LOS ATEOS SÓLO SON FILÓSOFOS A MEDIAS, por Voltaire
“Somos seres inteligentes; luego seres inteligentes no pudieron ser creados por un ser grosero, insensible, ciego: luego la inteligencia de Newton provino de otra inteligencia. Este argumento es antiguo, pero no por eso es malo. El mismo Spinoza admite esa inteligencia como base de su sistema: no le habéis leído y debéis leerle. En cuanto a la moral, es evidente que vale más reconocer a Dios que negarlo. Es positivo que no se enseña el ateísmo en las escuelas de los hombres de letras de China; pero es cierto, sin embargo, que muchos de sus hombres de letras son ateos, pero es porque sólo son filósofos a medias. Los que sostienen que puede subsistir una sociedad de ateos, tienen, pues, razón, porque las leyes son las que forman las sociedades; y esos ateos, siendo filósofos por añadidura, pueden pasar la vida tranquila y feliz a la sombra de dichas leyes, viviendo más fácilmente en sociedad que los fanáticos supersticiosos. Poblad una ciudad de Simónides, de Protágoras y de Spinozas; poblad otra ciudad de jansenistas y de molinistas, y probaréis de ese modo la verdad del pensamiento que acabo de sentar. Verdad es que siempre esperaré que sea más justo el que crea en Dios que el que no crea; pero también esperaré más disgustos y más persecuciones de los que son supersticiosos. El ateísmo y el fanatismo son dos monstruos que pueden desgarrar y destruir la sociedad; pero el ateo, aunque persevere en su error, conserva siempre el juicio, que le corta las garras, y el fanático está atacado de una continua locura, que afila las suyas.”
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Somos seres inteligentes; luego seres inteligentes no pudieron ser creados por un ser grosero, insensible, ciego: luego la inteligencia de Newton provino de otra inteligencia. Cuando contemplamos una máquina complicada, comprendemos en seguida que es producto de un buen constructor. El mundo es una máquina admirable; luego la ha construido una gran inteligencia. Este argumento es antiguo, pero no por eso es malo.
HASTA EL MISMO SPINOZA PUSO A LA INTELIGENCIA CREADORA COMO BASE DE SU SISTEMA: NO LE HABÉIS LEÍDO Y DEBÉIS LEERLE
Todos los cuerpos vivos se componen de palancas y de poleas que obran obedeciendo a las leyes de la mecánica; de jugos que hacen circular perpetuamente las leyes de la hidrostática; y nos sorprendemos de que todos esos seres estén dotados de sentimiento, que no tiene nada que ver con su organización.
El movimiento de los astros y el de la tierra alrededor del sol, se opera en virtud de las leyes más profundas de las matemáticas. ¿Cómo Platón, que no conocía ninguna de esas leyes; que dijo que sólo podían existir cinco mundos, porque sólo existían cinco cuerpos regulares; y que ignoraba la trigonometría esférica, pudo tener tanto genio e instinto tan perspicaz, que llamó a Dios el Eterno Geómetra y pudo comprender que existía una inteligencia creadora? Hasta el mismo Spinoza tiene que confesarlo. Es imposible combatir esa verdad que nos rodea y que nos estrella por todas partes. Eso no obstante, conozco espíritus sediciosos y tercos que niegan la existencia de la inteligencia creadora, y sostienen que únicamente el movimiento creó por sí mismo todo lo que vemos y todo lo que somos. Sostienen con audacia que la combinación del universo era posible, puesto que existe; luego también es posible que sea obra del movimiento. [...]
Si consideráis en seguida los astros, sus combinaciones, sus movimientos, los seres que vegetan, que viven, que sienten, que piensan y que obran en todos los globos, aumentaréis el número de las probabilidades: multiplicad ese número en toda la eternidad hasta el número que llamamos infinito, y en esa multiplicación obtendréis siempre una unidad en favor de la formación del mundo tal como está formado, exclusivamente por el movimiento; luego es posible que en toda la eternidad el movimiento de la materia haya creado el universo tal como existe; de modo que no sólo es posible que el mundo sea como es, sólo por el movimiento, sino que es imposible que deje de ser, como decimos, después de las infinitas combinaciones.
