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"Me he esmerado en no ridiculizar ni lamentar ni detestar las acciones humanas, sino en entenderlas." Baruch de Spinoza

CONCIENCIAS TUTELADAS, por Jesús Nava

Archivado en: -FILOSOFÍA CORDIAL — August 3, 2008 @ 5:25 pm

“Mientras nadie presente a los españoles una verdadera alternativa democrática, seria y honesta, frente a la actual oligocracia de partidos, corrupta y despótica, me parece precipitado atribuir a la nación un carácter servil. Reconozco que el pueblo español permanece cautivo de terribles prejuicios políticos y religiosos; pero, al contrario de cierto arrogante republicano que lo tilda de cobarde, yo sólo he observado en su conducta “insuficiencia de luces, errores de espíritu, pero no bajeza del corazón”. Y también reconozco el enorme trabajo que cuesta desarraigar una idea concebida por la mayoría y destruirla aunque sea en un solo hombre que la ha adoptado: ni escritos ni discursos sirven para nada. Sólo un gran partido, nutrido con patriotas y guiado por esa hermosa constelación de principios que ha inspirado siempre a la democracia, podrá conmover y cambiar la sociedad, aunque para ello tenga que sacudirla y desgarrarla. No es fácil conseguir que un pueblo se libere del yugo de las malas creencias, las malas costumbres y las malas leyes. Después de todo, es raro que el discípulo supere a los maestros que lo han educado.

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Cuando respondía a tu pregunta sobre qué se podía hacer, aparte de criticar el sistema sociopolítico y cultural, para intentar cambiar las cosas, te decía que “entregarse a ambas tareas -la filosófica y la política- requiere, aunque en distintos niveles y con el grado de pasión que merece cada fin, perseverancia, coraje e inteligencia o sentido común. Y debemos evitar con esmero tres errores muy humanos: la impaciencia, el desánimo y la indiferencia.

Insisto. Para construir una sociedad más libre, justa y armónica debemos antes concebir su “idea” en nuestra mente y comprobar, en la práctica, su viabilidad en las condiciones concretas del país que queremos mejorar o cambiar, contando, por supuesto, con la voluntad de una mayoría de nuestros conciudadanos. Para esto hace falta la inteligencia o un sentido común mínimamente ilustrado.

¿Si sabrá más el discípulo?, por Goya.

Creo que muchos españoles entienden -o al menos imaginan- que la libertad democrática es la idea justa de libertad, sí, pero reculan a la vista de los medios necesarios para conquistarla: la asociación política de los ciudadanos. Les falta, pues, coraje. Y si no fuere esa la causa, al menos lo parece, pues deserta de sus principios quien no persevera en sostenerlos.

En España, entre los muchos daños infligidos al carácter nacional, y a la conciencia popular, por regímenes seculares de monarquías absolutas o limitadas, dictaduras militares y oligarquías de partidos, se debe incluir la aversión generalizada entre los ciudadanos a la participación en  los asuntos públicos. A base de insistir, explícita o implícitamente, en que los españoles no sabremos ser libres a menos que los partidos políticos, los militares o los curas tutelen nuestra conciencia y gobiernan nuestros actos, hemos caído en la misocracia (aversión a la política o al gobierno) y el misoneísmo (aversión a lo nuevo).

Platón pone en boca de Sócrates la explicación de cómo se llega a la misología (odio a la razón) y a la misantropía (odio al género humano). Como nos precipitamos habitualmente a confiar en quienes todavía no han demostrado fehacientemente merecer nuestra amistad, las consecutivas frustraciones y desilusiones que sufrimos acaban por volvernos huraños y desconfiados hacia la humanidad entera, pues concluimos injustamente que todos los hombres son desleales. Y si aceptamos, a la primera de cambio, como verdades absolutas lo que no son más que opiniones provisionales, y nos aferramos con tenacidad de asnos a ellas, el desengaño aquí desemboca en odio a los razonamientos, es decir, en el escepticismo, cuya necia sentencia reza que nada se puede saber con certeza.

