Filosofía Digital

"Me he esmerado en no ridiculizar ni lamentar ni detestar las acciones humanas, sino en entenderlas." Baruch de Spinoza

LA CAUSA DE NUESTROS MALES, por Jesús Nava

Archivado en: -MUNDO LIBRE — December 13, 2009 @ 12:23 pm

“Se ven pueblos cuya primera educación ha sido tan viciada y cuyo carácter presenta tan extraña mezcla de pasiones, de ignorancia y de erróneas nociones sobre todo, que por sí mismos no serían capaces de discernir la causa de sus desgracias; tales pueblos sucumben a males que ignoran” (Alexis de Tocqueville).

* * * * * *

Me había propuesto no dar una definición de democracia, pero está visto que el hombre propone y la necesidad dispone. Pensé que sería suficiente con describirla y pergeñar sus rasgos principales. Me equivoqué. Porque aunque hay tantas definiciones de la democracia como del amor, casi todas son nominales, no reales. Me explico.

DEMOCRACIA, EL GOBIERNO DE TODOS LOS CIUDADANOS

Ya Pascal, entre otros, decía que antes de discutir sobre cualquier asunto los discutidores deberían definir los términos que usan, para entenderse al menos verbalmente. Spinoza, por su parte, demostró en su Ética, cuán más eficaz es la definición real de las cosas que la definición nominal de las mismas.

Constitución española de 1978.

La definición nominal expresa la opinión particular que uno tiene acerca de lo definido. La real, en cambio, lo que la cosa es en sí misma. Ya sé, ya, que Kant, dijo -y si lo dijo el sabio profesor hay que pensárselo mucho antes de llevarle la contraria-, que la cosa en si era inalcanzable para la razón. Pero es que yo no soy kantiano. En la sección de filosofía me explayaré sobre este tema.

Como tampoco soy esencialista -ni existencialista-, no creo que la idea de democracia esté flotando en el éter desde siempre y vaya a descender sobre nosotros como por arte de magia. Las teocracias tal vez sean revelaciones divinas -como pretenden las religiones-, pero la democracia es una creación de la necesidad y la razón.

La necesidad, que todo lo gobierna con mano de hierro y trata a los humanos como a perros de paja, ha inducido a los hombres, al margen de la conciencia que ellos tengan del proceso, a constituir, en cualquier lugar donde se encuentren, algún tipo de sociedad sujeto a normas comunes. Cuando esa sociedad civil, cede al Estado la capacidad de dictar leyes, juzgar y gobernar, se convierte en sociedad política, y según que el poder esté en manos de uno, de algunos o de todos, tendremos otros tantos regímenes políticos: autocrático, oligocrático o democrático.

Digo, pues, que democracia es el gobierno de todos. Si el poder político lo detenta uno solo, aunque sea inevitable que se rodee de una corte o camarilla, estaremos ante una monarquía o dictadura. Si está en manos de unos cuantos, tenemos una oligarquía, aunque sea de partidos. Y allí donde el pueblo consigue retener y ejercer el poder político de juzgar, legislar y gobernar, aunque no tenga más remedio que hacerlo a través de sus representantes-, estaremos en una democracia.

Queda claro, pues, al menos para mí, que allí donde los poderes del Estado están acaparados por ciertas minorías o por una sola clase -aunque sea la clase trabajadora-, no hay democracia política ni libertad.

LA MEJOR CONSTITUCIÓN ES AQUELLA DONDE EL GOBIERNO DEL PUEBLO ES TANTO UN DERECHO COMO UN HECHO

Ahora bien, lo dicho hasta ahora no sería más que una definición nominal, casi etimológica, de la democracia. Por eso, para dar una definición real de ella, debemos fijar la estructura del poder en un régimen democrático y darle una Constitución tal que el gobierno del pueblo, aunque lo designe la mayoría, sea tanto un derecho como un hecho.

¿Cuál es la mejor Constitución de un Estado libre y democrático? Aquella que consiga la paz y la concordia entre los gobernados, mediante leyes justas y equitativas, comunes a todos, y logre que “sus asuntos públicos estén organizados de tal modo que quienes los administran, tanto si se guían por la razón como por la pasión, no puedan sentirse inducidos a ser desleales o a actuar de mala fe. Pues para la seguridad del Estado no importa qué impulsa a los hombres a administrar las cosas, con tal que sean bien administradas. En efecto, la libertad de espíritu o fortaleza es una virtud privada, mientras que la virtud del Estado es la seguridad” (Spinoza, Tratado Político).

Esa seguridad del ciudadano sólo puede conseguirse, según la opinión de todos los tratadistas de la democracia, avalada por siglos de experiencia, mediante una Constitución democrática que respete al máximo las libertades naturales del individuo y suprima únicamente el derecho de hacer daño a otros; que separe y mantenga independientes entre sí los poderes del Estado, a fin de que se vigilen mutuamente y prevengan o castiguen la corrupción política y los abusos del poder; que implante las elecciones directas, por sufragio universal, de todos los cargos públicos, para que los políticos de verdad representen al pueblo; y que descentralice el poder en favor de los municipios, ámbito natural de la vida ciudadana donde, por la cercanía de la política municipal, se podría ejercer una democracia casi directa.

Así, la Constitución y sus leyes serían el alma de la nación, producirían la concordia en el cuerpo social, y haría brotar en todos los ciudadanos el legítimo sentimiento patriótico de saberse miembros respetados y respetables de un Estado libre y democrático. A partir de ahí, la prosperidad general sería imparable y la democracia social dejaría de ser una utopía.

Ningún país tiene por qué sucumbir, una y otra vez, a males cuyas causas ignora. Allí donde hay odio de clases, despotismo, partitocracia, corrupción, terrorismo, sediciones, injusticia y leyes inicuas, no será debido a la especial ignorancia o terquedad del pueblo, pues la naturaleza humana es la misma en todas partes, sino a que esa sociedad carece de la mejor Constitución: la democrática. Cada nación tiene el gobierno que su constitución se merece.

Luchar por la implantación pacífica y civilizada de la democracia en el mundo es luchar por nuestra propia libertad. Y un deber de humanidad.

[FD, 20/02/2006]

2 comentarios »

  1. Linus:

    Efectivamente, una cosa es la teoría, y otra su aplicación práctica. La democracia puede ser infructuosa si no existe un conjunto de normas donde ubicarla, por lo que resulta que aquella, la democracia, es insuficiente para lograr un sistema político que respete valores como la igualdad, libertad, etc.

    Nos hemos acostumbrado a empezar por la democracia, pero a mi entender esta no es más que una de las facetas de un sistema justo. La demostración de esto es el uso que se está haciendo de la democracia por parte de algunos gobiernos para dar una apariencia (Venezuela, Cuba, y quien sabe si España dentro de poco por las cosas que oigo) pero en realidad tratarse de oligarquías.

    En la wikipedia en las definiciones de fascismo y comunismo, se han dado cuenta (nos hemos dado cuenta) de que son bien distintas las definiciones teóricas de estos movimientos con sus implantaciones y consecuencias a lo largo de la historia.

    La democracia supongo que es otro caso más.

  2. Linus:

    Cosas de la rapidez y de las comparaciones.

    No pretendo establecer una equivalencia entre democracia con los conceptos anteriores, sino significar que además de la justificación teórica, ha de implantarse adecuadamente, como se comenta en la publicación de Oliver, la separación de poderes, y etc…

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