Filosofía Digital

"Me he esmerado en no ridiculizar ni lamentar ni detestar las acciones humanas, sino en entenderlas." Baruch de Spinoza

YA NO HAY GRANDES CAUSAS, por Charles Handy

Archivado en: -CONCIENCIA VIGILANTE — November 1, 2009 @ 2:02 pm

“Estamos hundidos en las comodidades. Cuando competimos es para ganar la Copa Mundial o una medalla de oro. Esas cosas no hacen surgir un arte de altura ni unos hechos nobles, no conmueven el corazón más que un momento y tampoco alientan las revoluciones. Como los perros, si estamos bien alimentados, estamos satisfechos. Cuando el progreso científico y económico lleve a un número cada vez mayor de sociedades a la etapa de la satisfacción, entonces veremos el final de la historia. No es casualidad que en las sociedades democráticas la gente se preocupe de los beneficios materiales y de las mil pequeñas necesidades del cuerpo. Ya no hay grandes causas. Es difícil detectar grandes anhelos no cumplidos o pasiones irracionales latiendo, apenas escondidas, en un abogado en su primer año de trabajo como asociado en un bufete. Tenemos que encontrar nuestro orgullo en los deportes o en las excentricidades. Puede que no sea nada grande pero es mejor que cualquier alternativa concebible. Todos somos los últimos hombres ahora.” 

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A la larga, un sentido de continuidad y de conexiones mixtas no será suficiente para hacer que cualquier afán tenga objeto. Puede que nada lo sea. Francis Fukuyama, autor de “El fin de la Historia y el Último Hombre”, lo decía de esta manera:

El final de la historia será un momento muy triste. El afán por conseguir reconocimiento, la disponibilidad a arriesgar la propia vida por una meta puramente abstracta, la pugna ideológica mundial que exigía osadía, coraje, imaginación e idealismo, serán sustituidos por los cálculos económicos, la interminable resolución de problemas tecnológicos, preocupaciones medioambientales y la satisfacción de complejas demandas del consumidor. En el período poshistórico no habrá arte ni filosofía, sólo la perpetua conservación del museo de la historia humana.”

Estamos hundidos en las comodidades. Cuando competimos es para ganar la Copa Mundial o una medalla de oro. Esas cosas no hacen surgir un arte de altura ni unos hechos nobles, no conmueven el corazón más que un momento y tampoco alientan las revoluciones.

El argumento de Fukuyama es que la democracia liberal, la tolerancia que aporta y la abundancia que la hizo posible, han eliminado la voluntad de pelear por grandes causas. Estamos hundidos en las comodidades. Cuando competimos es para ganar la Copa Mundial o una medalla de oro. Esas cosas no hacen surgir un arte de altura ni unos hechos nobles, no conmueven el corazón más que un momento y tampoco alientan las revoluciones. Como los perros, si estamos bien alimentados, estamos satisfechos. Cuando el progreso científico y económico lleve a un número cada vez mayor de sociedades a la etapa de la satisfacción, entonces veremos el final de la historia.

Alexis de Tocqueville lo vio venir hace tiempo, en Estados Unidos:

Si imagino con qué nuevos rasgos podría el despotismo implantarse en el mundo, veo una multitud de hombres parecidos y sin privilegios que los distingan incesantemente girando en busca de pequeños y vulgares placeres, con los que contentan su alma, pero sin moverse de su sitio. Cada uno de ellos, apartado de los demás, es ajeno al destino de los otros; sus hijos y sus amigos acaban para él con toda la especie humana; por lo que respecta a sus conciudadanos, están a su lado y no los ve; los toca y no los siente; no existe más que como él mismo y para él mismo, y si bien le queda aún una familia, se puede decir al menos que ya no tiene patria. Por encima se alza un poder inmenso y tutelar que se encarga exclusivamente de que sean felices y de velar por su suerte. Es absoluto, minucioso, regular, previsor y benigno. Se asemejaría a la autoridad paterna si, como ella, tuviera por objeto preparar a los hombres para la edad viril; pero, por el contrario, no persigue más objeto que fijarlos irrevocablemente en la infancia; este poder quiere que los ciudadanos gocen, con tal que no piensen sino en gozar. Se esfuerza con gusto en hacerlos felices, pero en esa tarea quiere ser el único agente y el juez exclusivo; provee medios a su seguridad, atiende y resuelve sus necesidades, pone al alcance sus placeres, conduce sus asuntos principales, dirige su industria, regula sus traspasos, divide sus herencias, ¿no podría librarles por entero de la molestia de pensar y del trabajo de vivir?”

Las sociedades democráticas son tolerantes; no les dicen a sus ciudadanos cómo han de vivir o qué les hará felices, virtuosos o importantes. No es casualidad que en las sociedades democráticas la gente se preocupe de los beneficios materiales y de las mil pequeñas necesidades del cuerpo. Nietzsche, que deploraba este estado de cosas, decía que “el último hombre ha abandonado las regiones donde era difícil vivir, porque uno necesita calor”.

Uno sigue trabajando -continúa- porque el trabajo es una forma de entretenernos. Pero uno tiene cuidado no sea el caso que el entretenimiento sea demasiado molesto. Uno ya no se hace rico o pobre: ambas cosas requieren demasiado esfuerzo. ¿A quién sigue interesándole mandar? ¿Y a quién, obedecer? Ambas cosas exigen demasiado esfuerzo. Ni pastor ni rebaño. Todo el mundo quiere lo mismo: cualquiera que sienta de forma distinta entra voluntariamente en un manicomio”.

