Filosofía Digital

"Me he esmerado en no ridiculizar ni lamentar ni detestar las acciones humanas, sino en entenderlas." Baruch de Spinoza

LA LIBERTAD ESPIRITUAL Y EL CIUDADANO DE CORRAL, por H. F. Amiel

Archivado en: -CONCIENCIA VIGILANTE — June 26, 2009 @ 8:34 pm

“La fuerza se mide por su efecto, y los hombres por sus obras; el talento es sólo una promesa, y no es el mérito. La gloria corona y premia las victorias ganadas, pero no las esperadas. El genio latente es pura presunción. Todo lo que puede ser debe llegar, y lo que no llega es porque no era nada. Si bien en moral la intención es esencial, en política, en literatura, lo que importa es la acción. Me gusta la vida libre, general, de amplios horizontes, y en nuestra existencia burguesa ordinaria hay mil ataduras liliputienses que rebajan el alma. Se vive por sus raíces inferiores, y uno se ve forzado a ocuparse en innumerables pequeñeces. No es mi vanidad la que reclama, sino mi dignidad. Lo que reprocho a nuestra vida ordinaria es la trivialidad, la pequeñez; sumidos en el tiempo, en el detalle, en la minucia, en el cálculo, olvidamos nuestra alma, nuestra vida inmortal, nuestra espiritualidad infinita; nos empequeñecemos, nos debilitamos, nos envilecemos. El águila se vuelve gallina; el pájaro fiero, libre, aventurero, se vuelve tímido y grosero ciudadano de corral. Nos volvemos capones. La poesía, el arte, el entusiasmo, el genio, el sacrificio, pasan muy por encima de nuestras cabezas, y nosotros pastamos inclinados hacia el suelo. Nuestro lugar se vuelve reducido, en lugar de ensancharse. La vida burguesa nos empobrece; la pobreza es una esclavitud; yo quiero la libertad espiritual, la dignidad humana.”

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EL GENIO LATENTE ES PURA PRESUNCIÓN; TODO LO QUE PUEDE SER DEBE LLEGAR, Y LO QUE NO LLEGA ES PORQUE NO ERA NADA

Cada mañana me despierto con la cabeza algo cansada; sueño tremendamente, y la otra noche, por ejemplo, he leído en sueños no sé cuántos folletos y disertaciones, muy serias y bastante difíciles. Pero apenas me hube despertado, el recuerdo de todo ello se volatilizó, y sólo recordaba esta sentencia: “Los espíritus originales tienen un sello, pero el sello no basta, y les hace falta demostrarlo. Es decir, que la originalidad virtual no es nada sin su aplicación efectiva; que el talento necesita el apoyo de la voluntad y de la habilidad; que la capacidad sin la ambición, el genio sin la energía y la aptitud sin la audacia no llevan a nada ni cuentan para nada.

La fuerza se mide por su efecto, y los hombres por sus obras; el talento es sólo una promesa, y no es el mérito. La gloria corona y premia las victorias ganadas, pero no las esperadas. El genio latente es pura presunción. Todo lo que puede ser debe llegar, y lo que no llega es porque no era nada. Si bien en moral la intención es esencial, en política, en literatura, lo que importa es la acción. En la esfera divina, querer es poder; en la esfera humana, querer es poco, hay que poder. ¿Y cómo probar que se puede? Haciendo.

Demuestra lo que puedes, haciéndolo tú mismo (Chenier).

SUMIDOS EN EL TIEMPO, EN LA MINUCIA, EN EL CÁLCULO, OLVIDAMOS NUESTRA ESPIRITUALIDAD INFINITA Y NOS ENVILECEMOS; NOS VOLVEMOS TÍMIDOS Y GROSEROS CIUDADANOS DE CORRAL 

Entre estas mujeres cultivadas, y en medio de esta vida escogida, me encuentro nuevamente en mi medio, en mi elemento natural. Es un círculo de gente en el que me encantaría vivir. No me gusta el fasto y el brillo, sino el recogimiento, la distinción, la educación, la elegancia. La vulgaridad de los detalles, del lenguaje, de las costumbres, la mezquindad molesta me hieren. Me gusta la vida libre, general, de amplios horizontes, y en nuestra existencia burguesa ordinaria hay mil ataduras liliputienses que rebajan el alma.