La suposición que acabo de suscribir detalladamente la encuentro prodigiosamente quimérica por dos razones: la primera por que en ese universo imaginario no existen seres inteligentes, y no me podréis pobrar que el movimiento produzca la inteligencia: la segunda razón consiste en que, según vuestra propia confesión, puede apostarse el infinito contra uno a que una causa inteligente y creadora anima el universo. Cuando el hombre se encuentra solo frente a frente del infinito comprende su insignificancia.
El mismo Spinoza admite esa inteligencia como base de su sistema: no le habéis leído y debéis leerle. ¿Por qué pretendéis ir más lejos que él, y con necio orgullo sumergir vuestra débil razón en el abismo donde Spinoza no se atrevió a descender? Convenceos de que es una extrema locura afirmar que una causa ciega consiga que el cuadrado de una revolución de un planeta equivalga siempre al cuadrado de las revoluciones de los demás planetas, como el cubo de su distancia equivalga al cubo de las distancias de los demás, al centro común. ¡Oh, los astros son grandes geómetras, y el eterno geómetro reglamentó la carrera de los astros! Mas ¿dónde está el eterno geómetra? ¿Está en un sitio o en todos los sitios sin ocupar espacio? No lo sé. ¿Dirige el universo con su propia sustancia? No lo sé. ¿Es inmenso sin cualidad y sin cantidad? No lo sé. Lo único que sé es que debemos adorarlo y ser justos.
Entre los cristianos hubo muchos ateos; pero en la actualidad hay muchos menos. Esto, que a primera vista parece una paradoja y examinándola parecerá una verdad, consiste en que la teología lanzó con mucha frecuencia a los espíritus en el ateísmo y la filosofía los sacó de él. En los tiempos primitivos podía perdonarse a los hombres que dudaran de la Divinidad, porque veían que los que se la anunciaban disputaban unos contra otros respecto a la naturaleza de ésta. Los primeros padres de la Iglesia sostuvieron que Dios era corporal; los que les sucedieron, no le concedían extensión y, sin embargo, le hacían morar en una parte del cielo: según unos, creó el mundo al crear el tiempo, y según otros creó el tiempo después; éstos sostenían que su Hijo era semejante a Él; aquéllos que el Hijo no era semejante al Padre. Tampoco estaban acordes en el modo cómo la tercera persona se derivaba de las otras dos. También disputaban si el Hijo en el mundo se componía o no de dos personas.
LA SANA FILOSOFÍA DESTRUYÓ EL ATEÍSMO AL QUE LA OSCURA TEOLOGÍA DABA ARMAS
De modo que, sin que ellos se apercibieran, plantearon la cuestión en estos términos: si había en la Divinidad cinco personas, contando dos en Jesucristo en el mundo y tres en el cielo; o cuatro personas, contando a Cristo en el mundo sólo por una; o tres personas, considerando sólo a Cristo como a Dios. Disputaban también sobre su madre, sobre el descendimiento al infierno y a los limbos, sobre la manera cómo se comía el cuerpo del Hombre-Dios y cómo se bebía su sangre, sobre su gracia, sobre los santos y sobre otras muchas materias.
Al ver tan desacordes unos con otros los confidentes de la Divinidad, y anatematizándose recíprocamente de siglo en siglo, pero acordes todos ellos en la inmoderada sed de acaparar riquezas y poder; al ver, por otra parte, el prodigioso número de desgracias y de crímenes que infectaban la tierra, muchos de ellos, provocados por las contiendas de los directores de las almas, debemos confesar que era lícito al hombre razonable dudar de la existencia de un Ser Supremo tan extrañamente anunciado, y al hombre sensible creer que el Dios que espontáneamente había creado tantos desgraciados no debía existir.