Tal vez, dice Fukuyama, fue el aburrimiento la verdadera causa de la Primera Guerra Mundial; demasiadas comodidades para la burguesía europea. Si fue así, consiguieron más incomodidad de la que buscaban y no querían que sucediera lo mismo de nuevo. En 1989 los ciudadanos de la entonces Alemania Occidental no se sentían muy entusiasmados por la idea de unificar su país cuando cayó el Muro. Puede que costara demasiado. Y así fue. Los políticos de Europa no se apresuraron a defender Bosnia cuatro años después. Sabían que sus ciudadanos no tendrían estómago para esa causa. Sólo las guerras no sangrientas (es decir, no sangrientas para las democracias), como la del Golfo, despiertan algún entusiasmo.

Ya no hay grandes causas. Completamos nuestros currículos con la esperanza de que sean la vía para alcanzar un estilo de vida al que nos sentimos acostumbrados. Es difícil detectar grandes anhelos no cumplidos o pasiones irracionales latiendo, apenas escondidas, en un abogado en su primer año de trabajo como asociado en un bufete. Tenemos que encontrar nuestro orgullo en los deportes o en las excentricidades. Puede que no sea nada grande pero es mejor que cualquier alternativa concebible. Todos somos los últimos hombres ahora.

Por otro lado, puede que no nos guste el final de la historia cuando lo veamos. Fukuyama de nuevo: “El propio interés bien entendido llegó a ser un principio ampliamente comprendido que sentó una base baja pero sólida para la virtud pública en los Estados Unidos… Pero a la larga, aquellos valores tuvieron un efecto corrosivo en los valores… necesarios para sostener unas comunidades fuertes y, por ello, en la capacidad de una sociedad liberal para sostenerse con sus propios recursos”. Hegel comprendió que la necesidad de sentirse orgulloso de la propia humanidad no se vería satisfecha por la paz y la prosperidad que llega con el “final de la historia”. En 1806 escribía: “Estamos a las puertas de una época importante, un tiempo de fermento… cuando se está preparando una nueva fase del espíritu”. Casi 200 años más tarde estamos de nuevo en otro tiempo de fermento, en otro bosque oscuro. Puede que todavía no sea el final de la historia.

Maslow tenía razón cuando postulaba que había una jerarquía de necesidades, que cuando se tienen suficientes bienes materiales, se ponen las miras en el prestigio social y luego en la autorrealización. Sin embargo, tal vez su jerarquía no iba lo bastante lejos. Podría haber una etapa más allá de la autorrealización, una etapa que podríamos llamar idealización, la búsqueda de un ideal o causa que sea más que uno mismo. Es esta etapa extra la que redimiría el tono egocéntrico de la tesis de Maslow la cual, pese a que encaja con buena parte de nuestra propia experiencia, deja un sabor de boca un tanto amargo.

* * *

CHARLES HANDY, La Edad de la paradoja. Ediciones Apóstrofe, 1996. Traducción: Mª Isabel Merino. [FD, 25/09/2008]

1 comentario »

  1. Nacho:

    Se dice que la filosofía comienza en Grecia, de aquí salieron grandes pensadores en una época dada, 850 AC en adelante. Este fue una realidad en un contexto particular, ese contexto se refería al estado en el cual se encontraba el imperio griego, es esta época grecia contaba con una poderío militar fenomenal, gracias al cual dominaban y ostigaban numerosos pueblos aledaños, obligándolos a remitir ciertos pagos a la metrópli, asi se generaba en Atenas una clase la cual podía vivir tranquilamente sin trabajar, teniendo todas sus necesidades básicas cubiertas pudiendose dedicar al desarrollo del culto, educación, artes, etc.
    Es aquí donde veo una profunda diferencia con el mundo en nuestro días, hoy cuando la tecnología y el desarrollo ha logrado que un gran porcentaje de la población tenga estas necesidades básicas cubiertas, nos encontramos que ese mismo porcentaje sólo se dedica a hacer un culto del placer por el placer mismo, al sólo hecho de pasarla bien sin importar lo que queda atrás. Me parece que esta parte de la pobleación tiene muy poca estima por la vida, por sus posibilidades diferenciales, y por la suerte que les tocó vivir. Tdoas estas personas (ojo no es crítica hacia nadie) no asume compromiso, no se impone proyectos ambiciosos, no pretende mas nada de la vida que el simple hecho de vivir bien, sin darse cuenta que un día morirán y abrán venido al mundo tan sólo a ser un animal, que nace, come, vive, se reproduce y muere.
    A ver… no critico a nadie, es más, soy de los que piensan que cada uno vive la vida como mejor le plazca, sólo que no comparto aquellas personas que con la mayoría de las cosas resueltas dejan de lado su deesarrollo personal, olvidando lo gratificante que puede llegar ser el cumplimiento de las propias metas fijadas. Metas en el sentido mas amplio que se le puede dar a la palabra, podría ser mi meta tocar bien la guitarra, y se transforma en un objetivo válido desde el momento que asumo un verdadero compromiso con mi meta, desde el momento en que ese compromiso lleva implícito un esfuerzo, pase lo que pase, dejando de lado ciertas cosas…

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