Filosofía Digital

"Me he esmerado en no ridiculizar ni lamentar ni detestar las acciones humanas, sino en entenderlas." Baruch de Spinoza

DIOS, por Jesús Nava

Archivado en: -LA SAGRADA BATALLA — December 18, 2009 @ 9:17 pm

“No podemos estar más seguros de la existencia de cosa alguna que de la existencia del Ser absolutamente infinito, o sea, perfecto, es decir, Dios.”  SPINOZA 

* * * * * * 

La mayoría de las buenas y significativas palabras están tan manoseadas y ajadas por el uso, cuando no claramente corrompidas, que ha sido una tentación casi constante, en la historia del pensamiento, la de inventar un nuevo vocabulario para designar las ideas novedosas que los filósofos iban alumbrando.

Spinoza, como ya antes Descartes, desechó esa posibilidad, por inútil. Un filósofo no es un poeta ni un escritor. No inventa neologismos, que tendría que pararse a explicar, ya que nadie le entendería (verbigracia, las mónadas de Leibniz). En todo caso, es un inventor de ideas, formas de la inteligencia pura. Intenta captar, en la medida de sus fuerzas, la naturaleza de las cosas. Pero no limpia, ni fija, ni da esplendor a las palabras. Las usa, más bien, como el labrador emplea el azadón o el arado, que otros han fabricado, para labrar su campo.

AL DIOS DESCONOCIDO, ¿QUÉ NOMBRE LE PONDREMOS?

Un pensador auténtico no es un “palabrero”. Así calificaron a Saulo de Tarso, en Atenas, unos cuantos estoicos y epicúreos, integrantes de aquella masa de atenienses y extranjeros, que, según Lucas, historiador y médico, “en ninguna otra cosa se interesaban sino en decir o en oír algo nuevo” (Hechos 17). Invitado a hablar en el Areópago, Saulo, también conocido como Pablo, habiendo encontrado en la ciudad un altar con la inscripción “AL DIOS DESCONOCIDO”, empezó diciendo: “Al que vosotros adoráis, pues, sin conocerle, es a quien yo os anuncio”.

Zeus, Yahvéh o Alá son los nombres propios de los dioses de ciertas religiones. Dios, en cambio, es más bien la palabra con que, nosotros al menos, designamos la Naturaleza divina, infinita y eterna.

Spinoza, salvando las distancias, también advirtió que las palabras que usaba para expresarse, las tomaba prestadas del lenguaje del pueblo llano; y añadió: “No son pocas las ventajas que podemos sacar de ahí, si nos adaptamos, cuanto nos sea posible, a su capacidad. Añádase a ello que, de ese modo, se dispondrán benévolamente a escuchar la verdad”.

Pero como esto podía ser interpretado, y así ocurrió, como una astuta claudicación, en vez de como un gesto de modestia y realismo, hizo esta acotación en su Ética:

Sé que estos nombres significan otra cosa en el uso corriente. Pero mi designio no es el de explicar el significado de las palabras, sino la naturaleza de las cosas; designando éstas con aquellos vocablos cuya significación, según el uso, no se aparte enteramente del significado que yo quiero atribuirles. Bastará con advertir esto una vez”.

Hasta tal punto fue fiel a esta regla, que prefirió no designar cierto sentimiento, por no satisfacerle ningún vocablo ordinario: “No sé con qué nombre debe llamarse a la alegría que surge del bien de otro” (Ética, III-23). En cambio, no tuvo dudas sobre qué nombre debía poner al Ser infinito y eterno: “LE LLAMARÉ DIOS”.

Ni aún así se libró de la acusación de sutil talmudista por parte de los profesionales de la inteligencia o parásitos de la filosofía, como denominaba el implacable Schopenhauer a los filósofos segundones y a los profesores universitarios, que gustaban de ser oscuros con tal de parecer profundos:

Salgan, en fin, a la luz, como hasta aquí cada día nuevos sistemas, amañados no más que con palabras y frases, para uso de las Universidades, juntamente con una culta jerga en que se pueda hablar días enteros sin decir cosa alguna, y que jamás turbe ese placer aquella sentencia arábiga que dice: “Oigo el ruido del molino; pero no veo la harina”.

Harina sí que extrajo Spinoza, y en tal cantidad, que ha sido capaz de saciar el hambre de Verdad de cuantos han acudido a su filosofía, valga decir, a su molino. El solo nos compensa con creces de la gran masa de filósofos y escritores gárrulos que nos han hecho perder el tiempo con su cháchara insustancial; porque, en palabras de Heráclito, “uno es para mí como diez mil, con tal que sea el mejor”.

EL INDOLENTE SE ASOMBRA DE CUALQUIER PALABRA

¿A quién engañó el filósofo más honrado que haya pisado jamás la tierra al denominar “Dios” al Ser infinito y eterno? ¿No les gusta a los profesores adocenados, a los ateos de conveniencia o a los materialistas indolentes? ¿Les parece que la palabra Dios tiene un tufillo a sotana y sacristía? ¿Se debería inventar, para complacer sus intelectos sofisticados y sus prejuicios anticlericales, otra palabra para nombrar lo eterno? Pues, ¡que la inventen ellos!

El indolente se asombra de cualquier palabra”. A nosotros, en cambio, la palabra “Dios” nos vale, ya lo creo. Y no es que no reconozcamos, con Heráclito, que “lo uno, el único sabio, quiere y no quiere llamarse con el nombre de Zeus”. Pero es que Zeus, Yahvéh o Alá son los nombres propios de los dioses de ciertas religiones. Dios, en cambio, es más bien la palabra con que, nosotros al menos, designamos la Naturaleza divina, infinita y eterna. Y no es un subterfugio. ¿Acaso el significado común se aleja “enteramente” del que nosotros queremos atribuirle? Con todo, si alguien quiere pleitear por un vocablo, no aceptaremos el envite.

