ECONOMÍA POLÍTICA, CRISIS Y BURBUJAS, por Thomas Jefferson
“¿No sería mejor que todos nuestros trabajadores se dedicaran a la agricultura? Si así fuera, la tierra cultivada se duplicaría o triplicaría; se produciría una creación doble o triple de comida y los excedentes irían a alimentar los nacimientos, ahora perecederos, de Europa, que a cambio de ello nos enviaría ropa y otros productos. La moralidad lo confirma, y las leyes de la naturaleza equilibran de tal forma nuestros deberes y nuestras necesidades que cuando unos y otras se distancian debemos sospechar que nuestros razonamientos contienen alguna falacia. Además, para resolver esta cuestión convendría atribuir su justo peso a la superioridad física y moral del hombre agrícola sobre el manufacturero. Estamos bajo la burbuja del banco, de igual modo que toda nación corre peligro de estar bajo cualesquiera burbujas, insidias o embaucamientos que pueden surgir cuando no está alerta. Ahora nos enseñan a creer que ciertos trucos de ilusionista pueden producir con el papel una prosperidad tan sólida como el trabajo en la tierra. El sentido común insiste vanamente en que la nada nada puede producir; en que es inútil soñar en una piedra filosofal que todo lo convierta en oro y redima al hombre de la condena primera de su Hacedor a ganarse el pan con el sudor de la frente. Sin embargo, como no soy lo bastante Quijote como para intentar persuadir por la razón a un asilo de locos, mi preocupación es hallar la forma más práctica de librarnos de la ruina en la que nos hemos sumido.”
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Acuso recibo de vuestra amable carta, y con ella de dos volúmenes muy interesantes de economía política. Me encontraba precisamente dedicando uno de los raros ratos de ocio de que dispongo a la lectura atenta del trabajo de Malthus sobre la población. Es una obra de sólida lógica, donde se examinan con competencia algunas opiniones de Adam Smith y de los economistas. Al pasar a algunos capítulos donde vos tratáis las mismas cuestiones me agradó ver que vuestras opiniones corroboran las suyas.
LA NATURALEZA EQUILIBRA NUESTROS DEBERES Y NUESTRAS NECESIDADES DE FORMA TAL QUE, CUANDO SE DISTANCIAN, DEBEMOS SOSPECHAR EN NUESTROS RAZONAMIENTOS ALGUNA FALACIA
Tendré mucho gusto en leer vuestro trabajo. Mientras tanto, la oportunidad que ahora tengo de contestaros, por medio de un caballero, familiar mío, que viaja a París, es demasiado segura para que me arriesgue a retrasar la expresión de mi agradecimiento por esta prueba de atención y por haberme dado una satisfacción que el curso ordinario de las comunicaciones literarias habría atrasado considerablemente.
Las diferentes características de este país y los viejos países europeos entrañan diferencias de hecho en materia de economía política que dan mucho que pensar, pues a veces se producen, como consecuencia de ellas, diferentes resultados. Allí, por ejemplo, la cantidad de comida es limitada, o crece en progresión lenta y sólo aritmética, y la proporción está limitada por la misma progresión. Por consiguiente, el exceso de nacimientos sólo incrementa vuestra mortalidad.
Aquí, la inmensa extensión de las tierras fértiles no cultivadas permite, a todo el que quiere trabajar, casarse joven y criar una familia de cualquier tamaño. Por consiguiente, nuestra comida puede aumentar geométricamente con el número de nuestros trabajadores, y nuestros nacimientos pueden ser eficaces por mucho que se multipliquen. Por otro lado, allí se supone que la mejor distribución del trabajo es la que equipara a la mano de obra manufacturera con la agrícola, de forma que una parte alimente a las dos y la otra suministre a las dos vestidos y otros productos. ¿Sería eso lo mejor aquí? El egoísmo y las primeras impresiones lo afirman.
Pero ¿no sería mejor que todos nuestros trabajadores se dedicaran a la agricultura? Si así fuera, la tierra cultivada se duplicaría o triplicaría; se produciría una creación doble o triple de comida y los excedentes irían a alimentar los nacimientos, ahora perecederos, de Europa, que a cambio de ello nos enviaría ropa y otros productos. La moralidad lo confirma, y las leyes de la naturaleza equilibran de tal forma nuestros deberes y nuestras necesidades que cuando unos y otras se distancian debemos sospechar que nuestros razonamientos contienen alguna falacia. Además, para resolver esta cuestión convendría atribuir su justo peso a la superioridad física y moral del hombre agrícola sobre el manufacturero.