Los curas, en España, han lavado el cerebro durante siglos a sus feligreses -y a la nación entera cuando se han conchabado con el poder político- con la cantinela de “doctores tiene la Iglesia que te lo sabrán explicar”, que soltaban -y sueltan- al católico que los consulta cada vez que le asalta una duda. El libre examen de las Escrituras y la libertad de interpretación, preconizadas por Lutero y demás reformadores protestantes, provocaron -tal vez a su pesar- una ola de libertad que inundó Europa, tanto en la religión, como en la política y en la cultura. Los hombres de negro, durante siglos, mantuvieron a España, con la ayuda inestimable de los jesuitas y la Inquisición, inmune a la perversa herejía protestante de la libertad de conciencia. Y así nos va desde entonces.

Además, sin remontarnos siglos atrás, cuarenta años de gobierno dictatorial, insistiendo en que la política era cosa de los políticos, y treinta de gobierno de partido, donde los poderes legislativo, ejecutivo y judicial están acaparados por el partido ganador en las votaciones -que no elecciones- fraudulentas y antidemocráticas, han adocenado a la nación, adormeciéndola en la pasividad pública y relegando su independencia a la vida privada, y hasta han conseguido que los amantes de la libertad renuncien a asociarse para conquistarla, bajo la peregrina excusa de que hacer política en un régimen de partidos es inmoral.

En Estados Unidos, según Tocqueville, en el corazón de los primeros puritanos que llegaron a Nueva Inglaterra, se unieron el genio religioso y el genio de la libertad para asentar la única democracia social y política que se ha dado hasta hoy en el mundo. La democracia política emanó del modo más natural de la democracia social previamente existente. En España, por el contrario, los genios malévolos de la religión y la política que nos ha tocado sufrir, siempre se han asociado para conspirar contra la libertad, y nunca han permitido que el pueblo, como deseaba Jefferson, pudiera romper por completo con “los telones del fanatismo, los grilletes sacerdotales y el brillo deslumbrante del rango y la riqueza”.

Quienes han experimentado los rigores de la monarquía absoluta y la gerontocracia del catolicismo, donde todos los fieles son iguales en la servidumbre, pero nunca han conocido el gobierno congregacionalista de los protestantes evangélicos, donde reina la más perfecta igualdad en la libertad, jamás podrán comprender la relación íntima que se produjo entre protestantismo y democracia en América, ni la que existe entre catolicismo y monarquía u oligarquía en España. Algún día tocaré este tema.

Eso es todo. Esa es nuestra lamentable y descorazonadora situación. Pero, aún así, yo no pierdo la esperanza de que España algún día se despierte del sueño y tome partido por su autogobierno y su felicidad. No se trata, pues, de confiar los asuntos públicos a una nueva casta de políticos profesionales, sino de devolver al pueblo la confianza en sí mismo, y demostrar al mundo que una nación civilizada como la nuestra, cuya moralidad pública está siendo minada sistemáticamente por la corrupción estructural del Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial, es perfectamente capaz de ocuparse -bien directamente, bien a través de sus representantes directos estrechamente vigilados por ella- en gobernar, legislar y juzgar sobre todo lo que le atañe.

Entre tanto, nosotros mismos no deberíamos considerarnos diferentes del resto de los mortales hasta que hayamos demostrado que lo somos. Pues, como decía Cervantes, un hombre no es más que otro si no hace más que otro. Dos intentos he hecho para asociar a los que se consideran demócratas -si lo son realmente de corazón o no, no me incumbe averiguarlo, mientras luchen por los principios democráticos libremente adoptados- y estén dispuestos a trabajar en favor de la libertad. Ambos acabaron como acabaron. Y, sin embargo, aún no he renunciado a intentarlo de nuevo. Es sólo que, hace cosa de un año, y tal como dejé escrito en algún lugar, me he dado a mí mismo un tiempo para reflexionar a fondo sobre política, ámbito de la filosofía en el que nunca me había adentrado antes. Quiero pensar por mí mismo también en esto.