Demasiado bien sabemos cómo los hombres, hartos de una divinidad incorruptible que no podían ver, han acabado esculpiendo sus dioses de una piedra o un leño, a semejanza de lo que veían e imaginaban, y poniéndoles nombres a capricho. He leído que los beduinos del desierto, antes de Mahoma, se postraban, en mitad del camino, ante dioses amasados para la ocasión con arena y leche de camella. Bien, ¿y qué?

¿POR QUÉ LO DIVINO SE SUSTRAE AL CONOCIMIENTO? 

¿Dejaremos de hablar del Amor, porque los necios lo confundan con el placer o el deseo? ¿Renunciaremos a la Libertad porque las masas, embrutecidas por la propaganda, luchen por su esclavitud como si ésta fuera aquélla? ¿Negaremos la Bondad porque las hombres buenos sean muy pocos? ¿No aspiraremos a la Justicia porque el Derecho esté corrompido? ¿Vamos a abandonar, en fin, el uso de la palabra “Dios” porque meapilas, racionalistas y jacobinos la cubran de oprobio? No, por cierto.

Los deístas y ateos, en general, más que alegrarse por saber, como Spinoza, que los dioses no existen, que el Olimpo está vacío, y “que todos los objetos que los hombres han adorado alguna vez, sin fundamento, no son más que fantasmas y delirios de un alma triste y temerosa”, adoptan un aire burlón que no casa bien con su pretendida superioridad intelectual o moral. Muy al contrario, no se avergüenzan de perseguir, con un ímpetu digno de mejor causa, las quimeras y fantasías que las mentes débiles conciben en su imaginación. Como si inventar fantasmas fuera mayor locura que dedicarse a perseguirlos.

¿Acaso el espejismo que sufre el que arde de sed en el desierto, prueba que el oasis que ve donde no está, engañado por los sentidos, no existe en otra parte? ¿Es sensato y humano que un guía se burle del que está desorientado, en vez de mostrarle en qué dirección hallará el manantial del que podrá beber hasta saciarse? Pues eso es lo que hacen los ateos burlones y los deístas volterianos.

¿De qué se ríen? Porque ellos tampoco son capaces de percibir a Dios “con el entendimiento”. Al fin y al cabo, la incredulidad para lo suprasensible (que no sobrenatural) o metafísico (que no espiritualista), no deja de ser una especie de torpeza u ofuscación de la inteligencia. Si el supersticioso alucina con entes que no existen, el ateo se ciega ante la evidencia de lo eterno. No sabría yo decir qué enfermedad espiritual es más grave, si la locura o la ceguera.

No juzguemos superficialmente sobre las cosas máximas”. El que no es perceptivo para lo esencial, carece necesariamente del conocimiento de lo mejor; y al ser incapaz de alcanzar la certeza, se muestra incrédulo, despreciando lo que ignora. Y es que, en palabras de Heráclito, “casi todo lo divino se sustrae al conocimiento por falta de fe”. 

LAS OPINIONES HUMANAS, JUEGOS DE NIÑOS 

Aunque trataremos el tema aquí, quien desee conocer la naturaleza de Dios, que estudie a fondo el Libro I de la Ética de Spinoza. Es más, le recomiendo que empiece por el Apéndice. Verá cómo, en lo concerniente a Dios, Spinoza demuele, con demostraciones incontrovertibles, el antropomorfismo de los teístas y deístas; el finalismo o teleología de los cientificistas; y la negación absurda e inconsistente de los ateos.

Más aún, Spinoza les dice a teólogos, filósofos y científicos, en el siglo XVII, algo que todavía no han aprendido los modernos: que todos ellos contemplan el edificio de la Naturaleza al revés. Y que todos sus criterios morales, tales como: Bien y Mal, Orden y Desorden, Calor y Frío, Belleza y Fealdad, Alabanza y Vituperio, Pecado y Mérito, etc., “son sólo modos de imaginar, y no indican la naturaleza de cosa alguna, sino sólo la contextura de la imaginación”.

Entre la “estúpida admiración” de teólogos y supersticiosos, y las “controversias” interminables de filósofos y científicos, autoproclamados intérpretes de la Naturaleza, no es sorprendente que surgiera el escepticismo: “Las opiniones humanas son juegos de niños”. Pero que Dios existe es una verdad axiomática, o sea, eterna. De ahí que Spinoza hiciera una recomendación y expresara un deseo:

Si los hombres atendieran a la naturaleza de la substancia (Dios), no dudarían un punto de la verdad de la Proposición 7 (“A la naturaleza de una substancia pertenece el existir”). Muy al contrario, esta Proposición sería para todos un axioma, y se contaría entre las nociones comunes”.

Por eso -añadió en otro lugar- sería muy de desear que el género humano llegara a aceptar, de una vez, estas cosas con nosotros”.

[FD, 08/01/2006; 03:56 a.m.]

23 comentarios »

  1. Fernando G. Toledo:

    A todo esto intento responder en el artículo “La santidad de los ateos”. Un saludo.

  2. Ernesto:

    Hola, buenas tardes. Soy nuevo aquí. Veré a ver si soy capaz de hacer que esto funcione.

    Me ha parecido muy interesante este escrito sobre Dios, pero quisiera hacer un par de comentarios sobre este párrafo:

    “Hasta tal punto fue fiel a esta regla, que prefirió no designar cierto sentimiento, por no satisfacerle ningún vocablo ordinario: ‘No sé con qué nombre debe llamarse a la alegría que surge del bien de otro’ (Ética, III-23). En cambio, no tuvo dudas sobre qué nombre debía poner al Ser infinito y eterno: ‘LE LLAMARÉ DIOS’.