Se vive por sus raíces inferiores, y uno se ve forzado a ocuparse en innumerables pequeñeces. No es mi vanidad la que reclama, sino mi dignidad. Lo que reprocho a nuestra vida ordinaria es la trivialidad, la pequeñez; sumidos en el tiempo, en el detalle, en la minucia, en el cálculo, olvidamos nuestra alma, nuestra vida inmortal, nuestra espiritualidad infinita; nos empequeñecemos, nos debilitamos, nos envilecemos.

El águila se vuelve gallina; el pájaro fiero, libre, aventurero, se vuelve tímido y grosero ciudadano de corral. Nos volvemos capones. La poesía, el arte, el entusiasmo, el genio, el sacrificio, pasan muy por encima de nuestras cabezas, y nosotros pastamos inclinados hacia el suelo. Nuestro lugar se vuelve reducido, en lugar de ensancharse. La vida burguesa nos empobrece; la pobreza es una esclavitud; yo quiero la libertad espiritual, la dignidad humana. Y como la encuentro en un círculo, tiendo hacia él. Es muy sencillo.

* * *

HENRI-FREDERIC AMIEL, escritor y filósofo suizo (1821-1881). Diario íntimo, 1839-1850. Edaf, 1974. Traducción: Gonzalo Torrente Malvido.

8 comentarios »

  1. Mª Dolores:

    Aunque nacemos águilas, al final casi todos vivimos y morimos como aves de corral. Siempre hay caminos diferentes a escoger, el de la espiritualidad infinita lleva a la soledad en nuestros tiempos y sociedad actual. El de la trivialidad lleva al éxito social. Cada cual elige el suyo.

    Ya ni siquiera estoy segura que la educación de nuestra sociedad pueda ser un motor para cambiar los paradigmas actuales y dar a la vida el sentido profundo que tiene. Personalmente, todos los días muero en la soledad y renazco en la esperanza. En medio de la vida ordinaria normal, intento conectar con la profundidad e infinitud de la vida, de los seres, del universo. Sé que nuestra presencia en este planeta no es para consumir y después morir.

    Quiero entender qué me dice el Universo a diario a través de la creación, quiero saber qué puedo hacer para ayudar a la inteligencia infinita en su labor, quiero ser útil a la vida. Quiero leer en el corazón de mis hermanos humanos y del resto de los seres vivos de este mundo solo para ayudarles. Quiero leer en su alma y después anotar lo que percibo en mi mente, en mi alma y en mi propio corazón. Cuando se agote mi tiempo de estancia en la tierra me gustaría haber aprendido por lo menos esta lección y dejar tras de mi una estela de honradez, de lucidez, de alegría compartida. Quizá sea eso lo que espera el Universo de mí y mi única labor por hacer en esta tierra.

    En fin…. Quiero expresar con lo anterior que, aún viviendo como “mediocres aves sociales de corral” por las circunstancias, podemos interiormente ser y actuar como águilas de alma infinita y libre, colaborando con la Vida profunda y conectando con el Infinito…

    Reciba un cordial saludo.

  2. Jesús Nava:

    Estimada Mª Dolores:

    Gracias por dejar este sentido comentario.

    De todas formas, quería decirte que yo no creo que nazcamos águilas y nos volvamos gallinas. Al contrario, pienso que todos nacemos en un gallinero, y algunos con el tiempo descubrimos que nuestra naturaleza íntima, es decir, la más profunda, nos exige volar fuera del corral. Y como la naturaleza no pone nunca en nosotros -al contrario que la sociedad- un deseo vehemente e irrefrenable que no pueda ser realizado con nuestras solas fuerzas, un día nos arriesgamos a desplegar nuestras alas, las agitamos… y volamos. Descubriendo en ese momento que no éramos gallinas, sino que habíamos sido dotados con la naturaleza del águila. Simplemente, no lo sabíamos.