Supongamos, poniéndolo por ejemplo, que un físico del siglo XV lea en la Suma de Santo Tomás estas palabras: “La virtud del cielo, en vez del esperma, basta con los elementos y con la putrefacción para producir la generación de los animales imperfectos.” He aquí las deducciones que de ese pensamiento hubiera sacado el físico: Si la podredumbre y los elementos basta para producir animales informes, hay que suponer que con un poco más de podredumbre y con un poco más de calor podríamos obtener animales más completos. La virtud del cielo, en este caso, no es más que la virtud de la naturaleza. Creeré, pues, como Epicuro y Santo Tomás, que los hombres pueden nacer del limo de la tierra y de los rayos del sol; y todavía este origen es demasiado noble para seres tan desgraciados y perversos. ¿Por qué he de creer, pues, en un Dios creador que sólo me presentan formulando ideas contradictorias e irritantes?
Por fortuna nació la física y con ella la filosofía, y entonces se supo de un modo indudable que el limo del Nilo no es capaz de producir ni un insecto, ni una espiga de trigo; y hemos tenido que reconocer gérmenes, relaciones, medios y correspondencia asombrosa sobre todos los seres. Hemos estudiado los rayos de luz que parten del sol y van a iluminar los globos y el anillo de Saturno… Nació luego un filósofo que descubrió las sencillas y sublimes leyes que rigen a los globos celestes girando en el abismo del espacio. De modo que, al conocer mejor la obra admirable del universo, hemos reconocido al Supremo arquitecto, y sus leyes uniformes y constantes nos han hecho reconocer un Supremo legislador. La sana filosofía destruyó, pues, el ateísmo, al que la oscura teología daba armas.
Sólo quedó el recurso a un reducido número de espíritus descontentadizos, a quienes afectan más las injusticias supuestas de un Ser Supremo que halaga su sabiduría, de obstinarse en negar la existencia de ese primer motor. Dicen: la naturaleza existe desde toda la eternidad; todo está en movimiento en la naturaleza; luego todo cambia en ella continuamente. Luego, si todo cambia siempre, es preciso que lleguen todas las combinaciones posibles, y la combinación presente de todas las cosas pudo ser efecto exclusivo del movimiento y del cambio eterno. Tomad seis dados, echadlos, y apostamos uno contra mil a que no sacaréis seis veces el mismo número con los seis dados. De ese modo, en el transcurso de una infinidad de siglos, no es imposible que una de las combinaciones infinitas sea la creación del Universo.
AL QUE TIENE EXPERIENCIA, Y SABE QUE LAS RELIGIONES NO TIENEN LA MENOR INFLUENCIA SOBRE AMBICIONES, GUERRAS E INTERESES, LE ES MUCHO MÁS GRATO CONVIVIR CON ATEOS QUE CON FANÁTICOS Y SUPERSTICIOSOS
Este argumento ha seducido espíritus muy razonables; pero que no reflexionan que el infinito se opone a ese raciocinio y no se opone en cambio a la existencia de Dios. Debían también comprender que, si todo cambia, las menores especies de las cosas no debían ser inmutables, como lo son desde hace muchísimo tiempo. Por lo menos no tienen ninguna razón para creer que nuevas especies no se forman todos los días, y, por el contrario, es muy probable que una mano poderosa, superior a esos cambios continuos, contenga todas las especies en los límites que les ha prescrito. De modo que el filósofo que reconoce a Dios, tiene para defender su causa multitud de probabilidades que equivalen a la certidumbre, y el ateo sólo tiene dudas. Podríamos alegar muchas más pruebas filosóficas que destruyen el ateísmo.
En cuanto a la moral, es evidente que vale más reconocer a Dios que negarlo. Interesa a todos los hombres que exista una divinidad que castigue lo que la justicia humana deja impune; pero también es evidente que vale más no reconocer a ningún dios que adorar a un bárbaro, al que sacrifican hombres, como sucede en algunas naciones.[...]