    1. Me extraña que Spinoza no supiera qué nombre darle a ese sentimiento, pues muchos han definido así el amor.

    2. En cuanto al nombre del ser infinito y eterno, dices que conviene llamarle Dios. Pero ese ser podría ser la materia, de la que algunos opinan que es precisamente infinita y eterna…

    Espero tu respuesta. Saludos.

  3. Jesús Nava:

    Con mucho gusto, Ernesto, procedo a contestarte:

    1.- Más que extraño, es sorprendente esa anotación de pasada que hace Spinoza en torno al sentimiento mencionado. Pero es una prueba del riguroso uso que hace de las palabras, hacia las que siempre manifestó un visible recelo. El sufrir con los que sufren y llorar con los que lloran es compasión, es decir, una pasión o padecimiento compartido, como la misericordia o la piedad. Pero es cierto que no hay una palabra inventada en el lenguaje corriente para el sentimiento consistente en alegrarse de la alegría ajena, cosa, por otro lado, muy poco frecuente.

    Claro que el amor tiene esa propiedad, como la de unirse a la persona amada. Pero ninguna de esas propiedades define la esencia del amor. La cuestión no tiene mayor importancia, pero es un ejemplo de que Spinoza escogía muy bien las palabras y si no había ninguna que fuera apropiada prefería no inventarla.

    2.- Un spinozista, recientemente, me ha censurado que yo haga uso de las palabras Dios y Religión, cosa que Spinoza hace con profusión. Naturalmente, ese Dios y esa Religión no tienen el mismo significado que vulgarmente se les suele dar. Pero sí uno similar a éste, que no se aleja COMPLETAMENTE del significado filosófico. El error lo cometen los que llaman Dios a las fantasías de sus cerebros, dioses imaginarios e inexistentes, no el que denomina así al ser infinito y eterno. No obstante, llamar Dios a la materia o al mundo, como hacen los materialistas o los panteístas, es un grave error. Tan grave, por ejemplo, como definir al ser humano como un saco de tripas con aire. Tenemos un cuerpo, pero somos mucho más que materia.

    Pues bien, Dios, o sea, la Naturaleza infinita y eterna, es una esencia o potencia que está constituida por infinitos atributos, propiedades o cualidades: una de ellas es la energía infinita, o sea, la materia sin forma. Otra, la inteligencia infinita. Pero la esencia divina está constituida por infinitos atributos más, cada uno infinito en su género, que desconocemos, porque no los percibimos. Sólo percibimos de la Naturaleza aquellos atributos o cualidades que nos constituyen a nosotros: energía / materia e inteligencia / conciencia, y ambos atributos son infinitamente distintos.

    Considerar, pues, la materia como el primer y único fundamento del universo y la vida, es contrario a la verdad. En conclusión: el materialismo es falso, aunque sea cierto que la energía es infinita y eterna.

    No sé si me he hecho entender. Estoy a tu disposición.

    Saludos cordiales.

  4. linus:

    Cita de Carl Sagan, llamada en algunos sitios, la Falacia de Sagan

    «Decir que un ser humano no es mas que un conjunto de moleculas, es como decir que una obra de Shakespeare no es mas que un conjunto de palabras.»

    Me ha parecido oportuno.

    Un saludo

  5. Ernesto:

    Hola, Jesús:

    Sigo creyendo que el sentimiento que consiste en alegrarse del bien ajeno se llama amor. Así opinan el diccionario y Leibniz. Y no es tan raro ese sentimiento: la mayoría de los padres, si no todos, lo experimentan hacia sus hijos. En cambio el deseo de unión con la persona amada, que tú dices, no me parece esencial: el padre ama a la hija, pero precisamente por eso desea que ella se una a otro hombre en vez de a él.

    En cuanto a lo que dices de Dios, estoy en desacuerdo con muchas cosas, pero ahora me limitaré a una de ellas, a saber: que en Dios hay materia, o que es material. Ahora bien esto es imposible, como probaré por dos argumentos (cuya inteligencia supone cierto conocimiento de la filosofía aristotélica):

    1º La materia es potencial, es decir es potencia (pasiva) respecto a la forma; como la madera es potencia respecto a la mesa. Pero en Dios nada es potencia (pasiva), pues es acto puro. Luego en Dios no hay materia.

    2º La materia es extensa, y por tanto compuesta. Pero Dios no es compuesto. Ergo…

    Saludos.

  6. Jesús Nava:

    Oportunísima, Linus, tu cita de Sagan. La mayoría de científicos, filósofos e intelectuales modernos niegan la existencia de la mente o espíritu. Es decir, para los materialistas somos autómatas sin alma; o consideran, a lo sumo, que la mente o conciencia es un epifenómeno del cerebro.

    El cerebro, en célebre expresión de un ateo materialista, produce pensamientos como el hígado produce bilis. Craso error filosófico, de consecuencias dramáticas, tanto para el conocimiento como para la vida. De esto me ocuparé en la sección PENSAR PARA SABER, cuando la política deje de ocuparme tanto tiempo.

    Lo que no sabía es que el pensamiento que citas se denomine falacia de Sagan. Siento curiosidad por saber los motivos de los que así lo etiquetan, pues a mí lo que me parece totalmente falaz es confundir un pensamiento o idea, forma de la inteligencia pura, con un cuerpo o un movimiento físico, expresión de la energía.

    Gracias. Un saludo.

  7. Jesús Nava:

    Estimado Ernesto:

    1.- Hay dos tipos de definiciones: nominal y real. La nominal es el significado semántico que cada uno da de lo definido. Con tal de que no resulte ininteligible para los demás, cualquier definición nominal es válida, sobre todo para la práctica de la vida cotidiana. Pero, en filosofía, debemos poner mucho cuidado en las definiciones, porque a ser posible deben ser reales; es decir: las palabras, en este caso, deben indicar lo que la cosa es realmente.