    Conoces, sin duda, el cuento del patito feo. Era el hazmerreír del grupo de patos en el que se había criado. Y el patito sufría, porque era diferente. Hasta que, con el tiempo, aquel patito feo se convirtió en un hermoso cisne. No era un pato, era un ave de otra especie. Pero él no lo supo hasta que su metamorfosis se completó; descubriendo además, para su regocijo, que había otros muchos como él.

    ¿Cómo convertir una gallina en un águila? No es posible, ni deseable. No podemos -ni tenemos derecho- a cambiar la naturaleza de nadie. Pero, respetando la forma de ser de cada uno, sí sentimos que es nuestro deber derribar jaulas, vallas y alambradas que impiden a las gallinas deambular con libertad. En fin, se trataría de liberar a los pollos enjaulados para convertirlos en pollos criados de forma natural (“pitus de caleya“, diríamos en bable), donde tendrán toda la libertad que necesitan. Y, por otro lado, rescatar a cuantos, no siendo aves de corral, quieran volar con ilimitada libertad.

    Por supuesto, creo, como tú, que nuestra libertad espiritual es tarea de cada cual, pero también que una vez libres necesitamos la libertad de los demás, al menos para poder expresar lo que somos con total naturalidad. De hecho, nadie se sentirá real y efectivamente libre hasta que lo sea todo el mundo, pues el derecho de uno solo no es derecho alguno.

    ¿Cómo conseguir un mundo de hombres y mujeres libres? Esa es una pregunta que se han hecho todos los inconformistas en todas épocas. Es un ideal por el que debemos luchar, pues de la libertad de todos depende en buena medida nuestra propia libertad individual para vivir y expresarnos tal como necesitamos. Ya que, si la libertad de espíritu es una virtud privada, la libertad civil y política es una virtud pública. La forma de gobierno despótica que sufrimos, convirtiendo a generaciones enteras en ciudadanos de corral, y la educación castradora que nos ha hecho a todos capones, junto el aburguesamiento mezquino en el que nos regodeamos, explican perfectamente que los países occidentales nos comportemos como gallinas en un gallinero.

    Pero, antes de lanzarnos a ciegas a una revolución en la granja, debemos reflexionar mucho, mejor dicho: todo lo necesario, para aprender de los tanteos que hicieron los que nos han precedido en la tarea, atender a las acciones que emprendieron y de los resultados obtenidos, y extraer de todo ello los principios o leyes que actúan en los fenómenos psicológicos, sociales y políticos de la misma manera que otras causas lo hacen en los fenómenos físicos. Después de todo, en la psicología individual y social, tampoco hay efecto sin causa.

    “Así pues, aunque los hombres se guían en todo, por lo general, según su capricho, de la vida en sociedad con ellos se siguen, sin embargo, muchas más ventajas que inconvenientes. Por ello, vale más sobrellevar sus ofensas con ánimo sereno, y aplicar nuestro celo a todo aquello que sirva para establecer la concordia y la amistad.” (Spinoza)

    Un cordial saludo.

  3. Teilhard:

    María Dolores, bellísimas y sinceras palabras las que ha dejado dichas. Mientras haya personas como usted la esperanza se mantendrá viva. Hago mías las palabras de Spinoza “EL espiritu no se vence por la violencia sino por el amor y la nobleza”. Y en cuanto a la soledad estoy de acuerdo con la cita del Sr Nava, que completo con la siguiente del mismo autor “El hombre dirigido por la razón, es mas libre en el Estado donde vive conforme al decreto común, que en la soledad donde solo se obedec e a si mismo”. Y si de pasar a la accion se trata, les remito a los dos una propuesta:

    http://www.libertaddigital.com/ilustracion_liberal/articulo.php/159

    Un saludo a ambos

    Teilhard

  4. Mª Dolores:

    Teilhard,le agradezco su noble comentario. El amor y la nobleza son sinónimos de inteligencia pura y tan necesarios para la salud y la buena vida como la luz del sol o el aire que respiramos. No sé en que parte de nuestro camino creímos que podríamos vivir sin ellos y los relegamos al cuarto de los trastos inútiles. Nos embotamos de cosas materiales y olvidamos las necesidades no menos reales de nuestra propia alma.

    Y aún se preguntan cómo es que hay tanta violencia entre la juventud, si lo tienen todo.