Mis ocupaciones sólo me permiten formular preguntas. No me dan tiempo, aun suponiendo que tuviera la información, para responderlas. Quizá, por ser dignas de la atención del autor del Traité d’ Economie Politique, encuentre las respuestas en ese libro. Si no están, será porque habréis escrito para Europa, mientras que yo pregunto pensando en América. Aceptad, caballero, mi respetuoso saludo y las seguridades de mi mayor consideración.
[Washinton, 1 de febrero de 1804. Carta a Jean Baptiste Say, filósofo de la economía política que modificó y desarrolló el trabajo de Adam Smith. Fue fundador y director de la Decade philophique, órgano de los ideólogos franceses. ]
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TODA NACIÓN CORRE PELIGRO DE ESTAR BAJO CUALESQUIERA BURBUJAS, INSIDIAS Y EMBAUCAMIENTOS CUANDO NO ESTÁ ALERTA; Y LAS BURBUJAS PUEDEN REVENTAR DE UN MOMENTO A OTRO
Como un hidrópico sediento que clama pidiendo agua y más agua, nuestros ciudadanos embaucados claman pidiendo bancos y más bancos. La mente americana está ahora en ese estado febril que el mundo ha visto tan a menudo en la historia de otras naciones. Estamos bajo la burbuja del banco, como Inglaterra estuvo bajo la burbuja del Mar del Sur, Francia bajo la burbuja del Mississippi, y como toda nación corre peligro de estar bajo cualesquiera burbujas, insidias o embaucamientos que pueden surgir cuando no está alerta.
Ahora nos enseñan a creer que ciertos trucos de ilusionista pueden producir con el papel una prosperidad tan sólida como el trabajo en la tierra. El sentido común insiste vanamente en que la nada nada puede producir; en que es inútil soñar en una piedra filosofal que todo lo convierta en oro y redima al hombre de la condena primera de su Hacedor a “ganarse el pan con el sudor de la frente”. Sin embargo, como no soy lo bastante Quijote como para intentar persuadir por la razón a un asilo de locos, mi preocupación es hallar la forma más práctica de librarnos de la ruina en la que nos hemos sumido.
Doscientos millones en papel en manos del pueblo (y no puede ser menos con el empleo de un capital bancario que, como es sabido, excede de cien millones) es un terrible tributo para que les caiga azarosamente sobre la cabeza. La deuda que compró nuestra independencia no fue superior a los ochenta millones, de los que veinte años de tributación no habían pagado, en 1809, sino la mitad. ¿Y qué hemos comprado con este impuesto de doscientos millones que tenemos que pagar al por mayor, como no sea usuras, estafas y nuevas formas de desmoralización?
La historia revolucionaria nos ha apercibido del momento en que esta basura sin fundamento recibirá la puntilla. Cuando haya vuelto a la circulación una cantidad de metal precioso suficiente para que todo el mundo pueda obtener algo a cambio de su producto, el papel, como en la guerra revolucionaria, será inmediatamente objeto del universal rechazo. La confianza se está desplomando, y ahora todos manejan el papel como si les quemara las manos. Para que en el estado actual de la circulación los bancos reanudaran los pagos en especie, sus cajas tendrían que ser como la vasija de la viuda. Lo que hay que tratar de conseguir es que sus excesos de emisión se retiren gradual pero rápidamente, en la medida de lo posible, sin provocar una alarma que desate la temida crisis.
Se dice que algunos bancos están retirando su papel. Mas ¿debemos dejarlo a su arbitrio? ¿No tiene el legislativo el deber de esforzarse por salvar a sus electores de una catástrofe como la extinción en sus manos de dos millones en papel? La dificultad es, ciertamente, grande. Y tanto más grande cuanto que el paciente se rebela contra cualquier medicina. No pretendo, ni mucho menos, decir que puede confiarse con certeza en algún plan, porque la burbuja puede reventar de un momento a otro; pero si fracasa no estaremos sino donde habríamos estado si no hubiéramos hecho un esfuerzo para salvarnos.
Evidentemente, distintas personas arbitrarían métodos de salvación distintos. Uno de ellos sería suprimir inmediatamente la circulación de todo el papel no emitido bajo la autoridad de nuestro propio Estado o del Gobierno General; prohibir pocos meses después la circulación de todos los billetes de cinco dólares y menores; unos meses más tarde, la de todos los de diez dólares y menores; transcurrido otro plazo, la de los de veinte, cincuenta y demás hasta los de cien dólares, los cuales, si alguno haya que dejar en circulación, deben constituir la denominación más baja. Estos últimos podrían ser útiles para las transacciones y transmisiones mercantiles, y quedar excluidos, por su tamaño, de la circulación ordinaria. Pero la enfermedad es quizá apremiante para que pueda esperarse a aplicar tales remedios.