    Buena definición real es aquella que describe la esencia de la cosa, de tal forma, que de ella se puedan deducir, claramente, todas sus propiedades. Sustituir la definición real, es decir, la esencia de la cosa, por la descripción de ciertas propiedades suyas, es un error que impide el progreso del conocimiento filosófico, que siempre va de una cosa real a otra cosa real.

    Digo esto, para explicar mi insistencia en que alegrarse del bien de otro es una propiedad del amor, que deriva naturalmente de dicho sentimiento; pero no es la esencia del amor. El sentimiento de gozo o alegría que te causa la persona amada, es amor; y cuando la amas, te alegras de su bien, como deseas estar unido a ella o volver a verla, expresiones o propiedades que emanan necesariamente del sentimiento amoroso.

    Tampoco debemos confundir la unión afectiva con la sexual. El amor sexual es posesivo y egoísta; el espiritual, liberador y generoso. Un padre amoroso desea, en efecto, por afecto hacia su hija, lo que sea bueno para ella. Hablamos, por supuesto, del amor bien entendido, pues la mayoría de los padres aman a sus hijos de una forma posesiva y egoísta que está muy lejos del amor auténtico.

    2º.- Estoy de acuerdo contigo. Dios es acto puro. Dicho de otro modo: Dios está de eterna actualidad. La potencia de la que yo hablo es su misma esencia activa, que se expresa con energía e inteligencia sumas. La energía y la materia son intercambiables: la energía es materia infinita e indivisible y la materia es energía con forma y divisible. Dios no es corpóreo: es energía pura. Pero, además, es pura inteligencia, aunque tampoco tiene mente o alma. Y es infinitas cosas más que se nos ocultan. Por eso, nuestro conocimiento de él es real, pero no total, y aunque desconozcamos infinitos atributos suyos, no por eso dejamos de conocer aquellos que, de algún modo, constituyen nuestra propia esencia.

    Saludos.

  8. linus:

    Hola.

    Pues no te preocupes por lo de la cita. Esta, la oí en el famoso programa de TV «COSMOS», del citado científico. Me gustó y me quede con ella. donde la ví como falacia de Sagan, fué como corolario de la Ley de Murphy (esa de la mantequilla y la tostada), así que no le haría mucho caso.

    De todas formas, aunque en un principio lo entendí como tu, luego pensé que era justo al contrario. No es que la falacia fuera de Sagan, sino que esta recibia su nombre en su honor. O eso quiero pensar.

    Un cordial saludo

  9. Jesús Nava:

    A Linus:

    Gracias por los detalles. Ahora comprendo. Y, sí, supongo que la falacia es la afirmación que Sagan descarta. Aunque tampoco me extrañaría que un materialista estricto considere falacia afirmar que el ser humano es algo más que un amasijo de átomos y moléculas.

    A Ernesto:

    Te sugiero que leas el post titulado DIOS O NATURALEZA, en el otro alojamiento de Filosofía Digital, así como los fragmentos, bajo el mismo nombre, editados hoy aquí. Tal vez aclare la postura del filósofo -y la mía- acerca de Dios.

    Saludos.

  10. Ernesto:

    Hola, Jesús:

    Limitaré la discusión a lo de Dios.

    Dices que estás de acuerdo en que Dios es acto puro, pero lo expresas de una manera extraña diciendo que “Dios está de eterna actualidad”, como si fuera un tema del que se habla o que interesa siempre, cuando no es nada de eso lo que significa aquella expresión sobre Dios.

    Añades después que la materia y la energía son intercambiables. Supongo que quieres decir que son lo mismo. Pero no das ninguna razón de esto, a pesar de que no es evidente ni mucho menos. A mí me parece que no son lo mismo, e incluso que son contrarias, pues la materia de suyo es inerte, y la energía obviamente no lo es.

    Esto te lleva a decir algo que parece absurdo, a saber: que la materia es energía infinita. ¿Por qué? Supongo que no hay infinitos mayores que otros, pero sí hay materias o trozos de materia mayores que otros. ¿No hay aquí contradicción?

    Al final no está claro si admites que Dios no es material. Pues dices que estás de acuerdo en que es acto puro (lo que excluye que sea material), pero esto lo entiendes en términos de energía, y como según tú la energía es lo mismo que la materia (o por lo menos “intercambiable” con ella), parece que dices que es y que no es material. ¿En qué quedamos?

    Saludos.

  11. Jesús Nava:

    Estimado Ernesto:

    No te fijes demasiado en las palabras que escojo para tratar de explicar lo que pienso, sino en entender lo que quiero decir. Espero no haber dicho que Dios es material, al menos en el sentido que tú pareces atribuir a este término, ya que crees que la materia es inerte. Si uso materia y energía como intercambiables es en el sentido de la célebre ecuación de Einstein, en la cual energía y masa, entendida esta última como una cierta cantidad de materia, están íntimamente relacionadas.

    Lo que sí he dicho es que la energía es materia infinita e indivisible, y la materia es energía con forma y divisible. Dios no es corpóreo: es energía pura. Espero que comprendas que me refiero a la energía como a la esencia de la materia, y a ésta como a una forma determinada de la energía. Considero, pues, la energía como la potencia inmanente de la materia corpuscular o corpórea, sea cual sea el modo que ésta revista.

    Pero, francamente, preferiría dejar estas disquisiciones para los físicos, verdaderos expertos en la materia. Sólo pretendía hacer ver que nuestra esencia corporal o material es parte de la esencia infinita y eterna de Dios y, como ésta, ni nace ni muere. La energía, ya sabes, ni se crea ni se destruye, sólo se transforma. A eso me refería con la expresión Dios está de eterna actualidad o al decir que es acto puro, pues EL QUE ES existe al margen del tiempo, y nosotros SOMOS en El.