    ¿ A que se le llama todo?:Se le llama todo a la satisfacción de las cosa materiales, pero eso no es “todo” , nos hemos olvidado de transmitirles lo “esencial” : El sentido de la Vida, el por qué y para qué nacemos y morimos.

    Cuando un joven comienza a hacerse adolescente y comienza a ver que la vida en nuestra sociedad no es más que una simple compra-venta , donde unos harán de predadores y otros serán la presa, donde la honestidad brilla por su ausencia y el amor se reduce a ¡quítate tú para ponerme yo!.. ¿Qué esperamos…? Solo recibimos lo que hemos estado sembrando día si y día también.

    Respecto a la política le aseguro que poco entiendo, casi nada. Voy a leer más tarde el artículo a que nos remite y que estoy segura será de sobra enriquecedor y esclarecedor. Mientras tanto le diré que se podrían ahorrar muchos millones de euros públicos en los procesos de las distintas elecciones. ¿No sería más fácil, económico y ecológico votar electrónicamente con la firma digital? ¿No sería más honesto que los partidos y sindicatos se financiaran exclusivamente con el dinero de sus afiliados?

    Reciba un agradecido y afectuoso saludo. Mª Dolores

  5. Jesús Nava:

    Estimado Teilhard:

    He leído el artículo al que nos remitías en tu comentario: interesante. Pero no va a las causas profundas de la apatía ciudadana por la política que es tan habitual en España (donde nunca hemos tenido democracia ni gobierno representativo, como el mismo autor reconoce) y en la mayoría de los países del mundo.

    Además, me parece en algunos puntos de su discurso de una ingenuidad extrema: muy propio de quien probablemente nunca ha entrado en política ni la ha rozado siquiera. Llega a decir que no basta con convencer sólo a los ciudadanos, pues estamos en una partidocracia y hay que convencer a los partidos políticos. ¡Esa sí que es buena! ¿Por qué no lo intenta?

    Y se pregunta luego (retóricamente, supongo) si hay voluntad política de construir una democracia participativa. Ni la hay por parte de los políticos profesionales, ni la habrá jamás. Y tampoco la hay por parte de los ciudadanos, pero confío en que algún día las cosas cambien (aunque yo no lo vea) y los pueblos se decidan a autogobernarse: es decir a ejercer el derecho a dotarse de un gobierno libre y el deber de responsabilizarse de sus propios asuntos, entre los que se encuentran naturalmente los públicos.

    Se equivoca el autor al considerar la confianza como el concepto clave de la representatividad. Máxime cuando no admite que el representante esté sometido al mandato imperativo de los electores (me parece entenderle que la Constitución española “protege” al representante de esta eventualidad, ignorando al parecer que está sometido al peor y más obsceno mandato imperativo: el de sus jefes políticos). Además, creo que se arma un lío con los números, la igualdad de votos y el voto inútil, pues parece desconocer que las decisiones por mayorías es, en democracia, ley suprema. Como dijo Spinoza: “En las asambleas, tanto de las potestades supremas como de las inferiores, es raro, en efecto, que se decida nada por sufragio unánime de todos sus miembros; y, no obstante, todo se hace por común decisión de todos, es decir, tanto de quienes votaron en contra como de quienes votaron a favor.”

    Ni tampoco acierta al sostener que hay que empezar por cambiar el sistema electoral. Tocqueville ya advirtió sobre el peligro de cambiar el sistema electoral, sin cambiar la Constitución y el espíritu del gobierno: al final, a la corrupción de los gobernantes se sumaría la inutilidad e infantilismo de los gobernados (que no han tomado jamás una sola decisión sobre los asuntos públicos), y, como en el caso del que quiso remendar con paño nuevo un vestido viejo, haciendo aún peor la rotura, también aquí el remedio sería peor que la enfermedad. Sería como poner en la cocina de un restaurante a quien nunca ha aprendido ni a freír un huevo en la suya; o a gobernar los asuntos públicos cuando nunca se ha decidido a gobernar los propios. Lo dijo, sin pelos en la lengua, el genial analista de La Democracia en América:

    “Después de agotar los distintos sistemas de elección sin encontrar uno que les convenga, se asombran y lo siguen buscando; como si el mal que señalan no radicara en la constitución del país mucho más que en la del cuerpo electoral. En efecto, se hace más difícil concebir cómo hombres que han renunciado enteramente al hábito de dirigirse a ellos mismos podrían elegir acertadamente a quienes han de conducirles; y no es posible que un gobierno liberal, enérgico y sabio, se establezca con los sufragios de un pueblo de esclavos. Los vicios de los gobernantes y la imbecilidad de los gobernados no tardarían en provocar su ruina”.

