monarquía u oligarquía en España. Algún día tocaré este tema.
Eso es todo. Esa es nuestra lamentable y descorazonadora situación. Pero, aún así, yo no pierdo la esperanza de que España algún día se despierte del sueño y tome partido por su autogobierno. No se trata, pues, de confiar los asuntos públicos a una nueva casta de políticos profesionales, sino de devolver al pueblo la confianza en sí mismo, y demostrar al mundo que una nación civilizada como la nuestra, cuya moralidad pública está siendo gravemente debilitada por la corrupción sistemática del Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial, es perfectamente capaz de ocuparse directamente -o a través de sus representantes directos- de gobernar, legislar y juzgar sobre todo lo que incumbe. Entre tanto, nosotros mismos no deberíamos considerarnos diferentes del resto de los mortales hasta que hayamos demostrado que lo somos. Pues, como decía Cervantes, un hombre no es más que otro si no hace más que otro.
Dos intentos he hecho para asociar a los que se consideran demócratas -si lo son realmente de corazón o no, no me incumbe averiguarlo, mientras luchen por los principios democráticos libremente adoptados- y estén dispuestos a luchar por la libertad. Ambos acabaron como acabaron. Y, sin embargo, aún no he renunciado a intentarlo de nuevo. Es sólo que, hace cosa de un año, y tal como dejé escrito en algún lugar, me he dado a mí mismo un tiempo para reflexionar a fondo sobre política, ámbito de la filosofía en el que nunca me había adentrado antes. Quiero pensar por mí mismo también en esto.
Mientras nadie presente a los españoles una verdadera alternativa democrática, seria y honesta, frente a la actual oligocracia de partidos, corrupta y despótica, me parece precipitado atribuir a la nación un carácter servil. Pues como dijo Tocqueville, cuando los pueblos que han tenido libertad, y la han perdido, se someten voluntariamente a un poder tiránico, se hunden en la indignidad; pero en aquellos otros que nunca han conocido la libertad democrática, la obediencia puede revestir incluso una cierta apariencia de moralidad.
Reconozco que el pueblo español permanece cautivo de terribles prejuicios políticos y religiosos; pero, al contrario de cierto arrogante republicano que lo tilda de cobarde, yo sólo he observado en su conducta “insuficiencia de luces, errores de espíritu, pero no bajeza del corazón”.
Y también reconozco el enorme trabajo que cuesta desarraigar una idea concebida por la mayoría y destruirla aunque sea en un solo hombre que la ha adoptado: “Ni escritos ni discursos sirven para nada”, sentenció de nuevo Tocqueville. Sólo un gran partido, nutrido con patriotas y guiado por esa “hermosa constelación de principios” que inspira a la democracia, podrá conmover y cambiar la sociedad, aunque para ello tenga que sacudirla y desgarrarla.
No es precisamente fácil conseguir que un pueblo se libere del yugo de las malas creencias, las malas costumbres y las malas leyes. Después de todo, es raro que el discípulo supere a los maestros que lo han educado.
Un cordial saludo.
August 3rd, 2008 @ 11:15 pm
[...] respondía a la pregunta sobre qué se podía hacer, aparte de criticar el sistema sociopolítico y cultural, [...]