    Por otro lado, sí hay infinitos mayores que otros. Pero de ese tema me ocuparé en un próximo artículo para la sección CATECISMO FILOSÓFICO, al que he pensado titular: El problema del infinito.

    Un saludo cordial.

  12. linus:

    Hola

    Tenía aún unas cosas que contar, para las cuales no encontraba el momento.

    Jesús, me vas a perdonar el atrevimiento, pero intuyo que hay algunas cosas que tal vez no conozcas completamente. Este no sería el atrevimiento, sino que tal vez yo si que las conozca (esas en concreto, claro)

    Cuando Newton demostró al mundo sus leyes del movimiento, surgió una corriente científica llamada «mecanicista», debido a que consideraban el universo (es decir, todo) como un gigantesco (infinito) mecanismo de relojería. Por lo tanto, predecible si se cuenta con la suficiente capacidad de cálculo. Al ser infinito, haría falta una capacidad infinita para predecirlo, pero si cogemos una parte finita de el, como un ser humano, podría ser factible esta pretensión (según los «mecanicistas»)

    Sin embargo, con la matemática y la informática se ha descubierto que hay algunnos problemas «no computables». Quiere esto decir que determinados problemas son matemáticamente imposibles de resolver por un ordenador, sistema automático o autómata de cualquier tipo. Esto ha sido una relativa revolución en el mundo científico, ya que vendría a decir que para construir algún artefacto con capacidades similares a un humano, hace falta «algo especial», que va más allá que la mera reunión de parte pequeñas, y que la «inteligencia artificial» es un concepto discutible, en la medida que se pretende comparar con la humana, ya que esos problemas imposibles de resolver por una máquina, son faciles de resolver o de al menos imaginar y/o conceptualizar, por un humano (me encantaría poner un ejemplo, pero efectivamente, mi conocimiento no es completo).

    Esto entronca con una sería de teorías posteriores a la de Newton. Einstein ya movió las bases con sus teorías del efecto fotoelectrico y con la famosa de la relatividad, pero la que ha sido un puntazo para esto es la de la mecánica cuantica, que entre otras cosas dice que a nivel subatómico, la energía puede surgir de la nada, o al menos, de otra dimensión o de alguna parte, «ajena a este mundo». Algunos divulgadores cientificos, como Paul Davies, sostienen que el cerebro (por lo menos el humano) tienen capacidades cuanticas en la medidad en que son capaces de conceptualizar o intuir cosas de «la nada» o … de otro mundo.

    Para acabar la ¿exposición?, decir que también esta relacionado con todo esto, la llamada Teorías del Caos, por la que se observan que determinadas agrupaciones de elmentos básicos, sencillos, con un comportamiento elemental (dos o tres ordenes básicas), al unirse e interacturar entre sí, forman complicadisimos y matemáticamente impredecibles «organismos» con un comportamiento sorpredentemente preciso. En esto si que puedo poner ejemplos, colonias de celulas, insectos o propagaciónes de virus, el propio funcionamiento inexplicable de algunos insectos (un gusano, lo cortas, y sus partes continuan moviendose … ¡¡sincronizadamente!!), el crecimiento o formación de cristales minerales o las estructuras como los bronquios o vasos capilares.

    En esto último entran los fractales, que son representaciones matemáticas de estructuras teoricas de volumen finito, pero superficie infinita (si, si, así es). Esto en la realidad significa que las aproximaciones a este concepto serán las topografias que en menor volumen tiene una mayor superficie (muy apropiadas para los casos citados)

    Los trabajos de Cantor, el matemático, fueron decisivos para estos descubrimientos. Este matematico, fue por cierto, el que descubrió que habían infinitos matemáticos mayores que otros. Por ejemplo, el infinito de los número reales es infinitamente mayor que el de los número naturales, el cuál es tambieén infinito.

    Cantor acabó sus dias con un fuerte trastorno mental

    Y si yo no acabo esto ahora, acabaré al menos con dolor de cabeza.

    Un saludo

  13. linus:

    Se me olvidaba.

    Todo esto era para decirte que los cientificos están cambiando su forma de ver el universo y a los seres humanos.

    un saludo

  14. Jesús Nava:

    Sin duda, Lino, la física moderna ha cambiado la forma de ver el mundo de los científicos que se han atrevido a dar el salto a la filosofía, especialmente desde la física cuántica. Por el contrario, mientras que los físicos más eminentes del último siglo, se han atrevido a hablar de lo místico, como denominaba Wittgenstein a la experiencia de la realidad indecible, los biólogos y los estudiosos de la psicología y demás ciencias sociales, han derivado hacia el más tosco materialismo.

    Comprendo perfectamente que algunas cuestiones no podrán ser resueltas nunca por autómatas dotados de inteligencia artificial, por la sencilla razón de que hay cosas que no pueden ser calculadas o numeradas matemáticamente, pues su naturaleza misma lo impide. Es más, Spinoza ya anticipó la incapacidad de los números para determinarlo todo, frase que obtuvo la aprobación de Leibniz, matemático. Lo que ocurre es que la palabra infinito se usa con al menos tres significados diferentes: lo absolutamente infinito, lo ilimitado y lo incontable o innumerable. Algunos infinitos no tienen límites (por ejemplo, las superficies de que hablas); algunos no pueden ser numerados o calculados, pero pueden ser mayores o menores que otros (los números de Cantor); y, por último, hay infinitos que lo son por su propia naturaleza: los atributos, cualidades o propiedades (inteligencia y energía) de la sustancia para la que algunos reservamos, a falta de otra mejor, la palabra Dios: la esencia infinita y eterna de la naturaleza, que por ser causa inmediata o mediata de todo cuanto existe, no pertenece a otro mundo (no hay más que un universo) o a un más allá (Dios está aquí) trascendente, sino que lo penetra y gobierna todo con su poder inmanente.