    Para entender la democracia y el gobierno representativo hay que ir a los principios. No bastan las teorías, ni las técnicas, ni siquiera las buenas intenciones. Por no citar siempre a Jefferson o a Tocqueville, me remito a dos fragmentos de Santayana, publicados en sendos artículos de Filosofía Digital, que aclaran cuándo hay verdadera representatividad y cómo se puede salvaguardar de toda corrupción o abuso de poder. Dice así:

    “Un gobierno no se torna representativo o justo por el expediente mecánico de elegir a sus miembros mediante el sufragio universal. Sólo se torna representativo cuando encarna en su política, sea por instinto o a causa de una elevada inteligencia, los intereses conscientes e inconscientes del pueblo.”

    Y añade: “Que salga de las entrañas de cada uno es el sentido radical, tanto gramatical como emocionalmente, de la cláusula . No un gobierno de aristócratas: ni rey, ni sacerdotes, ni terratenientes, ni generales, ni burócratas ni (podrían haber añadido proféticamente) políticos profesionales. Que todos los cargos los ocupen hombres sencillos, que sirven durante poco tiempo, por la voz general de sus camaradas, venidos del arado, la mina, la tienda o el almacén, y que -puesto que el poder corrompe- regresen pronto a sus antiguas ocupaciones para empaparse de nuevo de la saludable atmósfera del trabajo y la ruda, aunque sana, sabiduría de los analfabetos. Ésa es, según la entiende el pueblo, la verdadera acepción de la frase gobierno del pueblo.

    Y si alguien tiene dudas sobre el uso que un pueblo puede hacer del derecho a autogobernarse, habría que añadir el pensamiento de Paine, cuando escribió: “Lo primero es que una nación tiene derecho de establecer una constitución. El que al principio ejercite ese derecho de la manera más juiciosa o no, es algo completamente distinto. Lo ejercita conforme al juicio que posee, y al seguir haciéndolo acabará por eliminar todos los errores. Cuando se establece ese derecho en una nación, no hay temor de que se emplee en su propio perjuicio. A una nación no le puede interesar equivocarse.”

    En fin, confío sinceramente en que cuantos lectores de Filosofía Digital hayan reflexionado sobre los textos (hemos publicado más de doscientos) de los tratadistas clásicos de la democracia, como Spinoza, Jefferson, Paine, Tocqueville, etc., o los estudios excelentes de otros escritores modernos, como Andrés de Francisco, estén mejor ilustrados sobre los principios esenciales del gobierno libre y democrático que nuestro ilustre profesor.

    Un cordial saludo.

  6. Jesús Nava:

    Estimada Mª Dolores:

    Centré mi respuesta a tu primer comentario en lo que concernía al artículo de Amiel, y pensé en dejar para otro momento la referencia a ese poso de tristeza que me pareció percibir entre líneas.

    Tenía preparado el artículo de Czeslaw Milosz, y he decidido adelantar su edición para que lo leas en cuanto puedas. El fondo histórico del fragmento tiene poca importancia (aunque se refiere a una época terrible en los países del Este europeo), pero la conclusión final es maravillosa:

    “Ni el tiempo, ni la historia del género humano, son ilusorios. Negarles existencia sería hundirse en la calma de la derrota y sacar de la propia derrota una ley general. Nada resuelve la voluntad sin la piedad, ni la piedad sin la voluntad. Si una sola persona pudiera bastar para salvar la condición humana, recogería la sangre en una cuba procurando no perder ni una sola gota, pero no para llegar a la conclusión de que todo ha pasado ya y transformar poco a poco su gemido en una sonrisa de indiferencia. No, al contrario: conservaría el don de la cólera y de la fe inquebrantable. A pesar de todo, al hombre le quedan medios de lograr la calma.”

