SABIDURÍA, por Jesús Nava
“La verdadera felicidad y beatitud del hombre consiste únicamente en la sabiduría y en el conocimiento de la verdad” (Spinoza).
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Nadie osaría preguntar para qué sirven la vida, la libertad, el amor o la felicidad. Y es que, en realidad, no sirven para nada; por eso son tan valiosos. No son medios para conseguir otros fines, sino un fin en sí mismos. Las cosas fundamentales están hechas sin intención y carecen de finalidad, pero están preñadas de sentido y dotadas de un valor inmenso. Así ocurre con la sabiduría o, lo que es lo mismo, el conocimiento de la verdad.
LA NECESIDAD QUE APREMIA
Buscamos la sabiduría por el mismo motivo que la amamos: por necesidad. Y la necesidad apremia. Es inútil resistirse. El amor a la verdad -en eso consiste, precisamente, la verdadera filosofía- nos viene impuesto por naturaleza y es como un fuego ardiente metido en los huesos; tratar de apagarlo no es posible, ni hay tampoco razón para intentarlo.

Quienes han sido dotados de una mentalidad filosófica o racional no se contentan con algo menos que la verdad. Y si la pierden de vista un solo instante, languidecen. “Dadme la verdad, más que amor, dinero, fama”, escribió Thoreau. Como estamos educados para actuar codiciando los frutos de la acción, a muchos les resulta inconcebible que el premio por alcanzar la verdad sea la verdad misma y que la virtud es su propia recompensa.
El acierto de los hijos de la sabiduría, al considerarla el supremo valor de la vida, se ve corroborado por la serenidad y el júbilo que procura al alma que la abraza sin titubeos; pero, por si esto fuera poco, dichos efectos espirituales tienen la virtud de moderar nuestras pasiones y producir en nosotros un cierto menosprecio liberador de los males inevitables y cotidianos que nos asaltan.
LA SABIDURÍA ES PURA INTELIGENCIA
Así que, cuando afirmamos que la sabiduría no sirve para nada, no pretendemos decir que sea inútil, sino que su valor intrínseco sobrepasa inmensamente al de todas las cosas útiles. Su sola presencia ilumina la mente y aclara las cosas. Es como la inspiración: pura inteligencia. No hace nada concreto, pero nos ayuda a hacer bien cualquier cosa. Tampoco disuelve mágicamente nuestros problemas, pero nos dota de los recursos espirituales necesarios para resolverlos con lucidez, si tienen solución, o, en caso contrario, de las fuerzas precisas para afrontarlos con paciencia.
De todas maneras, los más grandes filósofos de todos los tiempos han dado testimonio del grato consuelo que les otorgó la filosofía. No buscaban consuelo, sino verdad; pero hallaron tanto consuelo como verdad alcanzaron. Es cierto que cualquier pensador desconoce infinidad de cosas que los eruditos conocen mejor; pero el sabio lo es porque, aunque sólo sepa una cosa, esa única cosa que sabe es esencial.
FILOSOFAR ES ENTENDER LA REALIDAD
De ahí que no entienda por filosofía la recopilación histórica de lo que otros pensaron, por grandes que fueran, ni los dogmas de una determinada escuela filosófica, sino el hecho mismo de filosofar. Y el acto filosófico puro consiste en entender la naturaleza de las cosas o, lo que es lo mismo, percibir las cosas como son en realidad.
Para desarrollar esta actividad del espíritu no es preciso poseer una cultura filosófica o académica, ni ser filósofo profesional; requiere únicamente aplicarse con tesón al duro trabajo de pensar para saber, es decir, aprender a reflexionar de forma racional e intuitiva, movidos únicamente por el anhelo de verdad.
Por mi parte, me siento muy alejado del conformismo de un pensamiento débil caracterizado por el agnosticismo religioso, el escepticismo filosófico, el relativismo moral y la confusión cultural, tan propios de nuestro tiempo.
No admito ningún timorato “non plus ultra”. Porque, cada vez que consigo paladear el sabor de la auténtica filosofía, siempre observo que brota de un temperamento metafísico y un espíritu fuerte capaz de ir más allá de las fronteras que la generalidad de los filósofos al uso, sea por excesiva cautela, sea por cobardía, no se han atrevido a traspasar.
FD, 27/11/2005.
2 comentarios »
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November 27th, 2005 @ 12:46 am
Algún filósofo dijo por ahí aquello de que “sólo sé que no se nada”. Es la gran verdad. De todas formas, el periodista argentino Tomás Eloy Martínez ha puesto en boca de uno de los personajes de ‘La novela de Perón’ que la verdad está en todas las mentiras. Gracias por deleitarme con esta filosofía digital, espero que te haya gustado tanto como a mí.
December 30th, 2005 @ 11:52 pm
Estimado Juan:
Gracias por tus comentarios amables a los dos primeros articulillos de mi bitácora. Desde entonces, sigo tu diario de noticias relacionadas con la América hispana con interés. Así me entero de lo que bulle al otro lado del Atlántico, aunque mantengo contacto con alumnos y amigos de esos países.
Creo que, efectivamente, los problemas sociales y políticos de Hispanoamérica arrancan de la ausencia de regímenes democráticos. El populismo y la demagogia causan verdaderas catástrofes allí donde prosperan. Y siempre desembocan en la tiranía, de izquierdas o de derechas.
En España no es muy diferente. Tampoco tenemos democracia, sino partitocracia. De ello seguiré hablando en mi blog. Espero contribuir, aunque sea modestamente, a aclarar qué es democracia, según todos los tratadistas clásicos.
A los políticos les importa un bledo el pueblo y la democracia. Y los ciudadanos no deberíamos entrar en su juego. Nos va en ello la libertad política.
Suerte. Sigue, por favor, con tu bitácora. Me gusta, aunque no dejes traslucir mucho tu opinión. O tal vez por eso. Gracias.
Oliver | 30-12-2005 00:31:10, en Hispaherald