Es positivo que no se enseña el ateísmo en las escuelas de los hombres de letras de China; pero es cierto, sin embargo, que muchos de sus hombres de letras son ateos, pero es porque sólo son filósofos a medias; y, aunque lo sean, es indudable que es preferible vivir con ellos en Pekín, disfrutando de la benignidad de sus costumbres y de sus leyes, a vivir en Goa, expuestos a pasar los días encadenados en las prisiones de la Inquisición y salir sólo de ellas disfrazados con una ropa llena de azufre y sembrada de diablos para ir a morir abrasados en las llamas de las hogueras.
Los que sostienen que puede subsistir una sociedad de ateos, tienen, pues, razón, porque las leyes son las que forman las sociedades; y esos ateos, siendo filósofos por añadidura, pueden pasar la vida tranquila y feliz a la sombra de dichas leyes, viviendo más fácilmente en sociedad que los fanáticos supersticiosos. Poblad una ciudad de Simónides, de Protágoras y de Spinozas; poblad otra ciudad de jansenistas y de molinistas, y probaréis de ese modo la verdad del pensamiento que acabo de sentar. El ateísmo, considerándolo sólo con relación a esta vida, sería muy peligroso en un pueblo feroz; pero tener falsas ideas sobre la Divinidad no es menos pernicioso.
Casi todos los grandes del mundo viven como si fuesen ateos. El que tiene experiencia y muchos años sabe reconocer a un dios, cuya presencia y justicia no ejercen la menor influencia sobre las guerras, los tratados y los motivos de ambición, de interés o de placer, que consumen todo su tiempo, y observa todas las reglas establecidas en la sociedad, y le es mucho más grato vivir así que con supersticiosos y con fanáticos. Verdad es que siempre esperaré que sea más justo el que crea en Dios que el que no crea; pero también esperaré más disgustos y más persecuciones de los que son supersticiosos.
El ateísmo y el fanatismo son dos monstruos que pueden desgarrar y destruir la sociedad; pero el ateo, aunque persevere en su error, conserva siempre el juicio, que le corta las garras, y el fanático está atacado de una continua locura, que afila las suyas.
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VOLTAIRE, Diccionario filosófico. Ediciones Temas de Hoy, tomo I. Prólogo de Fernando Savater. Edición, notas e introducción de Ana Martínez Arancón.
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April 8th, 2009 @ 8:43 pm
Me parece tan pobre su comentario que solamente me voy a molestar en comunicarle tal condicion.
April 8th, 2009 @ 8:44 pm
Hombre, Retamero, pues eso dígaselo usted a Voltaire, autor del fragmento, en el improbable caso de que se lo encuentre por ahí. Ahora bien, para pobre de solemnidad, el comentario de usted. Porque si tuviere razón, además de corazón, sería su deber enriquecerlo con sabiduría en vez de despreciarlo con soberbia.
Pues imagínese que se encuentra con un pobre, pidiendo limosna, y se le ocurre soltarle algo así: “Me parece usted tan pobre que solamente me voy a molestar en comunicarle tal condición.” A lo que el pobre, si aún le resta una pizca de legítimo orgullo, bien le podría contestar: “Señor mío, no ignoro mi condición, pero me temo que usted sí desconoce la suya: es usted un majadero integral”.
Desde que he empezado a publicar en Internet, mayormente textos de autores consagrados, he comprobado, entre divertido y atónito, cuánto abunda esa especie autóctona que se ha criado en la Red: la de los impertinentes que, sin revelar jamás su identidad, se infiltran en los blogs, sueltan sus cagarrutas o boñigas y se van tan orondos como si estuvieran orgullosos de sus deposiciones.
Pues nada, depongan, depongan,… que hasta los excrementos pueden servir para abono.