    Es cierto que cada uno de nosotros, añade, “se fija una tarea y mientras la realiza comprende que es una tarea insignificante perdida en la multitud de preocupaciones y esfuerzos humanos. Pero cuando su pluma queda parada en el aire esperando resolver un problema, todos los que alguna vez se han servido del pensamiento y del lenguaje a través de los siglos, se hallan junto a este hombre, el cual nota inconscientemente esa estimulante presencia. Y esta fusión con ellos le proporciona la calma.”

    Nunca estamos solos cuando pensamos, escribimos, o simplemente sentimos con una cierta profundidad. Esa inteligencia infinita de la que hablas constituye un fondo inagotable, no solo de ideas, sino de libertad, serenidad y dicha. En seguir sus indicaciones, claras para quien no es sordo a la voz de lo eterno, radica todo nuestro deber. En perfeccionar nuestro ser, en una constante metamorfosis ascendente y una espiritualización progresiva, está nuestra tarea. Entonces, he ahí el prodigio, la piedad por nuestros semejantes y la voluntad de transmitirles los tesoros encontrados, fluyen generosamente con entera naturalidad de ese océano divino que nos desborda el corazón. Y el deseo de ayudar a los demás ya no es una manía.

    Así pues: “¿Quién podría ser tan arrogante como para saber cuáles son los actos que se unen y sostienen mutuamente y cuáles los que caerán en el ridículo y en el olvido fuera de lo que merece llamarse un patrimonio? En vez de insistir en esto, más vale que nos impongamos la única norma importante: mantenernos libres de tristeza y de indiferencia.”

    La tristeza nos disminuye por dentro y la indiferencia nos distancia de todo lo que hay fuera. En cambio, en la alegría y la serenidad del espíritu nunca estamos solos, ni tristes, porque el universo entero es nuestro: nada nos falta. Y, a través de la comunión universal, nos fundimos en un sentimiento indescriptible con toda la creación, en especial con aquella parte suya con la que tenemos más cosas en común: la Humanidad. A este sentimiento de fusión y efusión del espíritu se le suele llamar, entre otros infinitos nombres, Amor, Dicha, Libertad o Sentido. Para alcanzarlo hay que cultivar a fondo la metafísica y la ética filosóficas, o hablando en plata, la religión y la moralidad.

    Otros medios muy diferentes tendremos que usar si queremos fomentar la concordia social, es decir, el acuerdo básico de los corazones, de modo que un país se mueva como un solo cuerpo con una misma voluntad. Aquí se necesita la justicia, la igualdad y la honestidad pública. Por lo que, el camino para llegar a la concordia, depende básicamente de la política y la educación. “Es decir, que hay que poner tales fundamentos al Estado, que de ahí se siga, no que la mayoría procure vivir sabiamente (pues esto es imposible), sino que se guíen por aquellos sentimientos que llevan consigo la mayor utilidad del Estado. [...] Pues, como los malos sentimientos arrastran a los hombres en distintas direcciones, sólo cuando éstos desean lo honesto, o lo que al menos lo parece, pueden ser guiados como por una sola mente.” (Spinoza)

    Pero todas estas afirmaciones dispersas deben ser demostradas con rigor y sistemáticamente, hasta donde sea posible. Por lo que me he decidido a iniciar una nueva sección en FD, en la que pienso abordar estos asuntos filosóficos con un cierto orden. Cuento con las aportaciones de cuantos habéis demostrado no sólo sensibilidad, sino inquietud por la filosofía perenne.

    Recibe un muy cordial saludo.

  7. Filosofía Digital » AMOR Y CONCORDIA, por Jesús Nava:

    [...] Comentario y respuesta en LA LIBERTAD DE ESPÍRITU Y EL CIUDADANO DE CORRAL [...]

  8. Armando Morcillo » Blog Archive » Un espíritu original:

    [...] Hay gente que decide, o se ve impelida por su propio espíritu glorioso y libre, hacer suyas las palabras de Chenier «Demuestra lo que puedes, haciéndolo tú mismo».  Y lo hacen ellos [...]

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