    Por otro lado, ni Dios puede hacer algo de la nada, porque la nada nada es. Esa nada de que hablas es, en realidad, la totalidad infinita, la base o atributo material (espacio vacío) de la que surgen esas partículas que componen los átomos y las moléculas de que constan los cuerpos. Entiendo, pues, que las cosas visibles surgen a partir de esa sustancia invisible, infinita y eterna. Es natural que las fuerzas que relacionan a unos cuerpos con otros, incluso a una subpartícula con otra, sean también invisibles para el ojo humano y actúen de una forma misteriosa para el observador. Pero no hay ningún fantasma en las cosas. Es la energía/materia, al fin y al cabo, lo que está actuando y manifestándose, con sus infinitas propiedades, en todo cuanto existe. Así pues, que los científicos estudien cuanto quieran la materia: cuanto más sepan de ella, más sabremos nosotros.

    Lo que yo censuro a los científicos materialistas es que nieguen otros atributos a la naturaleza como, por ejemplo, la inteligencia/conciencia. Pues es precisamente esta propiedad, infinitamente distinta de la materia, la única que nos permite percibir el sentido mismo de las cosas, y que constituye la sustancia, o mejor: atributo, de que están hechas las mentes. Dicho en plata: Dios es, en esencia, sumamente inteligente y no sólamente omnipotente. Si no fuera así ninguno de nosotros, criaturas finitas y temporales, pero dotadas de mente y cuerpo, de inteligencia y materia, tendríamos la capacidad de poder hacer o saber algo. Pero El es así, y nosotros somos así en él.

    No obstante, algunas de estas cosas que digo podrían ser erróneas. No soy físico ni biólogo. Dejo, pues, que los científicos se ocupen de la materia y los cuerpos, y aprendo de ellos. Pero de mi mente, eso sí, me ocupo yo mismo; y sé que se puede penetrar en ella hasta percibir la unión íntima de nuestro espíritu con ese infinito y esa eternidad que los científicos, en sus laboratorios y con sus teorías, no podrán tocar ni en sueños. A menos que se dediquen a la metafísica con el mismo énfasis y consagración que a la física.

    Salud y dicha.

  15. linus:

    Hola

    Jesús, creo que he hecho un uso excesivo o incorrecto en definitiva del «mas allá» o «de la nada» o «de otro mundo». Intentaba ironizar sobre la explicación que los profanos les dan (o damos) a ciertos descubrimientos de los cientificos y por lo que descubro gracias a ti, también de los filosofos.

    Me interrumpo un momento para recodar que esto es otra cosa que he advertido también y quería indicar, que la filosofía y la ciencia (y puede que la religión), aunque parece ir por caminos paralelos o separados, tienen en realidad un punto convergente en un futuro puede que lejano, o puede que no, quien sabe. De momento la ciencia va encontrnado evidencias de cosas que la religion o la filosofía explicaba o explica de otra forma.

    Enlazo ahora con lo del «otro mundo» y eso. La ciencia y los seres humanos en general, solo consideraban el universo como el observable, el que podemos percibir. Pero algunons decubrmientos, como el de la física cuantica y algunas deducciones matemáticas, evidencian que el universo que vemos, aunque infinito en cuanto a que no tienen límites, está albergado dentro de otro (u otros) infinitamente mayor, de donde intercambia energía, explicando así esos fenomenos subatómicos, siendo en realidad un solo universo con múltiples dimensiones (lo digo de memoria, solo soy aficionado, pero por aquí van los tiros). Todo esto tiene su correspondiente modelo matemático, hasta donde pueden llegar los números, claro. No obstante, esa distinción de infinitos también existe en las matemáticas.

    No sé si los científicos, o que cientificos, son los que niegan esa inteligencia (o alma, supongo, para los «profanos»)a la materia. No creo que un científico se atreva a negar nada que no puede determinar. Sencillamente, no aceptan algo que no se puede demostrar. De momento.

    Y por ahora parece que al menos, se percibe en el mudo científico, que no todo es tan predecible como les gustaría a algunos, y que no hay más remedio que empezar a ver las cosas desde otra perpectiva mas, «filosófica».

    un saludo

  16. Jesús Nava:

    Estaba casi seguro de que no empleabas los términos nada, otro mundo o más allá, en el sentido trascendente que habitualmente se les da en el mundo religioso. Quería, más que nada, dejar claro que yo, al menos, no les atribuyo ningún ribete sobrenatural, pues sé el riesgo que corro de ser malinterpretado por hablar de Dios y de religión, aunque sea filosóficamente. Un bloggero inmanentista ya me ha censurado este hecho, pero creo que hago lo correcto. Espero explicarme mejor con el tiempo, a medida que pueda ir desarrollando las secciones de FD destinadas a acoger mis reflexiones e intuiciones -hasta donde lleguen mis escasas fuerzas intelectuales- sobre las cuestiones más difíciles de la filosofía, es decir, la metafísica y la epistemología.