Mientras nadie presente a los españoles una verdadera alternativa democrática, seria y honesta, frente a la actual oligocracia de partidos, corrupta y despótica, me parece precipitado atribuir a la nación un carácter servil. Pues, como dijo Tocqueville, cuando los pueblos que han tenido libertad, y la han perdido, se someten voluntariamente a un poder tiránico, se hunden en la indignidad; pero en aquellos otros que nunca han conocido la libertad democrática, la obediencia puede revestir incluso una cierta apariencia de moralidad.

Reconozco que el pueblo español permanece cautivo de terribles prejuicios políticos y religiosos; pero, en contra de cierto arrogante republicano que lo tilda de cobarde, yo sólo he observado en su conducta “insuficiencia de luces, errores de espíritu, pero no bajeza del corazón”.

Y también reconozco el enorme trabajo que cuesta desarraigar una idea concebida por la mayoría y destruirla aunque sea en un solo hombre que la ha adoptado: “Ni escritos ni discursos sirven para nada”, sentenció de nuevo Tocqueville. Sólo un gran partido, nutrido con patriotas y guiado por esa hermosa constelación de principios que ha inspirado siempre a la democracia, podrá conmover y cambiar la sociedad, aunque para ello tenga que sacudirla y desgarrarla.

No es fácil conseguir que un pueblo se libere del yugo de las malas creencias, las malas costumbres y las malas leyes. Después de todo, es raro que el discípulo supere a los maestros que lo han educado.

Un cordial saludo.

Comentarios y respuestas en LA CHISPA DIVINA Y LOS MISERABLES

1 comentario »

  1. Mª Dolores:

    “En España, entre los muchos daños infligidos al carácter nacional, y a la conciencia popular, por regímenes seculares de monarquías absolutas o limitadas, dictaduras militares y oligarquías de partidos, se debe incluir la aversión generalizada entre los ciudadanos a la participación en los asuntos públicos. A base de insistir, explícita o implícitamente, en que los españoles no sabremos ser libres a menos que los partidos políticos, los militares o los curas tutelen nuestra conciencia y gobiernan nuestros actos, hemos caído en la misocracia (aversión a la política o al gobierno) y el misoneísmo (aversión a lo nuevo)”

    Muy interesante su artículo y en especial esta observación. Hasta ahora no me había planteado de esta forma el porqué el 90% de la población, entre la que me incluyo, pensamos que la política y los políticos dan asco, sin plantearnos que lo que da asco es la forma de hacer política de los actuales políticos. Sin plantearnos que la política es cosa de todos y que si no nos gusta la actual, es cuestión de todos nosotros el cambiarla.

    Efectivamente algo debe de haber influido nuestra educación en nuestra forma de pensar, que hace que seamos pasivos e incluso demos por hecho que hay alguien superior que debe decidir por nosotros, porque es más listo, o más preparado o más.. en general….

    Después de leer su profundo artículo, estoy convencida que henos sido programados, a través de la educación para ser sujetos pasivos en cuestiones políticas y sociales. Que hemos sido adiestrados, cual perritos falderos, para dejar en manos de otros los asuntos públicos sociales, que en realidad deberían estar en nuestras manos, en manos de la sociedad civil en general. Me ha hecho pensar, que a través de la educación recibida, vemos como normal la forma de gobernar, donde unos pocos deciden por muchos millones, sin plantearnos siquiera que nosotros, la población civil, somos los verdaderos protagonistas de la política y de los asuntos sociales, los verdaderos protagonistas de la Democracia.

    Su artículo me ha hecho pensar que la apatía del 90% de la población hacía los asuntos públicos, es algo realmente programado y ejecutado, a través de planes educativos programados a tal fin, por nuestros antepasados en el poder, para poder seguir manteniendo el poder (valga la redundancia) de toda una población en manos de unos pocos, los que siempre lo tuvieron.

    Y está muy incrustada en nuestras neuronas cerebrales, cuando no en nuestra conciencia, esa frase derrotista que dice: “Las cosas son como son, nada podemos hacer por cambiarlas…”, o aquella otra que dice: “Más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer”.

    Y claro así nos va como nos va, cada vez más alejados de la realidad social, dejando a unos pocos avariciosos, ¡¡“que ya saben latín”!!, hacer y deshacer a su antojo el destino de toda una población civil engañada, asustadiza y adormecida cada día más.

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