Dejo gustosamente en manos del legislativo la decisión de administrar esta medicina o no administrar ninguna. Estoy seguro de que sus intenciones son buenas; y, estando como estoy embarcado en la misma nave, me encuentro dispuesto a nadar o hundirme con mis conciudadanos. Si escogen lo último, me hundiré con ellos sin el menor murmullo. Pero antes les exhortaría a “no abandonar el barco”.
[Monticello, 6 de enero de 1816. Carta al Coronel Charles Yancey, miembro prominente del Legislativo de Virginia en 1820. ]
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THOMAS JEFFERSON, Autobiografía y otros escritos. Editorial Tecnos 1987. Traducción de A. Escohotado y M. Sáenz de Heredia.
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September 22nd, 2008 @ 11:39 pm
Sr Nava,
Que acertada la frase de Tomas Jefferson que usted resalta, cuando dice que esta en la naturaleza de las personas el equilibrio entre deberes y necesidades.
Que de actualidad porque en los últimos años ese equilibrio se ha perdido y no porque la naturaleza de las personas haya cambiado, sino porque ha sido intervenida. Primero induciéndola a comportamientos anti-naturales y luego adormeciendo sus mecanismos de control y responsabilidad. De este modo se ha podido instalar la falacia en el comportamiento de los individuos.
Efectivamente un exceso de liquidez en el mercado y tipos de interés inverosímilmente bajos han inducido al ciudadano a un irracional consumismo y hedonismo. Y cuando llegan los problemas, al ciudadano se le adormece con soluciones ficticias y supuestos derechos sociales, que finalmente no hacen sino maquillar el hecho que vía impuestos e inflación recaerá sobre sus espaldas el enriquecimiento de unos pocos.
Al final, la culpa de toda esta situación económica que vivimos en estos días, la tiene el propio ciudadano: por su irresponsabilidad al vendarse los ojos ante la falacia de sus razonamientos que distanciaban necesidades y deberes. Pero como tiene los ojos vendados no se da cuenta y sigue indefenso.
Gracias por persistir en su blog
Teilhard
September 23rd, 2008 @ 9:40 pm
“Las leyes de la naturaleza equilibran de tal forma nuestros deberes y nuestras necesidades que cuando unos y otras se distancian debemos sospechar que nuestros razonamientos contienen alguna falacia”. ¡Ya lo creo que es acertada esta frase de Jefferson! ¿Sabe, Teilhard, que es por pensamientos como ese que admiro a estos pensadores, aunque ocupen posiciones de segunda categoría en la historia de la filosofía?
Una vida humana natural es aquella, por lo tanto, que sabe equilibrar sus necesidades y sus deberes. Siempre guardaré en mi corazón sentencias llenas de sabiduría que recuerdo desde mi primera lectura de las Escrituras. Por ejemplo, aquella atribuida a Pablo, el apóstol, cuando dijo: “Gran ganancia es la piedad acompañada de contentamiento; porque nada hemos traído a este mundo, y sin duda nada podremos sacar. Así que, teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto” (1ª Timoteo 6:6-8).
Pero ¡cuán orgulloso está el hombre moderno de haber multiplicado sus necesidades hasta la locura! ¿No hay un refrán que dice algo así como “Quien a los treinta años no es rico, vaya borrico? Borrico será, en cualquier caso, quien a esa edad no ha comprendido aún que “raíz de todos los males es el amor al dinero…”. Porque tiene usted razón al señalar que los gobiernos con su demagogia y los Bancos con su usura fabrican burbujas en las que a las gentes les encanta instalarse, hasta el punto de quien les advierte del engaño, y le intenta abrir los ojos, se convierte en su enemigo por decirles la verdad. ¡Qué cosas!
Y, sin embargo, hay algo más en los textos de Jefferson que también me gusta. Se trata de su declaración de que, perdida la esperanza de hacer recapacitar a sus conciudadanos, está dispuesto a hundirse y arruinarse con ellos, en el caso de que estalle la temida crisis. Para resolver la cual propone medidas -como retirar progresivamente el exceso de papel-, pero sin dejar de reconocer que cada uno tendrá su propia opinión, y que, además, es al legislativo, de cuya buena intención no duda, a quien le corresponde intervenir para proteger los intereses del pueblo que representan.
Magnífica muestra del talante democrático de este filósofo y político, que jamás renunció a confiar en el pueblo, a pesar de sus errores. Y magnífica lección para los politicastros de todos los tiempos…
Un cordial saludo.