    Los científicos materialistas y los filósofos racionalistas a los que me refiero los sacaré a colación en FALACIAS, SOFISMAS Y SOFLAMAS. No es que nieguen la existencia de la conciencia, pero en un reduccionismo escandaloso (del que participan la mayoría de los psicólogos y psiquiatras) afirman que la mente es un epifenómeno del cerebro, como si la inteligencia y la conciencia no fueran una propiedad del ser humano, sino del sistema nervioso. Son monistas: es decir, sostienen el dogma (con muchas variantes) de que la naturaleza es puramente material y que el cerebro produce pensamientos o ideas, de la misma forma que el hígado produce bilis. Ni siquiera perciben en sí mismos la naturaleza infinitamente distinta de la mente y el cuerpo, de la conciencia y la materia. Dirán, ya lo sé, que eso es dualismo cartesiano rancio, pero yo espero poder demostrar que los rancios son ellos, por confundir mente y cuerpo, así como quien confunde la velocidad con el tocino.

    Coincido contigo en mi visión de la naturaleza y la relación que estableces entre la dimensión espacio-temporal del universo y la otra, esquiva e inasible, pero tan real como aquélla. Mejor dicho: más real que ninguna, pues si está dotado de realidad todo lo que existe por un tiempo, mucho más real será lo que existe eternamente. Y es que yo creo que en la naturaleza existen grados o niveles de realidad íntimamente relacionados, por lo que se comprende que tengan lugar esos intercambios tan misteriosos, para la ciencia, que tú mencionas.

    En fin, que la vida no es unidimensional, ni el ser humano tampoco. Y que entrar en contacto o relacionarse con la dimensión infinita y eterna de la naturaleza es, en cuanto que conocimiento, metafísica; y en tanto que experiencia, religión. Del mismo modo que el conocimiento de las leyes que rigen la conducta humana constituyen la razón; y en tanto que vivencia, la ética. Pero eso lo dejaremos para mejor ocasión.

    Saludos cordiales.

  17. Jack:

    Leyendo tus opiniones deduzco tus amplios conocimientos filosóficos y hasta científicos pero no entiendo esa seguridad tuya en la existencia de Dios o del alma.
    Si aplicamos la ineludible navaja de Occam no se debe incorporar a una hipótesis algo que no aporte soluciones o predicciones tangibles.
    Aún quedan muchas preguntas en el Universo por contestar y otras tantas en la mente, pero inventar a Dios y al alma sólo complica más la situación inicial.
    Si los pájaros vuelan, eso significa que pueden construirse máquinas para volar. Si los insectos piensan, aunque menos que las ratas y estas menos que los perros y estos menos que los monos y estos menos que los hombres, sólo puede significar que es posible fabricar máquinas para pensar.
    La hipótesis de que Dios existe y se ha dedicado a amañar el Universo para reírse de nuestras pesquisas, haciéndonos creer cosas (como la evolución) que son falsas, no parece aceptable y está pidiendo a gritos la navaja de Occam.
    El alma y Dios habitan en la ignorancia y se desvanecen a medida que la luz ilumina esa oscuridad primitiva. Suponer que Dios y el alma van a aparecer agazapados en el último misterio que quede por esclarecer y que ese misterio sera inamovible, es cuando menos una creencia paralizante y si los científicos la aceptasen, hace mucho tiempo que la ciencia se habría detenido creyendo, equivocadamente, que se había llegado el gran obstáculo inamovible.

    Saludos.

  18. Jesús Nava:

    Estimado Jack:

    Agradezco tus discrepancias, pues me dan que pensar y me permiten examinar la solidez de mis convicciones. Pero no me atribuyas, por favor, unos conocimientos que no tengo. No soy científico, aunque intento averiguar las causas de las cosas; y no soy filósofo, pero me esfuerzo en pensar para saber.

    Claro que comparto la prudencia de Occam -aunque no sus excesos- al aconsejar “la parsimonia o economía del pensamiento”, cuando dijo: “No se ha de afirmar la pluralidad si no hay necesidad”. Pero, por la misma fidelidad a la realidad y la experiencia, que él pretendía sostener, debemos defender que “hay que afirmar la pluralidad cuando es necesario”. Y yo defiendo que la Naturaleza consta de infinitos atributos, de los que al menos conocemos dos, por constituir nuestro propio ser, que son: la materia y la inteligencia. Somos, pues, organismos psicosomáticos ya que tenemos un cuerpo y un alma (mente o espíritu), expresión inequívoca, si no de una pluralidad infinita de atributos en la Naturaleza, al menos, de una dualidad. Sostengo que el materialismo y el monismo se equivocan al conceder la realidad natural a un solo atributo, el material, o al considerar al espíritu una secreción o emanación del cerebro.

    La diferente naturaleza y propiedades del cuerpo (o el cerebro) material y la mente espiritual son evidentes para mí, pero reconozco la enorme dificultad y la extraordinaria atención que hay que prestar para diferenciarlas. Y más aún, para comprender que ni la mente mueve el cuerpo ni el cuerpo piensa, aunque ambos estén unidos por naturaleza y juntos constituyan un solo ser. El cerebro tiene memoria e imaginación, pero no tiene las ideas que sólo puede producir la mente con su entendimiento. La confusión entre imaginación cerebral y percepción intelectual es uno de los más graves errores en filosofía y neurofisiología, fuente de muchísimos otros. Bacon y Descartes, a pesar de su indudable genio, también se equivocaron en eso, y sus métodos de investigación se resintieron por ello.

    No tendríamos un cuerpo material si la naturaleza no poseyera la extensión o materialidad como una de sus propiedades inmanentes; y no seríamos capaces de pensar, si la naturaleza no fuera sumamente inteligente. A esa Naturaleza creadora, infinita y eterna, la esencia de todas las cosas, la llamo Dios, como Spinoza. Y si alguien comete un error no soy yo, sino los que llaman Dios a las fantasías de su cerebro y a los dioses forjados en su imaginación, atribuyéndoles personalidad, voluntad e intenciones, y haciéndoles capaces de “amañar” cosas y “reírse” de nosotros, pobres mortales.

    ¿Por qué estoy tan seguro de la existencia de ese ser dotado de una naturaleza infinita y eterna? Porque si no existiera él, tú y yo no estaríamos filosofando aquí, como seres pensantes, pues ni siquiera existiríamos. La oscuridad y el error están en la mente humana y sólo la luz del entendimiento la puede alumbrar. Cuando el conocimiento avanza, la ignorancia retrocede; y cuanto más entendemos, más nos perfeccionamos. La felicidad suprema consiste en conocer a Dios y experimentar nuestra íntima e imperecedera unión con él.

    Lejos, pues, de considerar la idea de Dios y la existencia del alma humana como un obstáculo para el progreso de la ciencia, afirmo que la ciencias (sobre todo la metafísica, la epistemología, la psicología, el arte, la política y demás ciencias sociales) se han paralizado, y han dejado de ser creativas, por desvincularse de la fuente primordial de toda creación (Dios) y renegar de la causa próxima de todas nuestras ideas y afectos (el alma).

    Un saludo cordial.

  19. Miguel Quiñones Cobos:

    No es posible definir en un primer estadio el concepto del SER, “PARA MI” que soy pura conciencia de mi (yo) y de las cosas” que existen dimensionadas a mi alrededor, estoy sumergido en un Universo que trasciende hacia mi.
    Las “cosas” los objetos de mi proceso mental no “son” sin duda como yo las percibo, como yo los proceso por medio de un mecanismo racionalizador muy complejo. Las relaciones causales son relaciones procesadas según un orden elaborado por tales mecanismos. Un vegetal es aprenhendido por “mi” con unas características que simbolizan sus “reales” atributos. “Mi” impresión sensorial acaecida al campo de la conciencia es sin duda una ilusión con base a unas constantes exteriores. Así el color será la impresión psicológica de un estimulo de naturaleza electromagnética y el concepto de masa impreso en mi conciencia dista mucho de identificarse con el atributo físico real que lo genera.
    Aunque los “SERES” se enmascaren al acceder a nuestro yo, aunque no pudiéramos saber como son realmente, ¡su existencia EXTERIOR-A-MI es constante! Puedo ignorar como “ES” realmente una molécula de alcanfor que estimula mi órgano sensorial olfativo provocando la sensación conciente, pero!siempre que percibo tal aroma, puedo asegurar que es atributo solo del alcanfor a no ser que se trate de una ilusión o una alucinación! Expresado de otro mundo:
    He aquí una especie de “SIMBIOSIS” entre la realidad exterior y nosotros, La realidad exterior y nosotros, La realidad exterior se pliega a nuestros proceso mental, es modificada tan pronto enfocamos sobre ella nuestra conciencia, Elaboramos así un modelo de binario integrado por unos factores físicos que es “CREACIÓN” nuestra, y a su vez esta realidad conforma nuestro YO, lo crea, lo genera.

  20. Jesús Díaz Formoso:

    Quizás la palabra DIOS (Nava) o AMOR (Ernesto) pueda ser sustituída por EMPATÍA, mirándola del revés: de ella puede surgir la alegría por la alegría ajena, y el dolor por el dolor ajeno.

  21. Jesús Díaz Formoso:

    D. JEsús, disculpe si he sobreinterpretado su idea de Dios.

  22. Jesús Díaz Formoso:

    Por favor, corríjame, pero si todo forma parte de la Unicidad, materia y energía solo pueden diferir en su organización, dentro del todo emanado del primordial Logos.

    Y si materia y energía son distintas manifestaciones de la inteligencia superior, no cabe sino concluir una de dos posibilidades: que el Ser Primordial es “empático” o nihilista.

    Disculpe mi intromisión en esta Gran Obra, por la que le felicito y admiro.

  23. Jesús Nava:

    Estimado Jesús Díaz:

    Gracias, ante todo, por tus palabras de elogio. Y no te disculpes, amigo, porque agradezco mucho tus comentarios.

    Sí, estaría de acuerdo, en principio, con tu afirmación de que materia y energía sólo difieren en organización, pues considero que pertenecen al mismo atributo de la Naturaleza. Pero añado que el Ser eterno se expresa en infinitos atributos más, aparte de la materia/energía, y uno de ellos, conocido por nosotros, es la inteligencia/pensamiento.

    Aunque sé que el problema de la relación mente/cuerpo o pensamiento/materia no se resuelve así como así, afirmo con Spinoza que el pensamiento y la materia son atributos realmente distintos, y que ni la materia produce pensamientos ni el pensamiento movimientos, aunque actúen simultáneamente por naturaleza. Intentaré probarlo en próximos artículos.

    Por otro lado, aunque Dios no ama ni odia a nadie, porque no tiene sentimientos humanos, se podría decir, tomándonos una cierta licencia con el lenguaje, que Dios es Amor, y “que ama a los hombres en la medida en que se ama a sí mismo, y, por consiguiente, que el amor de Dios hacia los hombres y el amor intelectual del alma hacia Dios son una sola y misma cosa” (Spinoza).

    Por lo tanto, puede que ahí tenga lugar el término EMPATÍA que tú usas, siempre que dejemos claro que el gozo implícito en el Amor divino, es una alegría muy diferente a la alegría ordinaria, pues merece el nombre de suprema felicidad o máximo contento que se le aplica.

    Un cordial saludo.

    P.D. Estimado amigo: Después de escribir este comentario, hojeando un libro de Tagore, encontré este texto: “La única explicación racional de encontrar alegría en el hombre y en la Naturaleza, la da el Upanishad: Por una alegría nacieron todas las cosas creadas.” Preciosa confirmación de lo que aquí decíamos. Publicaré la carta completa de Tagore, en tu honor, con el título de NUESTRA MÁS GRANDE ALEGRÍA. De nuevo, un saludo.

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